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¿El éxito profesional de la mujer requiere un marido bobo?

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Aceptar que mi felicidad o mi realización depende de los logros que consiga en el trabajo es dejarse dominar por las empresas

En los últimos meses han aparecido numerosos trabajos y estudios sociológicos en los Estados Unidos que ponen en evidencia la conciencia que tiene la mujer contemporánea sobre los objetivos y prioridades de su vida y sobre cómo comprende las relaciones humanas y sentimentales.

En 2014 la Harvard Business Review publicaba una encuesta realizada a más de 25.000 antiguas alumnas en la que se recogía una opinión predominante: las licenciadas de esta prestigiosa universidad norteamericana consideraban que su carrera profesional no se había desarrollado lo suficiente.

No achacaban la culpa de esto, y aquí está lo más relevante, al cuidado de los hijos y al tiempo que conlleva, sino a haber privilegiado el crecimiento laboral del marido o pareja. Los datos fueron publicados hace unos días por el diario El País bajo el titular: Los niños no frenan la carrera de la mujer, son los maridos.

Este análisis viene a constatar una opinión que ya había expresado en 2013 la directora de Operaciones de Facebook, Sheryl Sandberg, en su libro Lead In.

En él insiste en que cuando una mujer planifica su futuro debe considerar si desea tener pareja y, si es así, qué condiciones debe cumplir el elegido para que no sea un obstáculo en la consecución de los objetivos profesionales de la mujer. La clave del éxito consiste, pues, en la elección de una buena pareja.

Hasta ahora, cuando los padres pensaban en cuál sería la elección adecuada para consorte de sus hijas lo que deseaban sobre todo es que fuese el amor el que uniese a la pareja, aun teniendo presente la situación económica y social del elegido o, al menos, que ésta no fuese muy precaria.

Todavía hoy, los padres queremos que nuestros hijos encuentren a alguien que les quiera, que les prefiera, que les trate con dulzura y cariño, que sea bueno o buena con ellos.

Tal vez el mundo posmoderno, cínico y descreído no pueda confiar ya en la palabra “amor” o la considere un sentimentalismo en desuso o un movimiento pasajero del alma.

Tal vez deberíamos pararnos a pensar cuando es precisamente Facebook la empresa pionera en ofrecer a sus trabajadoras el pago de la congelación de óvulos para que así pospongan su maternidad, lo que supone a todas luces una presión laboral inaceptable, una forma injusta y discriminatoria de dirigir la carrera de las mujeres dentro de la empresa y por supuesto de pilotar su proyecto de vida fuera de ella, que queda desplazado, pospuesto, o incluso relegado a ser un instrumento que sólo es eficaz y tenido en cuenta si sirve a los fines de la empresa.

Lo que apreciamos en este contexto “liberal” de las profesiones -que el feminismo ha aceptado acríticamente- es una concepción particular de las relaciones personales, basadas en el interés y la manipulación.

El cónyuge, también los hijos y, por añadidura, el universo entero, es visto como algo valioso en la medida y sólo en la medida en que su presencia está supeditada y facilita mis propios intereses.

De este modo las relaciones están marcadas por dos subjetividades con proyectos de vida distintos que generarán no pocos conflictos en la vida en común.

Quizás estos conflictos (y otros) sean inevitables en las relaciones sentimentales, pero el punto de vista de la señora Sandberg presupone que no existe ningún bien que se persiga dentro de la propia relación más allá del bien individual-egoísta de los cónyuges, despreciando otros que buscarían el bien común, como es el amor mutuo.

Además, si de lo que se trata es de la satisfacción de los individuos y ésta se logra sólo con el éxito profesional, uno de los dos tendrá que posponer sus objetivos para que los consiga el otro.

En cualquier análisis de las relaciones de esta índole el feminismo apostará por que quien se supedite al interés ajeno no sea la mujer, en tanto que el machismo apostará por lo contrario (precisamente lo que muestran los resultados de la encuesta de la Harvard Business Review).

En todo caso, lo que podemos afirmar con absoluta seguridad es que el modelo liberal, que perpetúa la separación entre la vida pública y la vida privada es machista e impide la realización de la mujer.

Si solo podemos aspirar a una victoria profesional, si el modelo que no varía es el económico-liberal, una de dos: o la mujer se adapta a él, con lo que tendrá que renunciar a la familia, a una relación sentimental, a una vida fuera de lo profesional o, si no desea esta renuncia, se verá obligada a desertar de sus objetivos profesionales.

Hemos terminado por aceptar, también las mujeres, este modelo económico y laboral como si fuese inamovible, como si fuese el más perfecto posible, y asumimos que “descarte” el desarrollo de la mujer.

Si el rendimiento y las condiciones de trabajo no varían no hay lugar a hablar de ningún tipo de “conciliación”. El único espacio de libertad es el privado, en el que una podrá tener tantos hijos como desee, y sufrir las consecuencias. ¡Menuda libertad!

Lo que es innegable es que el problema de la falta de conciliación entre trabajo y familia es real, aunque el liberalismo no esté dispuesto a afrontarlo.

El Instituto Nacional de Estadística de España publicó un trabajo en el año 2010 que resulta muy revelador.

Según esta encuesta los hombres dedican cada día el mismo tiempo al cuidado del hogar, independientemente de que tengan o no hijos, y prácticamente el mismo si viven solos o en pareja.

La mujer, sin embargo, se ocupa mucho más del hogar una vez que comparte su vida.

El desequilibrio es evidente: a lo largo de la vida la mujer trabajará en el hogar alrededor de 20.000 horas más que el hombre, que corresponden a 2.500 jornadas de ocho horas: algo más de 7 años y medio más que el hombre empleados en actividades orientadas al cuidado de la familia.

Dios no creó a la mujer para que se ocupara de cuidar del malacabeza del marido, y dicen algunas madres que a base de esfuerzo y sacrificio han conseguido que sus hijos sepan lavar, planchar, arreglarse su habitación y ordenar la casa sin que haya sufrido mutaciones genitales de ningún tipo.

Pensar que la mujer debe dedicarse al cuidado de la casa por una supuesta ley natural o norma divina es un error que debemos desterrar, porque no es más que un equivocado prejuicio cultural.

El amor en la pareja, la búsqueda del bien común y el cuidado mutuo entre los esposos suponen un equilibrio en las obligaciones, que cada matrimonio deberá encontrar atendiendo a sus circunstancias e intereses comunes, pero evitando suposiciones machistas equivocadas.

Lo que tendría que importarnos en primer lugar no es el éxito profesional ni cualquier otro valor impuesto desde la mentalidad dominante y que obliga a los dos cónyuges a ser mecanismos de sus empresas, de las instituciones y, en general, de eso que llamamos “sistema”.

Aceptar que mi felicidad o mi realización depende de los logros que consiga en el trabajo es dejarse dominar por empresas que no están interesadas en potenciar la libertad de la mujer, sino en convencerla de que debe sacrificar su matrimonio, sus hijos, sus  proyectos y su felicidad entera para servir a su amo-empresa con mayor eficacia.

Lo que estos directivos “de éxito” (habrá que ver qué éxito) transmiten es su fidelidad al modelo de vida liberal y al tipo de relaciones de interés que sólo dan valor a lo que puede medirse en billetes verdes.

Lo que se pide a las mujeres es que releguen sus proyectos para “elegir” al marido más brutal y maltratador de todos, que no tiene ni el más mínimo afecto hacia nosotras: el mercado.

¡Y ojo!  además es un dios celoso, que no acepta que compartamos su tiempo con nuestros hijos, ni con nuestro marido y, ténganlo bien presente, tampoco con nosotras mismas.

Lo roba todo, y las feministas no parece que se preocupen de enfrentarse a este monstruo, sino que más bien se entregan a él sin criterio ni juicio.

Es claro que desde estos parámetros el marido tiene que ser un pelele seleccionado en orden a cumplir nuestras exigencias y deseos, y siempre que esté dispuesto a subordinarse a nuestros propios objetivos.

O cabe también otra opción: renunciar a tener una intimidad verdadera y un proyecto de vida común para no crearnos dependencias que puedan influir en nuestra carrera hacia la cima de la profesión.

No puedo dejar de preguntarme: ¿de verdad es eso lo que queremos? ¿Cómo podemos esperar que se nos regale un hombre que nos quiera bien si hemos renunciado a la posibilidad del amor como punto de partida?

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