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La inmaculada y los santos en vida

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Me da escalofríos cada vez que pienso que he estado con santos en vida, y que qué poco he aprendido de ellos

Celebramos una gran fiesta litúrgica en honor de la Virgen María, que toda la Iglesia le debe en cierto modo a la Iglesia que peregrina en España, de la inmaculada Concepción de María.

En esta fiesta ponderamos una de las tres prerrogativas únicas que el Padre dio a María para su plan de Salvación: si al final de su vida terrena fue “Asunta al cielo” sin conocer la corrupción, fue por haber sido “Madre de Dios”. Pero para ello también, fue Inmaculada en su concepción.

Es decir, si siendo libre nunca conoció el pecado personal, tampoco conoció nunca, a diferencia de todos nosotros, el pecado original. Cuando nuestros primeros padres optaron por primera vez en la historia dar la espalda a Dios, abrieron el corazón del hombre al pecado. Con nuestro bautismo fuimos liberados del pecado original, pero siempre que damos la espalda a Dios resuena en nosotros la herida de ese primer pecado. Pero también es verdad que siempre que volvemos a Dios, Él borra en nosotros toda mancha de pecado.

Por eso, aunque entre María, inmaculada en su concepción, y el resto de los hombres, hay una diferencia abismal, ésta se reduce enormemente cuando se contempla la vida de los Santos.

Para Chesterton, el gran escritor católico inglés, los santos se diferencian del resto de los mortales en tres cosas: En el deseo constante que los santos tienen de serlo, es decir, de hacer la voluntad de Dios en su vida; en la conciencia viva de las propias deficiencias aceptadas y combatidas; y en una confianza audaz y sin límites en Dios Padre misericordioso.

No olvido nunca al celebrar esta fiesta a un sacerdote que conocí cuando ambos éramos jóvenes aspirantes al sacerdocio, y que ahora está en el proceso de canonización: Eduardo Laforet. Ambos llegamos a Burgos a estudiar teología en septiembre de 1981. Éramos muy jóvenes. Él pertenecía a los Cruzados de Santa María, fundados por el Padre Morales. El 13 de mayo de ese mismo año San Juan Pablo II había fue víctima de un disparo en la Plaza de San Pedro. Eduardo ese día, al ir a comulgar en la misa, sintió dentro de si que debía ofrecer su vida por la del Papa.

En el momento de comulgar se ofreció a Jesús por el Papa, y al llegar al banco para dar gracias, sintió que el Señor había acogido su petición. Yo supe de esta historia cuando a Eduardo se le diagnóstico, estando en Burgos, una leucemia. En 1984, el año en el que recibió la ordenación sacerdotal, Eduardo entregó su vida a Dios. Le recuerdo como un joven con una alegría desbordante, muy amante de la Virgen María muy celoso por la evangelización de los jóvenes.

Recuerdo que una vez le consulté los apuntes de unas charlas que daríamos algunos jóvenes precisamente en una vigilia de la Inmaculada. No recuerdo lo que me dijo, pero si que salí contento de la oportunidad de hablar de ello con él. Y recuerdo que pensé que aunque era otro estudiante como yo, en él resplandecía una sabiduría especial, y un trato exquisito.

Inmaculada en su concepción sólo María. Pero inmaculados por la gracia de Dios acogida con heroicidad, hay muchísimos hermanos nuestros. Yo ya he conocido muchos a lo largo de mi vida, como Eduardo. Me da escalofríos cada vez que pienso que he estado con santos en vida, y que qué poco he aprendido de ellos. Pero me consuela pensar que todos los días me echan una mano desde el cielo.

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