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El puente de los espías: es posible seguir creyendo en la humanidad

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Un canto a la integridad moral y a la justicia que va más allá de lo políticamente correcto

Se estrena la última película de Steven Spielberg, que sigue avanzando en ese camino de madurez que ha caracterizado sus últimas producciones que algunos consideran más frías y austeras que su filmografía de los setenta y ochenta. Lo cierto es que El puente de los espías, película de contenido histórico, hace alarde de ese clasicismo tan característico suyo en los últimos años. Y lo hace con un guion en el que han participado los hermanos Coen.

La película, inspirada en hechos reales, se ambienta en los años 50, al comienzo de la Guerra Fría, cuando el FBI detiene a Rudolf Abel (Mark Rylance), un agente soviético que reside en Nueva York, que se niega a traicionar a su país, y que por tanto es recluido en una prisión a la espera de juicio.

El gobierno americano encarga su defensa a James Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn, que acepta un encargo tan impopular exponiéndose a sí mismo y a su familia al desprecio de los americanos. Donovan, un hombre honesto donde los haya, quiere asegurarse de que Abel reciba un juicio justo. Mientras prepara su estrategia de defensa, entre los dos hombres empieza a surgir un particular vínculo, construido sobre la base del muto respeto y entendimiento.

Poco tiempo después, un avión U2 espía americano, es derribado cuando surca el espacio aéreo soviético y el piloto, Francis Gary Powers (Austin Stowell), es condenado y sentenciado a 10 años de prisión en la URSS. La CIA, contacta secretamente con Donovan para que negocie un intercambio de prisioneros entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, Abel por Powers. Es entonces cuando Donovan jugará una carta sorpresa que muestra la auténtica estatura de su humanidad.

Spielberg, en medio de la confusión en que vivimos, vuelve a poner sobre la mesa sus certezas positivas sobre la condición humana, sobre la naturaleza del bien, y de la justicia. Una justicia que no se queda en el esqueleto de la letra sino que se enmarca en unos valores humanos más amplios y generosos. Él es capaz de ver en el enemigo político un ser humano con la misma dignidad y derechos que un compatriota y quiere darle el mismo trato que desearía que recibiera un americano capturado por la URSS.

Además de la trama judicial y negociadora, no podía faltar ese canto a la familia tan recurrente en Spielberg y que supone un broche de oro a tan interesante película. Se vuelve a confirmar que Tom Hanks es el mejor actor capaz de interpretar a este Atticus Finch de la Guerra Fría. Un canto a la integridad moral y a la justicia que va más allá de lo políticamente correcto.

 

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