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SerieTV y NewAge: el pastiche seudo-religioso que invade las series de televisión.

ABC
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El caso de Revenge, una cuestionable pero adictiva adaptación de El Conde de Montecristo

No todas las series pueden tener la calidad de Breaking Bad o The Wire, también existen otras que funcionan y muy bien. Revenge es una serie estadounidense que, a pesar de ser un mala adaptación de El conde de Montecristo, resulta adictiva y muy entretenida.

Nos cuenta la historia de Amanda Clarke y de cómo se hace pasar por Emily Thorne para vengarse de las personas que causaron la muerte y el desprestigio a su padre. Cuando Amanda era una niña, su padre fue encarcelado injustamente como terrorista y murió en la cárcel como un traidor. Los mismos que destruyeron a su padre metieron a Amanda en un centro de detención juvenil. Pero a sus 18 años, tras salir del correccional, le esperaba Nolan, un joven amigo de su padre que le entrega unos diarios escritos por él en donde relata cada una de las personas que le acusaron injustamente. A raíz de ahí decide cambiarse el nombre e ir en busca de Victoria y Conrad Grayson con la intención de hacer justicia y limpiar el nombre de su padre.

Protagonizada por Madeleine Stowe (Doce Monos/1995) y Emily Vancamp (Saga Captain America) se estrenó en septiembre de 2011 y en 2015 se confirmó que la cuarta sería la última temporada de esta serie. Con una primera temporada llena de un gran potencial, la serie ha ido cayendo en tópicos habituales como: personajes poco desarrollados (la ambigua bisexualidad inicial de Nolan) o personajes alargados en exceso o que toman decisiones poco realistas que rozan lo inverosímil; también adolece de tramas generadas con precipitación y mal engarzadas en un todo (como la candidatura política de Conrad Grayson) o enemigos mal definidos (como el ente de La iniciativa de la segunda temporada como una macro-corporación invisible).

Pero a pesar de todo ello Revenge ha tenido muchos seguidores que no han podido resistirse a la adicción de esta cuestionable adaptación posmoderna de la gran obra de Alejandro Dumás, El conde de Montecristo. La serie presenta temas comunes como: la obsesión por la justicia, la venganza, la capacidad de perdonar, la lealtad y, sobre todo, la necesidad de redención. Como punto en discordia habría que señalar que donde Edmond Dantés (El conde de Montecristo) vive un servicio a Dios en todo su plan de “venganza”, Amanda Clarke lo vive más determinada por el Karma: esa energía trascendente invisible que sin ser Dios nos dice que lo bueno o malo que nos sucede depende más de nuestros actos pasados que de cualquier otra cosa.

Desde el Batman de Nolan todo “héroe” debe tener su lado oscuro y aunque Emily Thorne no lo tiene sí que aflora al final de la saga cuando Amanda Clarke recupera protagonismo. Pero el meollo de la cuestión está en esa invocación constante a lo largo de la serie de El karma: como si hubiera una ley cósmica de retribución por encima de la libertad u otra Misterio que guíe la historia.

El drama humano que aflora en Amanda Clarke y en muchos otros personajes se abre al camino de la redención y del perdón para muchos de ellos; existe, pues, una alternativa a la supuesta “condena kármica”. Y además, la presencia de la figura paterna para Amanda (tanto el recuerdo de su padre como la figura que ocupa su maestro oriental) parecen indicar la necesidad de un guía visible (una autoridad) y no una energía invisible e intangible.

Vivimos un momento de pastiche seudo-religioso que invade series de televisión y películas… Y parece haberse perdido todo interés y atractivo por las grandes religiones de la historia; como si hubieran envejecido. Y al no hacer un juicio sobre esto ya no somos capaces ni de saber por qué nos atraen las cosas, series de televisión o películas, que nos atraen.

 

 

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