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¿Qué es evangelizar? Mucho más que transmitir valores cristianos

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Siempre aparece la preocupación pastoral por los «creyentes no practicantes», pero nos olvidamos que existen también «practicantes» que no son creyentes

La palabra evangelización, en sentido amplio, suele usarse para cualquier actividad eclesial, al punto que corre siempre el riesgo de perder su sentido más específico: el anuncio de la fe que busca suscitar la conversión a Jesucristo.

Si contemplamos muchas de nuestras comunidades, la preocupación pastoral se centra en la transmisión de valores éticos, en acciones sociales, en el modo de celebrar la liturgia o en la fidelidad moral y doctrinal. Todo esto es muy importante, pero lo primero y fundamental es el anuncio del Evangelio que busca la conversión. Sin esto, el edificio se derrumba tarde o temprano.

¿Hay deseos de que otros conozcan realmente a Jesús y experimenten su amor y su misericordia? ¿Nuestra principal preocupación es que los que no conocen a Cristo le conozcan y experimenten su amor? Solo quien está profundamente enamorado de Dios y del Evangelio puede anunciarlo de manera que enamore a otros y les suscite hambre de conocerle y experimentarle.

El autoengaño de la sacramentalización

Muchos son los que figuran en las estadísticas como confesionalmente católicos, pero la fe cristiana no es el eje de sus vidas, sino apenas un barniz cultural. ¿Qué significa esto? Sencillamente que, aunque muchos se confiesen públicamente como «católicos» y se preparen para la primera comunión y para la confirmación, su iniciación cristiana es la clausura del cristianismo en sus vidas. Es como si se recibieran de «católicos» para no pisar más la Iglesia. Así la primera comunión es la última, y la confirmación es el sello de salida de la Iglesia. Siempre aparece la preocupación pastoral por los «creyentes no practicantes», pero nos olvidamos que existen también «practicantes» que no son creyentes.

También es cierto que cuando declaran «creo, pero no practico», habría que preguntarles qué es lo que creen realmente. Y ese es otro autoengaño, que crean saber lo que es la fe católica y que decidan no practicarla. Creo que en realidad no la conocen más que de oídas.

Que haya más bautizados y primeras comuniones no significa que haya más creyentes. Muchas personas que han recibido los sacramentos, no tienen la más remota idea de quién es Jesús ni han leído los evangelios. Estos son muchos de los que en sus búsquedas espirituales, han vivido su experiencia de conversión en un culto pentecostal o en una pseudoterapia de la Nueva Era.

Muchos creen conocer la fe católica, pero no han conocido a Jesucristo. Si no se evangeliza primero, si no se busca suscitar la conversión y enamorar a las personas de Dios, cualquier propuesta pastoral se vuelve un barniz cultural católico en la vida de las personas.

Claramente la culpa no es de ellos, sino de una omisión pastoral: la falta de evangelización que busque la conversión. Jesucristo no hace un llamado a simpatizantes superficiales ni a formar un club de fans, sino que hace discípulos que se vuelven misioneros. A un cristiano que no tiene deseos de hablar de su fe y compartirla con otros, no hay que leerle documentos sobre la importancia de evangelizar, sino evangelizarlo.

¿Qué es evangelizar?

La evangelización es un proceso en varias etapas, pero el primer anuncio (kerygma) es lo más específico, lo primero y su fundamento permanente. Y en una mentalidad de cristiandad, es lo más olvidado porque se da por hecho.

¿Qué es este primer anuncio o kerygma? No es catequesis, no es un discurso doctrinal, tampoco es un signo atractivo, ni una procesión, ni solo el testimonio, ni proselitismo, ni tampoco una estrategia pedagógica previa a la catequesis, ni una conversación sobre un tema espiritual, ni decir una fórmula mágica: «Dios te ama».

Todas estas iniciativas pueden ser el ámbito para el anuncio, pero no son en sí mismas primer anuncio, sino que allí o en algún momento posterior a ese encuentro ha de realizarse el primer anuncio misionero que busca la conversión del corazón a Jesucristo. Y obviamente es un anuncio explícito de Jesucristo, de su amor infinito y la salvación que nos ofrece. Es algo que sin la experiencia de fe del evangelizador es imposible de hacer.

Anunciar el kerygma sin fe, es como hablar en lenguaje de enamorado, pero sin estar enamorado. Quedaría como una cursilería o una palabra vacía, una simple formula sin efecto. Solo una palabra llena de la gracia, cargada de la experiencia del amor de Dios, puede ser un verdadero kerygma, de lo contrario siempre serán cosas muy bonitas pero no será evangelización real. Nadie puede testimoniar una fe, una pasión por Jesucristo que no tiene. Por eso, la solución para aprender a realizar el primer anuncio en nuestras comunidades no será un nuevo libro sobre evangelización, sino una auténtica renovación espiritual, mental y estructural de nuestra vida eclesial. Solo una vida transformada por la presencia de Jesucristo, se vuelve una proclamación constante del Evangelio. Esto no se da por decreto, sino por conversión.

¿Qué anunciar y cómo?

El kerygma es tanto el mensaje transmitido, como la manera de transmitirlo, es contenido y método a la vez. Es un lenguaje testimonial, vivencial, cuyo punto de partida es la propia experiencia de fe en Jesucristo. El contenido de este anuncio es una actualización permanente del núcleo de la fe en la persona y la comunidad que lo anuncia.

El objetivo del kerygma es la conversión, que no es un mero cambio de actitudes, sino una transformación del corazón, de toda la existencia centrada en Cristo. El kerygma no busca ganar la simpatía, sino abrir el corazón de los demás al amor de Dios que los salva.

El punto de partida para el anuncio es una experiencia de vida donde el predicador descubre la acción de Dios que da una nueva luz, un nuevo sentido y ayuda a descubrirle presente, donde antes solo se veía una experiencia sin sentido. El núcleo central es el misterio de Cristo.

El Papa Francisco explica al respecto en Evangelii Gaudium (165): “La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas. Esto exige al evangelizador ciertas actitudes que ayudan a acoger mejor el anuncio: cercanía, apertura al diálogo, paciencia, acogida cordial que no condena”.

No dar por descontado la fe

Uno de los grandes obstáculos a la evangelización es que hablamos excesivamente de moral, ya sea moral sexual o moral sociopolítica, pero solemos reducir la fe a valores morales. Cuando se habla de hacer el anuncio del Evangelio se suele decir que anunciamos “los valores del Reino”, o “los valores del Evangelio de Jesús”, y eso no está mal, pero solemos quedarnos en un reduccionismo ético de la fe.

Se tiene alergia a poner a Dios en el centro. Jesucristo como persona viva y real que puede entrar en relación conmigo, difícilmente aparece con claridad, salvo en algunos movimientos eclesiales que son tildados de emocionalistas por un coro de racionalistas que reducen la religión a un proyecto ético. Los valores cristianos han sustituido la predicación sobre la fe como relación con Jesucristo vivo.

Muchos que dicen tener fe, en realidad quieren expresar vagamente que “comparten los valores cristianos”, pero no necesariamente tienen una relación real, íntima y profunda con Jesucristo. La gracia es una palabra que se usa para explicar algo que no se entiende, pero se vive en un semipelagianismo práctico, donde toda la vida cristiana es hacer y hacer en nombre de unos valores abstractos, no de vivir bajo la gracia de aquél que ha vencido a la muerte y nos da vida eterna. Despierta más pasión en muchos católicos los temas éticos que la misma persona de Jesucristo. ¿enamorados de Dios o de los valores y doctrinas?

La defensa de los valores morales es muy importante, pero no son el centro de la identidad cristiana. Incluso se encuentran movimientos e instituciones católicas donde sus miembros saben más del fundador o fundadora que de Jesús o del Evangelio.

Benedicto XVI expresó en el año 2010 en Portugal: «A menudo nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que esta fe exista, lo que por desgracia es cada vez menos realista. Se ha puesto una confianza excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y funciones; pero ¿qué sucederá si la sal se vuelve sosa? Para que esto no suceda, es necesario anunciar de nuevo con vigor y alegría el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, corazón del cristianismo, fundamento y apoyo de nuestra fe, palanca poderosa de nuestras certezas, viento impetuoso que barre todo miedo e indecisión, toda duda y cálculo humano.»

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