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“Por la bondad de Dios, estamos muy lejos de la miseria”: Día de Acción de Gracias

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Salir de tu camino para agradecer, como el leproso del Evangelio

Muchos ya conocemos la historia.

Fue en el otoño de 1621. En Plymouth, Massachusetts, tras una rica cosecha, los hombres, mujeres y niños que habían sobrevivido el primer año en el Nuevo Mundo se reunieron para un banquete y dar gracias.

Uno de los peregrinos escribió en ese entonces: “Por la bondad de Dios, estamos muy lejos de la miseria”.

¿Cómo fue? Hice una búsqueda en internet y encontré que el menú para ese primer Thanksgiving (Acción de Gracias) tenía algunas sorpresas. No era necesariamente pavo y tarta de calabaza.

Los historiadores piensan que aquellas personas probablemente comieron ave de corral y venado o ciervo. Los peregrinos no tenían tenedores, sino que usaban cucharas. Con más probabilidad, comían con sus manos.

Y la comida era posiblemente mucho más grasosa que a la que estamos acostumbrados nosotros. No se conocía el colesterol. Estaban más preocupados por las plagas y la viruela.

No tenían mucha azúcar, por lo que los dulces y los postres no estaban en el menú. Así que puedes olvidarte de la tarta de calabaza.

Lo que sea que incluyera el menú, la comida nos dejó una tradición perdurable: una reunión alrededor de la mesa, agradecer por la supervivencia en un lugar desconocido y complicado.

Pero hace algunos años, el ministro Unitario Peter Fleck sugirió que miráramos esto de manera diferente.

Quizá, escribió, los peregrinos no estaban agradecidos por haber sobrevivido.

Sino quizá hayan sobrevivido… porque eran agradecidos.

Eran personas que vivían sus vidas con asombro y esperanza, agradecidas por todo: los fuertes vientos y las grandes nevadas… las noches atemorizantes y las mañanas de esperanza.. el largo viaje que los llevó a un nuevo lugar. Ellos sabían cómo expresar gratitud.

La gratitud no siempre sale con facilidad. Todos sabemos que esa generosidad –el dar un regalo– significa pensar más en los demás que en uno mismo. Representa un acto de amor. Pero también lo es ser agradecido. Dar gracias es engrandecerte. Es recordar de dónde ha venido ese regalo.

Es salirte de tu camino para agradecer, como el leproso del Evangelio, que cambió de dirección y regresó con Jesús, desde el Templo, para agradecerle.

Hay amor en eso. Un amor por el regalo, y por aquel que te lo ha dado.

Fleck sugirió que quizá eso es lo que permitió a los peregrinos prosperar: un humilde agradecimiento por lo que Dios les había dado, confiando que Él les daría lo que necesitaban.

Es un mensaje optimista, en realidad, y la gratitud, creo, conlleva un espíritu de optimismo. Quizá ese espíritu pueda enseñarnos algo, mientras soportamos nuestros propios fuertes vientos y grandes nevadas, las tormentas de nuestras vidas.

Especialmente ahora.

En unas horas, Siobhain y yo viajaremos a Maryland, para la gran cena de Thanksgiving con mis suegros. Esperan entre 12 y 15 personas, y habrá un gran pavo con todas sus guarniciones. Thanksgiving será un tiempo para estar con la familia, y para celebrar.

Pero sé que no lo será para todos.

El otro día, caminaba por la avenida Continental y pasé por un McDonald’s que está junto a la estación de tren. Había un gran letrero en la ventana. Creo que nos dice algo sobre Estados Unidos.

El letrero decía: “Abierto las 24 horas durante Thanksgiving”.

Para muchos norteamericanos, ese será el lugar para su banquete. Ese será el lugar de su fiesta. No tendrán pavo ni tarta de calabaza. Será una hamburguesa y un batido.

Pero Thanksgiving no es dar gracias por tener mucho. Se trata de dar gracias sólo por tener. Por ser. Por saber que lo que tenemos, lo que se sirve en nuestro plato de porcelana o de cartón, es un regalo.

Las oraciones susurradas con una Cajita Feliz en la mesa son tan valiosas para Dios como aquellas con un pavo y relleno.

Y todos nosotros, no importa dónde estemos rezando, estaremos unidos por una sencilla palabra: bendición. En algunos McDonlads este Thanksgiving, estoy seguro, será pronunciada esa bendición.

Y estoy seguro de esto: esa gracia estará presente.

La gracia de la gratitud. La gracia de agradecer a Dios por cualquier regalo que da. Y en el dar y el recibir, y agradecer, hay algo que trasciende el tiempo y el espacio.

Hay amor.

Amor por lo que tenemos, y amor por lo que hemos recibido. Y amor por Dios que lo da. Porque no importa cuán violentos sean los vientos, o cuán implacable sea la tormenta, al menos en este día todos recordaremos que Dios está cerca.

Los peregrinos sabían eso. Y también el samaritano. Él vivió una vida de desfiguración y vergüenza. Pero confió, escuchó, y fue curado, cambiado para siempre, hecho un nuevo hombre.

Podía haber seguido su camino. Pero no lo hizo. No podía. Tenía que agradecer a aquel que hizo posible el milagro.

Hace veinte siglos, la figura anónima nos dejó un legado, y una lección: un bello ejemplo de lo que significa tener “una actitud de agradecimiento”.

Es una actitud que todos tenemos que alimentar, no sólo hoy, sino cada día. La gratitud puede abrir nuestros corazones –y cambiar nuestras vidas– solo si lo permitimos.

O, como Fleck lo explicó tan bellamente: quizá los peregrinos no estaban agradecidos porque habían sobrevivido.

Quizá sobrevivieron … porque eran agradecidos.

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