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El grito de dolor de una mujer víctima de la infidelidad

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Miles de hombres y mujeres sufren en silencio en todo el mundo porque la sociedad la infidelidad es vista casi como un pasatiempo. Es hora de que se oiga su voz

La infidelidad es una de las experiencias más terribles que puede atravesar una persona. Un grito silenciado socialmente por quienes presentan el divorcio y la libertad sexual como algo bueno, y que ignoran gritos de dolor como el que reproducimos a continuación, de miles y miles de hombres y mujeres dolidos en lo más profundo de su ser. Advertimos sobre la dureza y la inmoralidad de algunas expresiones de este testimonio, fruto sin duda de la rabia y el dolor, pero sobre todo recomendamos leer hasta el final.

 

Si mi hijo sufriera de una enfermedad grave, yo podría haber creado un grupo de Facebook o escrito un libro para compartir mi testimonio. De esta forma mi valor habría sido objeto de admiración, habría recibido apoyo en forma de “Me gusta”. Así, se formarían vínculos de solidaridad con aquellos que comparten esta misma experiencia. Me sentiría animada para seguir adelante. Pero el mío es un dolor vergonzoso. Dejarte engañar por tu cónyuge es un dolor inconmensurable que te condena al silencio. A las mujeres que pasan por esto se nos ve como si fuéramos incapaces de conservar a nuestro marido, desagradables, ausentes en la cama. Se sienten solas, corroídas por la culpa…

Quisiera llorar, quisiera gritar que ¡engañar a su esposa es algo repugnante! Es una traición, es una humillación contra lo más precioso de una persona, contra lo más íntimo. ¡Es un acto vil! Y por favor no me digas que no estamos programados para ser monógamos: somos hombres y mujeres, maldita sea, ¡no animales! ¡Podemos hablar y decidir poner fin a una relación antes de irnos a empezar otra!

Siento deseos de golpearle hasta la muerte, de desfigurarle, de hacerle daño, de matarle… Quiero escribirle para decirle lo mucho que nos ha hecho daño, a mí ya mis hijos. Me gustaría ir a destrozarle de su perfil en Facebook para que todos sus amigos supieran la marranada que ha hecho.

Culpo a mi marido de haber renunciado a luchar por lo que había entre nosotros. Le culpo de haber mantenido una relación ambigua con esta mujer y luego haber pasado a la acción. Le odio por no haber utilizado preservativo y ahora verme obligada a pasar todo tipo de exámenes. Le odio por haberse arriesgado a transmitirme alguna infección.

Tengo ganas de pedir el divorcio sólo para demostrar que yo no soy ningún felpudo. Quiero irme de fiesta a tirarme al primer tío de cara bonita que coquetee conmigo y me diga que soy hermosa. Sí, el dolor es tan insoportable que quiero devolverle la jugada y engañarle como venganza. Existe la ilusión de que algo así mitigaría el daño. Pero en el fondo sé que así no va a sanar la herida. Peor aún, se fortalecería el veneno dentro de la pareja y comenzaría una escalada de sufrimiento.

Culpo a sitios web como Gleeden que ponen carteles en la vía pública afirmando que el adulterio es un buen antidepresivo, un remedio contra la rutina… La infidelidad trae consecuencias devastadoras para la persona que es infiel: culpa, confusión de sentimientos, pérdida de autoestima… Y la infidelidad es devastadora para la persona engañada: sentimiento de traición, pérdida de confianza, pérdida de la autoestima porque sale perdiendo al compararse con la otra… 

Es una chorrada pensar que ojos que no ven, corazón que no siente. Es falso. La mentira arrastra a los dos y poco a poco destruye a la persona que la pronuncia. Es un veneno para la persona y para la pareja con la que ya no puede ser sincera. El mentiroso se despierta cada mañana repitiendo que mintió a su cónyuge y que, cuanto más espere, más difícil será restaurar la verdad. 

Quiero ir a montar un escándalo a mis suegros y gritarles que es su culpa si su hijo es incapaz de expresar sus sentimientos y ser fiel a su esposa. Quiero hacerles partícipes de la fatiga por la que los niños han tenido que pasar, quiero decirles que en estas historias, ¡el sufrimiento es compartido! Vale, por supuesto que los problemas de fondo que tenemos son en parte culpa exclusiva de nosotros dos, ¡pero la consumación del acto no lo es!

Podemos decirle al otro: estoy cansado, quiero cambiar de aires. Creedme, incluso si eso de por sí ya fuera difícil de entender, seguiría siendo infinitamente menos doloroso que acostarse realmente con cualquier otra persona.

También culpo a mis padres por haberme educado para ser una chica amable que busca contentar a los otros aun a riesgo de olvidarse de sí misma. Les culpo por no haberme dado suficiente autoestima.«Me odio a mí misma por haber dejado instalarse al silencio, por no haber visto las señales de advertencia, por sentirme inmune contra este tipo de cosas. Odio haberme olvidado de ser una mujer… He pasado de niña directamente a madre. ¡Es ahora cuando se despierta la mujer que hay en mí!

He tomado la decisión de no buscar venganza, de no pedir el divorcio, de perdonar. Es duro. No es una decisión sencilla. Tengo que recordármela todas las mañanas y varias veces más durante el día. Al principio, es una elección que se hace por los niños y por todo lo que hemos construido juntos. Y más adelante, poco a poco, volvemos a aprender a hablar, tal vez incluso a reír, a decir realmente lo que pensamos, aprendemos a discutir y a darnos cuenta de que la rutina tiene remedios. 

 

Una tercera parte de mi tiempo de consulta está dedicado a escuchar este tipo de gritos de dolor y a sanar las heridas que engendra la infidelidad. No soy partidaria de que este dolor se esconda, no soy partidaria de los discursos que banalizan la infidelidad, pues condenan a estos hombres y mujeres a un doble castigo: la traición y la ausencia de reconocimiento de las heridas. A menudo me dicen: «No sé qué me duele más, si la infidelidad de mi pareja o el hecho de que la sociedad aplauda entusiasmada por la valiente expresión de su deseo.»

Ha llegado el momento de que las bocas se liberen, el momento de que mujeres y hombres se atrevan a expresar en voz bien alta su sufrimiento en lugar de vivirlo a escondidas. Es hora de que denunciemos enérgicamente los anuncios engañosos que fomentan la infidelidad; es el momento de dar esperanza a las parejas: el perdón puede existir, el amor puede superar las dificultades.

El otro día animé a una joven mujer a que escribiera su testimonio para que pudiera compartirlo con vosotros de forma anónima. Es el que acabáis de leer. Le agradezco su confianza y su coraje. Este trance por el que está pasando ha despertado a la loba que hay en ella: la herida, paradójicamente, la ha hecho más fuerte y poderosa.

Para purgar sus instintos asesinos, le dedico esta canción de Brigitte (mi grupo francés favorito): La vengeance d’une louve  (La venganza de una loba).

La expresión de su sufrimiento es la primera fase para recomponerse después de una infidelidad.

Tomado del Blog de la terapeuta francesa Thérèse Hargot, y reproducido por Aleteia con permiso expreso

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