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Espera, la vida va a llenar tu noche

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A mí que estoy aturdido por el ruido de los muertos, por las amenazas que paralizan países, por ese miedo a perderlo todo que compartimos todos los hombres, Jesús me toca

El Adviento es un tiempo de gracias que se nos regala. Un tiempo de luz en medio de la noche. Un tiempo de promesas y viento que me ayuda a confiar.

El Adviento es espera en el presente y sueño en el futuro. Es raíz y ramas tendidas al viento. Es pozo y fuente, río y mar. Hondura y silencio. Es tiempo de sueño y de alegría. Es luz y música que llena mi alma. Es tiempo para dar y recibir. Tiempo para abrazar y caminar callado.

El Adviento me conmueve. Este domingo escuchábamos: “Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre”. Lucas 21, 25-28. 34-36.

En vela preparando el corazón. En medio de tiempos convulsos. Cuando la esperanza es frágil. Me gusta la imagen del sueño y la de permanecer despiertos, en vela, custodiando.

¡Qué difícil velar a Dios! Pesan los ojos. Quiero dormirme. Pero sé que Dios quiere que permanezca en vela con mi luz encendida. Con el fuego que no quiero que se apague. Con mi lámpara llena de aceite. Se me pasa el tiempo entonces, se me escapa la vida.

Me despierto mirando hacia delante. Quiero despertar como esos hombres a los que Jesús tocaba: “Su poder para despertar energías desconocidas en el ser humano creaba las condiciones que hacían posible la recuperación de la salud”[1].

Los tocaba y quedaban sanos. Me conmueve. Los tocaba y despertaban a la vida. Él pasaba y ellos despertaban. Quiero que me toque Jesús y despertar frente a la puerta de su vida. Quiero que se haga carne en mi interior y me toque, y me sane.

Quiero velar para ver la puerta abierta, el umbral que me muestra horizontes infinitos. Quiero que nazca y me toque, me abrace, me levante.

El otro día leía: “Se acerca a los que se consideran abandonados por Dios, toca a los leprosos que nadie toca, despierta la confianza en aquellos que no tienen acceso al templo y los integra en el pueblo de Dios tal como Él lo entiende. Estos tienen que ser los primeros en experimentar la misericordia del Padre, la llegada de su reino”[2].

Jesús me toca en medio de mis miedos. Me toca a mí que estoy herido y me sana. Me abraza. A mí que estoy aturdido por el ruido de los muertos, por las amenazas que paralizan países. Por ese miedo a perderlo todo que compartimos todos los hombres.

El Adviento es esperar a que Dios se haga carne y me toque. A que Dios nazca sin previo aviso, con calma, en silencio. Esperar a que brote la luz de las ramas secas y llene mi noche de vida. Aunque parezca que no cambia nada.

El Adviento es soñar con el abrazo de Dios, el abrazo de su misericordia infinita, ese abrazo que tanto anhelo. Adviento es espera y deseo. Plenitud en crecimiento. Vida que comienza con un brote.

 

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

[2] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

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