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Para explicar la teoría de la evolución, hace falta… Dios

© Public Domain
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Es la conclusión de Richard Swinburne, uno de los más importantes filósofos de la religión de nuestra época

Si pusiéramos en una balanza aséptica las probabilidades de la existencia de Dios y de la no existencia de Dios, la conclusión será que sí, probablemente hay un Dios. Pero no un Dios cualquiera, de hecho sólo una de las principales religiones del mundo tiene la posibilidad racional de reivindicar ser la verdadera: el cristianismo.

Esta es la conclusión a la que ha llegado el célebre filósofo Richard Swinburne, uno de los más eminentes filósofos de la religión de nuestra época, en su libro más conocido: “¿Hay un Dios?” (ofrecida online por Edidiones Sígueme). Una obra destinada al gran público, cierto, pero que es también un ensayo filosófico en el que Swinburne afronta detalladamente diversos argumentos, y confutaciones de las posibles objeciones, para llegar a su conclusión.

La premisa fundamental es aceptar que una tesis es probablemente verdadera si:

1) Lleva a esperar (con precisión) numerosos eventos diferentes que se pueden observar;

2) lo que viene propuesto es sencillo;

3) Se adapta muy bien a nuestros conocimientos del contexto;

4) No hay otra argumentación contraria que satisfaga los criterios 1-3 tan bien como la tesis propuesta.

Para responder al gran dilema metafísico del por qué existe algo en lugar de la nada, existen tres explicaciones definitivas: el materialismo, el humanismo y el teísmo. El materialismo afirma que la existencia y el funcionamiento de todos los factores implicados en la explicación personal (las cosas suceden porque son provocadas intencionalmente por alguien) tienen una explicación inanimada completa (las cosas suceden porque son causadas por cosas inanimadas).

El humanismo, en cambio, es una teoría mixta y sostiene que la existencia y el funcionamiento de los factores implicados en la explicación inanimada no tienen todos una explicación última en términos personales. Finalmente, el teísmo dice que la existencia y el funcionamiento de los factores implicados en la explicación inanimada deben ser explicados en términos personales (hay “alguien”).

“La tesis de este libro”, explica Swinburne, “es que el teísmo proporciona con diferencia la explicación más sencilla de todos los fenómenos. El materialismo, para mí, no es una hipótesis sencilla, y existe un espectro de fenómenos que, con grandísima probabilidad, no es capaz de explicar. El humanismo constituye una hipótesis aún menos sencilla que el materialismo” (p. 48,49).

El materialismo, concretamente, postula que toda explicación concreta del hecho de que las cosas se comportan como se comportan la dan los poderes y las obligaciones de un número inmenso (quizás infinito) de objetos materiales. El teísmo, al contrario, afirma que cada objeto existente tiene como causa existente y se mantiene en la existencia por una única sustancia, Dios. La explicación más sencilla postula una única causa, por esto el monoteísmo es también más sencillo que el politeísmo. Sólo esta tesis satisface los cuatro criterios iniciales: es la teoría más sencilla que prevé fenómenos observables cuando de otra forma no esperaríamos observarlos.

Esta Causa, sostiene el teísmo, no puede dejar de tener necesariamente algunas características precisas: una Persona con un poder infinito (omnipotencia), conocimiento infinito (omnisciencia) y libertad infinita (no es influenciado). Sostener estas propiedades de Dios es también una explicación más sencilla que no al contrario (por ejemplo, es una explicación complicada postular que Dios empezara a existir en cierto momento, como también si introducimos un límite a su poder, etc.). Obviamente, el filósofo explica y detalla cada una de sus afirmaciones y las conclusiones a las que llega, cosa que por motivos de espacio no es posible hacer aquí.

Si Dios existiese, prosigue el razonamiento, sería de esperar que su creación fuera ordenada, no dominada por el caos, y por tanto que fuese gobernada por pocas leyes, siempre las mismas. Y de hecho, todos los elementos del Universo no sólo existen sino que se comportan exactamente de la misma forma, obedeciendo a las mismas leyes de la naturaleza (desde las galaxias más lejanas a las partículas de nuestro cuerpo). No domina el caos sino que la regla es el orden.

Sin una causa de todo, el orden en el Universo sería una coincidencia verdaderamente extraordinaria, demasiado extraordinaria para que una persona racional se la crea

Además, todos los objetos se clasifican en géneros, cuyos miembros se comportan igual entre ellos de una manera aún más específica (cada electrón se comporta como otro electrón para rechazar a un electrón con la misma fuerza eléctrica, así como cada tigre se comporta como cualquier otro tigre, etc.). Sin una causa de todo, sería una coincidencia verdaderamente extraordinaria, “demasiado extraordinaria para que una persona racional se la crea”, igual que sería poco racional no hipotizar un autor común si encontrásemos todos los documentos presentes en una sala escritos con la misma caligrafía.

La simple hipótesis del teísmo lleva a esperar todos los fenómenos descritos con un razonable grado de probabilidad: un Dios omnipotente no sólo tiene buenas razones para hacerlo, sino que es capaz de producir este mundo ordenado. Al mismo tiempo, postular a Dios frente a todo esto es una reacción natural y racional (es la base de la quinta “vía” de S. Tomás de Aquino, es decir, el comportamiento ordenado de los cuerpos materiales que tienen la tendencia a moverse hacia un fin). No hay argumentos alternativos que satisfagan los criterios planteados inicialmente, o sea, no hay otra hipótesis sencilla que lleve a esperar estos fenómenos observables.

El filósofo, además, confuta las objeciones del principio antrópico y del multiuniverso, como también rechaza la acusación de utilizar a un “Dios de las lagunas“: “no estoy planteando un dios que sirva simplemente para explicar las cosas que la ciencia aún no ha explicado. Yo planteo un Dios para explicar por qué la ciencia puede explicar. Precisamente el éxito de la ciencia al explicarnos el orden del mundo natural proporciona una fuerte motivación para creer que existe una causa aún más profunda de ese orden” (p.79).

Uniéndose al punto anterior, Swinburne añade que un orden superior regula también la infinita complejidad de los cuerpos humanos y animales. Un orden surgido a través de leyes evolutivas, pero la evolución es un instrumento, no una explicación última: no explica, de hecho, por qué han funcionado esas leyes evolutivas (por otro lado, dentro de límites bien precisos) y no otras, no explica de dónde nacen esas mismas leyes evolutivas y por qué estaban justo esos elementos químicos en la Tierra.

No estoy planteando un dios que sirva simplemente para explicar las cosas que la ciencia aún no ha explicado. Yo planteo un Dios para explicar por qué la ciencia puede explicar

(…) Hay un capítulo del libro que explica por qué la existencia del mal no es una objeción a la existencia de Dios; es interesante también el capítulo dedicado a la probabilidad racional de que este Dios intervenga en la historia (milagros) y, en consecuencia, muchos argumentos llevan a reconocer sólo en la religión cristiana (diversa, por muchos motivos, de todas las demás) la voluntad de Dios de revelar algunas verdades a los hombres.

La conclusión de este fascinante recorrido del célebre filosofo es que “la existencia, el orden, la regulación precisa del mundo; la existencia de seres humanos conscientes en el con oportunidades providenciales de plasmarse a sí mismos, plasmarse mutuamente y plasmar el mundo; algunas pruebas histórica de milagros unidos a necesidades humanas y oraciones, particularmente en conexión con la fundación del cristianismo, completadas finalmente por la experiencia evidente de millones de personas de su presencia, todo esto hace significativamente más probable que haya un Dios que al contrario” (p. 153).

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