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Para derrotar al ISIS no sirven las bombas, sino Tolkien

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Nuestro tiempo necesita el testimonio de personas que muestren que el hombre no ha nacido sólo para jugar a la PlayStation

Por definición, lo que es “moderado” no es apasionante.

Estamos olvidando que los jóvenes no piden simplemente ser “moderados” – sea en el sentido de tener un control que les modere, como en el sentido de serlo ellos –, sino más bien un motivo válido para dar la vida. Para ofrecerla por un ideal, así como para darla a una nueva criatura, a un hijo. Mejor aún, a muchos hijos. La baja natalidad es el síntoma evidente de una “moderación” mortífera. Los jóvenes quieren ser “radicales”.

Por esto, un Islam “moderado” no podrá mucho. No podrá hacer mucho un Islam que se limite a decir “not in my name” y no se lance en cuerpo y alma a acabar con las profundas injusticias de tantos países musulmanes, empezando por una Arabia Saudita que mortifica las perspectivas más elementales de una vida libre. No irá muy lejos un Islam moderado que no se comprometa con todo su ser en la maduración de una espiritualidad que anuncie la libertad y el amor por Dios. No obtendrá frutos duraderos un Islam que no pida una verdadera y auténtica “revolución cultural” educativa, admitiendo las violencias realizadas en el pasado contra tantos pueblos e invocando un cambio hacia el bien respecto al pasado.

Pero igualmente, no servirán para nada una laicidad y un cristianismo europeos que no vuelvan a encontrar la radicalidad y la pasión que le distinguían. Si todo lo que proponemos a la segunda, tercera y cuarta generación de inmigrantes es un nuevo modelo de iPhone, unas cómodas vacaciones y las distracciones del sábado noche, Europa nunca logrará derrotar la radicalidad del terrorismo.

Si queremos comprender una religión, debemos ver cómo es vivida por personas que la viven radicalmente. Debemos ver las elecciones de una persona radicalmente cristiana así como de una persona radicalmente musulmana, para comprender qué es el cristianismo y qué es el islam.

Con medias tintas no sabemos qué hacer.

La cuestión de la radicalidad también implica a los que se declaran “laicos”. A los que saben bien lo que es el ideal de un mundo donde no se viva para el consumo, lo que es la pasión por la justicia y la lucha contra la pobreza, lo que es el compromiso por los que tienen necesidad, lo que es el impulso que te permite a ti y a tus amigos convertiros en padres y madres de hijos, para darles la vida como hicieron todas las generaciones antes de nosotros. Que sabe lo que es una revolución interior. Que sabe lo que significa no vivir para si mismos, sino vivir para otro más importante que tu.

Radicalidad es lo que necesita el mundo. El corazón de los islamistas podrá ser conquistado por santos y por profetas que elijan ofrecerse a sí mismos en nombre de la vida y de Dios, pero no de una oferta de Playstation, pasatiempos y tonterías varias.

Una nueva alianza entre cristianos y laicos, una alianza no solo de “moderados”, sino más bien de “radicales” que exalten la necesidad del hombre de derrotar el materialismo, que den espacio al deseo de ofrecer la propia vida por los hijos que nacerán, que vivan la pasión por toda la belleza producida durante los siglos, para que no solo sea conservada y transmitida, sino vivificada, que ofrezcan – en sentido sacrificial – lo que son y lo que tienen para vivir en la caridad y en la misericordia, que amen sus tradiciones generadas por una mezcla de fe y libertad, a veces conflictivas pero siempre cercanas como las dos caras de la misma medalla, todo esto necesita Europa.

Esta renovada alianza de sabiduría (logos) radical y de una caridad (ágape) radical puede interesar a las jóvenes generaciones de musulmanes. Esta renovada alianza se puede estrechar también con ellos.

No es casualidad que los jóvenes amen a Tolkien y a Lewis, como en una época los jóvenes amaban la Iliada y la Odisea: porque los jóvenes aman a los héroes.

Pero debe surgir una tercera figura. No debe existir sólo el pseudo-héroe islamista que mata impasiblemente, atiborrado de anfetaminas, inmolándose por un dios de la muerte y del suicidio.

Y tampoco es suficiente el viveur, mujeriego y consumista, navegante solitario de Internet y a la caza de cualquier placer posible.

Nuestro tiempo necesita el testimonio de personas radicales, que muestren que el hombre no está hecho para gustar placeres efímeros y transitorios, sino que ha nacido para algo grande, para una vocación, como antes sus padres y los padres de sus padres, capaces de dar la vida y de dar un significado a la vida, capaces de mostrar a las nuevas generaciones para que la vida sea grande y con un destino eterno.

N.B. La moderación vendrá después, porque también ésta es necesaria. Pero se modera la pasión, no la nada.

No puedo callar la deuda del discípulo hacia el maestro, a F. Hadjadj que inspiró estas consideraciones, y cuyas palabras han sido estos días un aguijón y una luz. Así lo dijo en un diálogo con Abdennour Bidar, en Le Figaro del 5/6/2015 (la traducción es nuestra):

“El peligro no está en la inmigración en cuanto tal, sino en lo que ofrecemos a los recién llegados para integrarse. El supermercado tecno-liberal no es suficiente para infundir el impulso hacia una pasión histórica. Pero es precisamente esto lo que los jóvenes esperan. No quieren ser “moderados”, sino entrar en una auténtica radicalidad (esta palabra se refiere a las raíces, que no existen para sí mismas sino para las flores, los frutos y los pájaros). Los jóvenes tienen deseo de heroísmo. Pero los “valores comerciales” corrientes en la République no proponen nada de todo esto, y este vacío nutre al terrorismo, como también nutre la xenofobia. Hoy debemos volver a pensar Francia y la esencia de la République, poniéndolas en la óptica de una historia y de una herencia que vuelvan a conducir a la radicalidad judeocristiana”.

Y escribió así en un editorial de Famille chrétienne del 17/11/2015:

“Muchos jóvenes se vuelven al islam porque el cristianismo que ofrecemos no contiene ya nada de heroico ni de caballeresco (aunque Tolkien está con nosotros), sino que se reduce a corteses consideraciones de civismo y de comunicación no-violenta.

¿Cuál es el verdadero terreno de esta guerra? Algunos querrían hacernos creer que la fuerza de los terroristas del pasado viernes 13 consiste en el hecho de haber sido adiestrados, formados en los campos del ISIS, de modo que la batalla sería la de la potencia tecnocapitalista para fabricar un armamento más fuerte. Pero ¿cómo un chico bloqueado en las salidas de seguridad y que se hace saltar por los aires con explosivos rudimentarios, puede ser un soldado experimentado? Sabemos – y lo demuestra la reciente experiencia de Israel – que cualquiera puede asesinar en el momento en que se deja llevar por una intención suicida. Lo que constituye su fuerza de destrucción, dispuesta a explotar en cualquier momento y lugar, no es su habilidad militar, sino su seguridad moral”.

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