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¿Y si me equivoqué en mi vocación?

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¿Tendría que haber abierto la puerta 1 y no la puerta 2?

Llegó una semana antes de mi boda; una carta con mi nombre escrita en una caligrafía que me resultaba familiar. La abrí entusiasmada ante la llegada de noticias de mi antigua cómplice, que había abandonado nuestro díscolo camino para unirse a un convento.

En la carta me hablaba de su hermosa experiencia. Me hablaba de Jesús, el que pronto sería su Esposo, el que la había bendecido y conmovido su corazón. Estaba feliz, en paz y emocionada por este nuevo camino.

Ya habíamos visitado antes el convento juntas. Para ser sincera, no éramos para nada unas candidatas previsibles para renunciar al mundo y asumir un compromiso total hacia Cristo. Aunque ambas estábamos entregadas a nuestra fe católica, se nos podría considerar un tanto “alocadas” en cualquier grupo juvenil católico. Aun así, ambas nos sentíamos extrañamente atraídas por la vida religiosa.

A menudo, entre nuestros acostumbrados tugurios, tabaco y (demasiada) cerveza barata, nos enzarzábamos en debates sobre las diferentes doctrinas de la fe católica. Casi como un reto, para demostrar lo contraculturales que en realidad éramos, empezamos a visitar conventos. Para mi sorpresa, después de que una Madre Superiora nos reprendiera por escabullirnos después del toque de queda e interrumpir el rezo matutino, mi amiga anunció que volvería otra vez. Y volvería para quedarse.

De repente su carta marcó un giro brusco: He rezado mucho para averiguar cómo abordar este tema contigo. Creo que sería una mala amiga si no te dijera que no creo que debas casarte. Sinceramente, no creo que esa sea la vida que Dios tiene preparada para ti. No puedo evitar esta persistente sensación de que tu sitio está aquí en esta comunidad.

Metí la carta dentro de una caja bajo mi cama y continué con los preparativos de mi boda.

No tengo palabras para explicar cuánto me ha obsesionado esa carta. Mi matrimonio ha sido difícil. Me ha puesto a prueba de formas inimaginables. Tener hijos y criarlos no es siempre fácil ni divertido.

Siendo totalmente sincera, no estoy segura de estar hecha para esto. Mientras que otras madres parecen disfrutar su día a día, yo, en cambio, a menudo me siento abrumada, hastiada, perdida e insatisfecha. Diariamente tengo (repentinos) momentos de duda en los que mis pensamientos divagan con imágenes de una posible vida religiosa. Me imagino a mí misma entre los protectores muros de un convento: tranquila, satisfecha y radiante.

¿Acaso elegí mal mi vocación? ¿Es posible que estropeara el plan de Dios? ¿Escogí lo que había tras la puerta número dos cuando el secreto para una vida feliz, en mi caso, estaba en realidad detrás de la puerta número uno?

Es una noción que podría aplicarse a cualquier tipo de elección vital, no sólo cuando hablamos de vocación. ¿Escogí un buen trabajo? ¿La ciudad apropiada? ¿El cónyuge apropiado? ¿La carrera apropiada? Qué sencillo nos resulta reflexionar sobre lo pasado y pensar en cómo nuestra vida sería mucho mejor si tan sólo hubiéramos tomado una u otra decisión, o hubiéramos hecho las cosas de otra forma. Con cuánta ligereza nos castigamos por las decisiones que hemos tomado y por el resultado de dichas decisiones. Cuestionarse las elecciones pasadas puede ser algo sofocante.

En los huecos entre limpiarme las lágrimas y capear los periodos de agitación en mi matrimonio, he pensado (y rezado) largo y tendido sobre esta idea. Y en realidad, al fin y al cabo, no importa si tomé o no la elección “errónea”. Lo que importa es que soy hija de Dios. Nuestro Dios es un Dios de fidelidad. Su amor y su compromiso para cada uno de sus hijos son inquebrantables. No es ningún tipo de titiritero que tira de los hilos de nuestra vida, ni un dictador que nos castiga si no cumplimos su voluntad. Es un Padre cariñoso que conoce cada cabello de nuestras cabezas, que afronta nuestras decisiones, las buenas y las malas, para sacar belleza y alegría de todo cuanto nos rodea; incluso en nuestros momentos más necios. Como diría San Clemente, “El Señor ha convertido todos nuestros atardeceres en amaneceres”.

Si te paras a reflexionar de verdad en el viaje que te ha traído hasta el momento y el lugar donde estás ahora, verás que es cierto. Los peores matrimonios han traído el inestimable regalo de los hijos, las malas decisiones empresariales han preparado el camino para mejores venturas, las amargas decepciones han cosechado nuevas oportunidades; incluso los momentos más devastadores han dado fruto experiencias de auténtico regocijo. Únicamente Dios puede hacer algo así. Y tanto tú como yo estamos siempre bajo su atenta mirada.

Cuando me siento tentada a remover mis errores pasados o cuando me empeño en pensar en cómo podría haber hecho las cosas de otra forma, entonces me conforta esta pequeña oración de Santa Teresa de Lisieux: “Que hoy haya paz en tu interior. Que te inunde la confianza en que Dios te ha puesto exactamente donde debías estar”. Y en Dios confío, a pesar de que —de haber sido monja—, le habría disputado el puesto con mi genialidad lírica a Maria von Trapp, la monja que fue el germen de la música en Sonrisas y Lágrimas. Estoy justo donde tenía que estar.

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