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La gran pregunta: ¿Qué es la verdad?

Isaac Torrontera
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Hemos elegido el error en lugar de la verdad, o el mal en lugar del bien

Con que, ¿Tú eres Rey? Tu lo dices: soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”.

La verdad. Pero, “¿Qué es la verdad?”, le pregunta Pilato, el gobernador romano, a Jesús. ¿Qué es la verdad? Esta es la gran pregunta. Precisamente la gran pregunta que el hombre de hoy, que la cultura de hoy, que el mundo de hoy, le hace a Jesús, le vuelve a hacer a Jesús.

No vivimos inmersos en una crisis de fe, como a veces decimos. No. El hombre de hoy, como el de todos los tiempos, necesita creer como necesita respirar. Cree, siempre cree. Y si no cree en Dios: Es que creé en si mismo, sólo en si mismo, condenado a la soledad de la desconfianza y la soberbia, midiendo todo lo que hay consigo mismo. Apegándose a su riqueza y a su imagen. Se cree el centro del universo. Huye el misterio.

O creé en las fuerzas ocultas del mal, o del azar y la suerte, o de las cartas y las supersticiones, o de los magos de lo oculto, para encerrar el misterio en un cuarto trasero, para hacer de la vida y de la muerte un juego macabro.

La crisis de nuestro tiempo es una crisis de verdad, y por ello, de bondad y de amor. Es el relativismo. Si no hay verdad y falsedad, si todo puede ser verdadero o falso a la vez, o no serlo nunca, entonces tampoco hay bien y mal, y tampoco amor y desamor.

¿Qué es la verdad? Se pregunta el cínico, que a la postre se creerá incrédulo, para encerrar su cenismo en una creencia. “No hay verdad”, dirá; en todo caso, tu verdad, mi verdad, siempre con minúscula.

Se nos quiere hacer creer que toda pretensión de verdad es una quimera peligrosa, origen y fermento de todos los fanatismos. Que sólo en un clima de opinión relativista es posible la democracia y el progreso. Y se equivocan. Más bien es todo lo contrario.

¿Por qué somos tan débiles ante el fanatismo de los terroristas que dicen matar en nombre de Dios? Porque habiendo renunciado a a anhelar la verdad, a amar la verdad, hemos renunciado también a identificar la mentira y el mal. Ya no existen. Todo son opiniones.

Y como no existe la verdad y la mentira, tampoco existe el bien y el mal. Sólo existen los sentimientos y las sensaciones, porque son subjetivas: el temor o la tranquilidad, el sosiego o el dolor. Nos horrorizamos, y hasta nos indignamos. Pero no nos defendemos con la fuerza imparable de la verdad, de la bondad, y del amor.

En un aula un profesor decía a sus jóvenes pupilos: “Veis esta mesa, pues por eso decimos que existe. Veis esta pizarra. Pues por eso decimos que existe. ¿Veis a Dios? Pues entonces Dios no existe”. Un estudiante levantó la mano y le dijo: “Profesor: ¿ve usted el aire que respiramos, o las ideas de nuestros pensamientos, o los deseos de nuestro corazón, o lo que amamos y lo que despreciamos? Entonces, sino lo ve, según usted no existimos”.

El drama de nuestro tiempo no está en todas las veces en las que hemos elegido el error en lugar de la verdad, o el mal en lugar del bien. Esto ha ocurrido siempre. El drama de nuestro tiempo es que nos hemos creído que no hay ni verdad ni falsedad, ni bien ni mal, ni amor ni desamor. Y por eso reina la confusión, el príncipe de la mentira, en lugar de el Príncipe de la paz, el Dios del amor.

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