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Mi vida era un completo caos, pero «Dios hizo un milagro»

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Portaluz - publicado el 21/11/15

Tras décadas de sufrimiento y autodestrucción que -según señala el testigo de esta historia- le llevaban directo a la muerte; en la Plaza de los Santos Niños Mártires de Alcalá de Henares, al confesarse y ante el Santísimo Sacramento, comenzaría su sanación y conversión.

La infancia, adolescencia y juventud de Javier Martínez Carpintero, fueron extremas en vivencias que condicionaron por décadas su bienestar. De aquellos primeros años en Alcalá de Henares (España), siendo hijo de obrero en tiempos de Franco, en una familia donde se amaba a los cuatro hijos pero cuyos padres -con escazas habilidades para formarlos, escucharlos, protegerlos-, no lograron conocer siquiera todo aquello que padecía Javier…

Sus mejores recuerdos de la infancia van asociados a los momentos en que dibujaba, cuando podía abstraerse de todo, en un mundo ideal que él controlaba. También atesora como benéficas las horas en que asistía de monaguillo al cura. Aquellos reflejos positivos y protectores quedaron anclados en la memoria emocional de Javier, fusionados con la imagen de su abuela María enseñándole de pequeño la conocida oración: “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. ¡Tómalo! Tuyo es, y mío no”.

La débil calidad de comunicación en esta familia reflejaba quizá, dice Javier, a una sociedad que en España había sido doblegada al silencio, por el temor y la dominación impuestos desde el gobierno de Franco. Así, cuando los demonios tomaron forma, agrediéndolo, Javier se quedó sólo en sus miedos que luego derivaron en una rebeldía autodestructiva que arrastró por décadas.

Abuso, trata, violencia, adicciones, prostitución

Todo se quiebra a los doce años de edad, cuando el matón del barrio arrasa con su inocencia iniciando un abuso sexual que duraría casi tres años. “Era una persona violenta, agresiva, que ya tenía antecedentes penales y controlaba a todos los chicos del barrio…”. Obedecías o te exponías a ser robado, agredido, insultado de forma permanente por toda su camarilla, recuerda Javier. “Fui abusado sexualmente de dos a tres años… como que yo era su perrito. Suyo ¿no?…” El miedo al matón, a su camarilla, a la burla, a lo que podrían decir sus padres acabó por someterlo. El sólo pensar en denunciarlo le provocaba tal miedo que decidió… “mejor me quedo calladito, aguanto lo que sea, pero sobrevivo”.

Luego de las primeras situaciones de abuso y quizás como una reacción a ellas tuvo su primera borrachera. Luego con los años vendrían muchas más, junto con el consumo de drogas, actos delictivos, viviendo al límite de la resistencia física y psicológica. “Y bueno -agrega Javier-, después de tanto tiempo practicando esta serie de actividades, por llamarlas de alguna manera, pues bueno, se crea un pozo (vacío) dentro de mí, claro. Entonces a partir de los 16 años, cuando escapo de ahí, del barrio, a Madrid capital, esto lo utilizo. Yo a mí mismo me utilizo como mercancía, me vendo. Es la prostitución, lo que en esa época se llamaban chaperos”.

Coincidía su escape con la transformación social en España, la ‘apertura’ cultural, la búsqueda de ‘modernismo’, la alegría efímera y comercial de la ‘movida madrileña’. Javier que sentía no encajaba en ningún sitio, vivió este tiempo como una posibilidad de experimentar. “O sea, vi la libertad y yo ahí me desenfreno”, aclara. Ya podía estar días drogado y borracho sin saber de sí, como luego afanado siendo un Joven Guardia Roja socialista que celebraba por las calles el triunfo de Mao en China o al rato transando con algún cliente el precio de un servicio sexual; también ser atrapado por la policía luego de cometer algún delito y al poco yendo de parranda con artistas de la élite gay. “Había probado muchas cosas, pero finalmente fue con un grupo… personas que yo consideraba del nivel en el que yo quería estar ¿no? Un ambiente que en aquella época todavía estaba muy mal visto, ambiente gay… discotecas, fiestas. Me relacionaba generalmente con personas mucho mayores que yo entre los cuales pues podía haber pintores, escritores, doctores…”.

La conciencia de que Dios es Padre

En estos afanes consumió Javier su juventud y a los 25 años, mientras trabajaba de camarero en un bar –lo que no eximía, dice, sus otras actividades-, un cliente que ya era casi amigo del lugar le invitó a un encuentro de la Renovación Carismática. “A Dios yo nunca lo había desechado –aclara Javier-, siempre ha estado dentro de mí… es cierto que había vivido al margen haciendo mi propia vida, mi propio camino, lo que yo quisiera conmigo porque para mí era mucho más cómodo ¿no?, a que Dios estuviera ahí”.

El encuentro le puso ante sus verdades, pero el alma permanecía atrapada, tras una puerta que se abrió a medias. Dios, sin embargo, continuaría llamando –dice Javier-, aunque él buscase enfrentar a solas “el sentirme una cosa rara, el sentirme feo, estúpido, malo, alguien que no sabía por qué estaba en este mundo ni para qué”. Tomaba y dejaba por temporadas medicamentos y la orientación de profesionales en salud mental, intentando sobrellevar su depresión. Pero no lograba paz y los ciclos de angustia se repetían, como también los viejos hábitos que ya cada vez le satisfacían menos.

Experimentando “matrimonios”

Poco antes de los treinta años y tras haber probado encontrar su norte existencial con los Testigos de Jehová y luego en una Iglesia Evangélica, Javier estaba aún con su brújula sin derrotero fijo. Y, sin certezas razonables, inesperadamente se aferró a la primera idea –compulsiva- que se forjó en su mente…

Partió a París, a las dos semanas conoció una chica emigrante peruana y sin mediar mayores reflexiones se casó con ella. “Pensaba que si me casaba y tenía hijos podría tener una vida normal, como todo el mundo”, señala Javier. Un hijo y una hija nacieron. Fueron veinte años de matrimonio, durante los cuales “dentro de mis desequilibrios pues más o menos permanecía estable”, agrega. Pero la realidad era que en casa había discusiones “porque yo a veces me emborrachaba o no nos poníamos de acuerdo a la hora de educar a los niños y una serie de cosas personales entre ella y yo. Los últimos cinco años prácticamente pasamos inadvertidos el uno del otro, cruzándonos por el pasillo incluso sin saludarnos. Hasta que tomamos la decisión de un divorcio”.

Luego de aquello, regresó Javier a vivir con sus padres. Los estados de angustia retornaron y se desmoronó, regresando a consumir –dice- “alcohol, drogas y sexo con varones”.

Su padre falleció el 15 de agosto del año 2008 e impulsado por todo lo que esta partida le provocaba se entregó a una relación de afecto virtual con un hombre joven que vivía en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Una nueva compulsión atraparía a Javier, pues pasados apenas tres meses de conocerle viajó a Bolivia, permaneció allí algunos meses y tras un par de años se reencontraron para casarse en España. Pero esta apuesta también terminaría en divorcio.

El milagro

Lo que luego ocurrió en su vida es un hecho extraordinario, una sucesión de eventos que Javier califica de milagro:

“Pues la relación se rompe, me divorcio también de él y en la desesperación, una noche… me encuentro –es algo muy curioso- en la Plaza de los Santos Niños Mártires en Alcalá de Henares… La plaza estaba llena de gente, mucho colorido, había un sacerdote muy especial (en la actualidad es mi director espiritual) a quien me acerco y le hablo de tantas experiencias en mi vida… ¡Pues resulta que me acoge de una manera tan natural, percibo tanto cariño!… algo que no había sentido nunca en todas mis búsquedas, en todos los sitios que había conocido. Es un amor diferente. No me juzga, no me condena, es un amor que no me está señalando con el dedo diciéndome tú eres malo, tú no sirves. No, al contrario, es un amor receptivo… Y hablando, hablando, hablando, me pregunta si quiero poner una vela en el Santísimo.

(Se estaba realizando en ese momento algo que se hace en Alcalá de Henares –entonces yo no lo sabía- que es el Arde Complutum, una semana de evangelización en las calles).

…Entonces yo le digo que sí. Aparte de que ya me había, digamos, confesado como una hora o así con él. Pues nos acercamos al Santísimo en la catedral y al poner mi velita al Señor, ahí es que ya de repente me derrumbo completamente. Algo dentro de mí se rompe, se está formando, no sé cómo expresarlo. El caso es que permanecí de rodillas llorando y confesando mis pecados allí, públicamente. El sacerdote siempre a mi lado. Y algo… algo muy grande, muy grande…”

El proceso a la luz

Aquél momento marcó de tal forma a Javier que hoy considera haber comenzado realmente allí la vida que siempre anheló. Han pasado tres años desde entonces… “en ese momento Dios hizo un milagro, grandes cosas en mí que por mí mismo nunca había logrado, por eso digo que es un milagro. Lo que forma (Dios) es el deseo de cambio… un reconocimiento de que mi vida no era buena porque me llevaba a la muerte segura. Todas las cosas que haya tenido, que en principio creía me estaban aportando felicidad, lo que me estaban aportando era prisión, cárcel, muerte, sufrimiento, muchas lágrimas”.

El siguiente punto de renacer espiritual ocurrió hace casi un año, al morir su madre. Ella era quien siempre había estado a su lado en todo, apañándole, animándole para volver a empezar, orando por él. En el dolor por esta partida, dice Javier, lejos de retornar la angustia y huir a los brazos de aquellos demonios que antes lo encadenaban, su roca firme ha sido Dios.

Hoy, el encuentro con Él lo vive en la misa diaria y rezando el rosario… “Para mí es una cosa muy bonita porque como mi madre física está en el cielo con mi madre la Virgen María pues entre las dos y yo, pues ahí tenemos nuestra conversación”, explica. Confidencia que está muy agradecido a su confesor y al sacerdote que es su director espiritual, quien le vinculó con “un buen psiquiatra católico”, que ha colaborado también en su recuperación.

“Espero que mi testimonio pueda ayudar -dice al finalizar- … Porque realmente si te paras a pensar mi vida era un completo caos, un completo desastre. Pero fíjate, Dios no busca a personas perfectas para mostrarse a ellas, sino que Dios busca al corazón que está dispuesto a abrirse para Él. Y esto es independiente de tu nivel, de tus estudios, de tu capacidad monetaria, de todo”.

Fuente: Hogar de la Madre. Programa Cambio de Agujas

Artículo originalmente publicado por Portaluz

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