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Ardor: El western que se niega a serlo

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Pues utiliza las formas del género para obligarnos a reflexionar sobre nuestras propias raíces morales y culturales

La estructura argumental de Ardor responde, al menos a priori, a los esquemas del western clásico, y más concretamente a esa variante, perfilada de forma definitiva por George Stevens con Raíces profundas, del héroe misterioso que acude, por una especie de instinto preternatural, a la llamada de auxilio de un ser inocente, indefenso. Sin embargo, Pablo Fendrik (director y guionista) enseguida toma una senda distinta, rompiendo las expectativas que pueda haber creado ese planteamiento inicial, para lograr una obra que relee de forma muy personal, muy propia, el género estadounidense por excelencia.

Por eso su protagonista, el joven shaman Kaí (Gael García Bernal), no es un héroe convencional. De hecho, ni siquiera actúa como tal. Porque se trata, en realidad, de un ser fuertemente telúrico, conectado en profundidad con la naturaleza amazónica que le rodea, y que, como los animales entre los que se mueve –como ese jaguar que va reapareciendo a lo largo del metraje, y que viene a representar a la vida salvaje de la zona–, responde a sus instintos más inmediatos, aunque éstos no siempre sean admirables.

Pero, al mismo tiempo, ese atavismo que le caracteriza le lleva también a respetar tanto la vida ajena como para que, excepto en el clímax –en el que, en realidad, reacciona con violencia porque le han puesto contra las cuerdas–, no use más armas que sus propias manos y sus (amplios) conocimientos sobre el entorno. Con lo que Fendrik no solamente nos enfrenta a nuestra propia visión cultural del western, sino que también nos obliga a cuestionarnos el concepto convencional del héroe.

Sobre todo, porque la idiosincrasia de Kaí convierte lo que, sobre el papel, es una denuncia sobre las prácticas mafiosas de las empresas que se dedican a deforestar los bosques amazónicos, en algo mucho más complejo, más sugerente. De lo que Fendrik nos acaba hablando a través de Ardor, en realidad, es de la absoluta desconexión de nuestra sociedad, aburguesada e hiperconsumista, respecto a nuestras tradiciones y nuestros legados, a toda esa sabiduría que habíamos llegado a acumular en relación a la naturaleza que nos rodea –y que hemos elegido ignorar para, a cambio, seguir creciendo a través de prácticas mucho más destructivas–.

Como espectadores, queremos identificarnos con el personaje de García Bernal, así como sus instintos telúricos, pero la realidad es que, de forma inconsciente, entendemos mejor la lógica amoral, ambiciosa, de los mercenarios encabezados por Tarquinho (Claudio Tolcachir). Sus actos pueden ser excesivos, incluso altamente reprobables, pero al menos encajan dentro de la perversa lógica económica a la que estamos acostumbrados. En cambio, Kaí y su forma de actuar nos desconcierta, nos saca de nuestra zona de confort y nos obliga a ponernos frente a una realidad que desconocemos y que, en el fondo, nos incomoda tanto como verle siempre desnudo de cintura para arriba… Y descalzo.

Fendrik no tiene prisa a la hora de desarrollar la historia, así que deja que ésta fluya a través de planos largos, morosos, que toman su tiempo a la hora de captar la belleza de los entornos naturales en los que Ardor fue filmada. La selva amazónica asume, pues, tanto protagonismo en la puesta en escena como Monument Valley en los westerns de John Ford, y, si me permiten el atrevimiento, también tanto como la jungla tailandesa en Tío Bonmee recuerda sus vidas pasadas, de Apichatpong Weerasethakul –con la que comparte cierto sentido ingenuo de lo fantástico–. Al menos, hasta la llegada del clímax, en el que el director opta por, de alguna manera, compensar la paciencia del espectador convencional, construyendo una set piece violenta que revisa, en apenas una decena de minutos, gran parte de los tics del cine de Sergio Leone, incluido un duelo final que contradice de forma bastante radical lo que nos había contado hasta ese instante.

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