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Cuando la Iglesia redescubrió sus raíces judías

This handout picture released by the Vatican press office, Osservatore Romano, shows Pope Francis (R) giving a hug to Argentine biophysicist, rabbi and book author Abraham Skorka during a meeting of the International Council of Christian and Jews, in the Clementine Hall at the Vatican, on June 30, 2015. AFP PHOTO / OSSERVATORE ROMANO
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Y el Concilio Vaticano II comenzó el diálogo interreligioso

Tenía algo de libertador, el aplauso que estalló en el Concilio, cuando fueron anunciados los resultados del voto final. De 250, en el penúltimo escrutinio, los non placet (y los opositores) habían descendido a 88. La declaración Nostra aetate fue finalmente aprobada. Era el 28 de octubre de 1965. Por primera vez – después de dos mil años de lucha, de incomprensiones, de ghettos, de tragedias – la Iglesia católica reconocía no podía llegar a comprender su propio misterio, más que a partir de sus raíces judías. Es decir, del “vínculo que une espiritualmente al pueblo del Nuevo Testamento con la estirpe de Abraham”.

Era seguramente la punta más alta de las novedades introducidas por el Vaticano II. Como demostró el hecho que fuera el único texto conciliar – salvo una alusión a una epístola de Gregorio VII – que no estaba dotado de citas patrísticas o papales. Y, de hecho, Nostra aetate representó un cambio de actitud que tenía algo increíble en relación, no sólo al judaísmo, sino a todo el universo de las religiones no cristianas. Y, sin embargo, al inicio, cuando comenzó la preparación del Concilio, no existía un esquema así. Nadie se había pensado, o quizá había sido descartado, pensando que se trataba de un argumento demasiado complejo, y sobretodo, demasiado desagradable para muchos padres.

La primera idea nació más tarde. Juan XXIII había quitado de la liturgia del Viernes Santo, en la oración por los judíos, el adjetivo “perfidis” que, respecto al latín medieval, había asumido con el tiempo un significado cada vez más ofensivo. Impulsado por ese gesto, un gran personaje judío, el prof. Jules Isaac, fue a ver al Papa para abogar por la causa del pueblo judío. Roncalli había pasado la propuesta al Secretario para la unión, presidido por el cardenal Agostino Bea. Pero, apenas se supo al respecto, estallaron grandes polémicas de orden político, y el proyecto por el momento quedó de lado.

No fue sino hasta la segunda sesión, que se le pudo ver volver a la luz. Fue memorable la relación que hizo el cardenal Bea. Fue él, alemán, quien pronunció un acto de expiación, recordando la persecución de los judíos bajo el nazismo, y explicando la falsedad de la acusación de “deicidio” dirigida a todos los judíos. Abierto el debate, el esquema sufrió críticas muy duras y, sin embargo, siguió adelante. Al año siguiente se reanudaron las andanadas de los patriarcas orientales (que vivían en países hostiles con Israel) y las presiones políticas. Jordania llegó a prohibir el acceso a los lugares santos a los obispos considerados favorables. La medida fue anulada, pero continuaron las protestas del mundo árabe.

En ese momento, se pensó acentuar el carácter religioso del esquema, ampliándolo a otras religiones no cristianas. Pero aunque alguno de sus conceptos carecía de fuerza, el párrafo sobre el judaísmo mantuvo toda su carga novedosa.

Se subrayaba el gran patrimonio espiritual común a los cristianos y judíos, borrando así esa “enseñanza del desprecio” que durante siglos había incluso entrado en los libros litúrgicos. La Iglesia declaró que la muerte de Jesús no podía imputarse “ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy”. Finalmente, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”.

Pasaron tres semanas desde la aprobación de la Nostra aetate, y ocurrió un episodio extraordinario. De regreso a la sesión conciliar, el cardenal Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, fue informado que lo habían llamado por teléfono “un tal Jerzy Kluger”. Era uno de sus amigos judíos. Es más, su amigo del alma. Estuvieron en la misma clase en Wadowice, desde la primaria hasta el liceo deportivo. Luego, la Segunda Guerra Mundial sacudió a Polonia y la existencia de millones de personas. Las mujeres de la familia Kluger habían muerto en los campos de exterminio nazis.

Karol y Jerzy se daban por muertos, y en cambio se reencontraron vivos, en Roma. Incluso después de la elección pontificia de Wojtyla, su amistad continuó, fortaleciéndose hasta asumir una elocuencia, no sólo simbólica, en la nueva historia que había comenzado entre las dos religiones. Los gestos y las palabras del papa polaco – el primer papa que entró en una sinagoga, en condenar dura y definitivamente el antisemitismo – provenían de la experiencia de quien había vivido de cerca la tragedia de la Shoah; pero también había “descubierto”, gracias a la amistad con un judío, sus “raíces” judías. Y con él, después de dos mil años, el cristianismo.

En la declaración Nostra aetate había una segunda gran novedad. La ampliación temática del esquema a las religiones no cristianas – decidido inicialmente sólo para “equilibrar” el discurso sobre el judaísmo, y para evitar cualquier interpretación política – fue providencial. Permitió, de hecho, otro cambio copernicano. Y permitió quitar esencialmente la acusación de “paganismo” que hasta entonces estaba reservada a los que eran considerados “fuera” de la Iglesia. Porque, en esa época, los que estaban convencidos de estar en lo correcto, decían que “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Eso comportó un acercamiento a la religión musulmana, también monoteísta, y caracterizada por el vínculo con la fe de Abraham, la veneración a Jesús, al menos como profeta, y la devoción a María. Al mismo tiempo, hubo una reconsideración de las religiones orientales y africanas. “La Iglesia católica no rechaza lo verdadero y santo en estas religiones. Ésta considera con sincero respeto esas maneras de actuar y vivir, esos preceptos y doctrinas que, aunque en muchos puntos difieren de lo que ella misma cree y propone, sin embargo, reflejan un rayo de la verdad que ilumina a todos los hombres”.

El Concilio abrió la puerta hacia mundos que antes eran desconocidos, lejanos. Favoreciendo, en primer lugar, un mayor conocimiento recíproco. Y luego, el inicio de ese diálogo interreligioso que, junto al ecuménico, podría llevar a acuerdos sobre problemas de interés común. El encuentro de Asís, el 27 de octubre de 1986, fue un testimonio extraordinario. Por primera vez, exponentes de todas las religiones se encontraron para rezar por la paz en el mismo lugar, en el mismo momento. Ese día, se abrió un capítulo completamente inédito en la historia de las relaciones entre las religiones. Obligados, por ese momento de comunión fraterna, a un examen de conciencia, para descubrir su verdadera naturaleza, para volver a ser constructores de paz.

Y hoy, a cincuenta años de la promulgación de la Nostra aetate, ¿qué balance hacer? Mirando el escenario mundial, parecería una situación casi apocalíptica. Y, sin embargo, partiendo precisamente de la nueva “vía” que la declaración conciliar ha trazado, el Papa Francisco pudo indicar toda una serie de elementos positivos. Como la profunda transformación que ha habido en las relaciones entre judíos y cristianos. “De enemigos y extraños, nos hemos vuelto amigos y hermanos”. De modo que, ahora, existe un frente común, solidario, para luchar contra el resurgente antisemitismo, contra cualquier forma de discriminación y persecución.

Por lo tanto, sobre un nivel más general, el diálogo interreligioso. “La llama, encendida en Asís, se ha extendido en todo el mundo y constituye un permanente signo de esperanza”. Sí, es verdad que detrás del nuevo terrorismo, detrás de las masacres espantosas que ha perpetrado, existen desviaciones de un cierto fundamentalismo religioso. Pero, también aquí, Francisco ha quiero privilegiar los valores positivos de la misma religión musulmana. “El diálogo basado en el respeto confiado puede llevar semillas de bien y, a su vez, se vuelve germen de amistad y colaboración…”

Y, en todo esto, está la validez, por lo tanto, la actualidad de la Nostra aetate, y su llamada a Dios, un único Dios, fundamento de la fraternidad humana. El acto del Concilio fue previsivo. Y, antes de eso, un acto de valentía.

 

Gian Franco Svidercoschi fue enviado del Ansa en el Concilio Vaticano II y subdirector de L’Osservatore Romano. Es considerado el biógrafo de san Juan Pablo II, con quien colaboró en la redacción del libro “Don y Misterio”. Es posible contactarlo en gf.svidercoschi@libero.it

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