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¿Puede un casado gastarse por Cristo igual que un religioso?

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Henry Vargas Holguín - publicado el 17/11/15

Todos tenemos que saber actuar en el mundo para que los valores del Reino de Dios (paz, justicia, amor y verdad) sean también una realidad concreta aquí y ahora, y así saborear o pregustar lo que viviremos después eternamente en el cielo.

Y así como alguien inventa algo con un fin u objetivo bien preciso, de la misma manera Dios tiene un propósito o un fin específico para cada ser humano. Cada persona es única e irrepetible y creada con una misión propia y exclusiva; por tanto nadie debe ocupar un lugar que no le corresponde.

Pero como lastimosamente nadie nace con un manual de instrucciones bajo el brazo para saber manejar su vida o para ocupar el lugar que le corresponde en el mundo según la voluntad de Dios y encajar felizmente, se necesita obviamente discernimiento, oración, conocerse y dejarse conocer.

¿Dónde encontramos o cómo se expresa esa voluntad divina? Esa voluntad divina se conoce a través de la vocación que Dios le regala a cada persona o bautizado.

Lo primero que hay que hacer es preguntarle a Dios qué quiere de cada uno. Y Dios responde de muchas maneras.

Dios muestra lo que quiere de cada uno ya sea inspirando ideas en el intelecto, poniendo deseos en el corazón, regalando aptitudes y carismas, y finalmente poniendo personas sabias que guían en el discernimiento.

Estas aptitudes y carismas son dones específicos que nos permitirán saber cuál es nuestro camino a seguir, dones que pueden y deben hacerse fructificar durante la vida; dones que bien aprovechados promoverán un aumento en la plenitud y en la alegría de vivir.

Y si le preguntamos a Dios, Él nos responde revelando su plan. Él sabe lo que más nos conviene y lo que nos haría verdaderamente felices porque nos ha creado uno a uno con amor personalizado, Él es el único que nos conoce de verdad.

En cuanto a la vocación, hay tres niveles: la vocación profesional y la vocación a un estado de vida. En este orden son los dos niveles inferiores de nuestra gran vocación: la santidad.

La vocación profesional está subordinada o integrada, si es el caso, a la vocación como estado de vida.

Y la vocación a un estado de vida puede ser concretada a través de uno de los cuatro siguientes estados: celibato laical para mujeres y hombres que se supone debe ser casto, matrimonio igualmente para hombres y mujeres, celibato religioso (con la consecuente castidad bajo voto público) en un instituto religioso ya sea para hombres ya sea para mujeres y celibato sacerdotal (con la consecuente castidad) para hombres.

Sea cual sea nuestra vocación a uno de estos estados de vida, todos tenemos una función en el plan de Dios. Por eso es importante discernir a qué nos está llamando Dios. Y para todos, sin excepción, existe la vocación o llamado de Dios a la felicidad, a la salvación y a la santidad.

Cada uno de estos estados de vida tiene sus características propias bien definidas, de manera que cada quien se debe identificar, única y exclusivamente, con uno, y ser coherente con él.

Es decir, la vida de un casado no puede tener las mismas características de vida de un consagrado (sea de vida contemplativa o de vida activa) que vive en comunidad o en soledad o de un sacerdote y viceversa.

Un casado (por vocación), aunque esté involucrado plausiblemente en la vida por ejemplo parroquial, se debe a su familia, ella es su PRIORIDAD y objetivo de vida, su rol se centrará favor de su familia.

Así mismo un(a) religioso(a) o un sacerdote (por vocación) debe estar de lleno dedicado(a) a su misión y ministerio sin obligaciones con una familia (esposo(a) e hijos).

Se sabe también que así como la caridad empieza por casa, así también la misión empieza por casa. El casado se tiene que santificar como casado, santificando al cónyuge y a los hijos; dedicado plenamente a su familia.

Hay muchos padres y madres de familia que han sido canonizados; recordemos que no hace muchos días se elevaron al honor de los altares a dos parejas de esposos. Una de estas parejas son los padres de santa Teresa del Niño Jesús.

¿Cómo vivieron estos esposos? Eso es lo que cada casado debe hacer. Si hay conflictos en la vida personal, es que se podría estar en el lugar equivocado.

Ahora, ya se sabe que “el que mucho abarca poco aprieta”. Es pues necesario decantarnos por algo, no lo podemos hacer todo y menos por encima de nuestras capacidades.

El anterior es un refrán que nos ayuda a entender que debemos dar lo máximo de nosotros en nuestro propio campo de acción ya que no podemos invadir el campo de acción de los demás porque aquí comienzan los problemas por exceso o por defecto en uno u otro sentido.

Con que se haga bien lo propio es más que suficiente. Es esto lo que Dios ve y pide: que lo que Él nos ha encomendado lo hagamos bien, aunque a nivel humano pueda parecer poco o irrelevante; lo que cuenta es la calidad de la misión, no la cantidad de acciones.

Otra cosa. Hay un dicho: “Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar”. Es decir cada bautizado tiene un lugar concreto en el plan de salvación de Dios según su infinita sabiduría.

Y este lugar en el mundo hay que identificarlo cuanto antes y prepararnos debida y dignamente para ocuparlo.

El futuro no se improvisa, como tampoco podemos incurrir en el acto irresponsable de dejarlo al azar, porque fuera de causarnos infelicidad podemos perjudicar a terceras personas.

Se dice que la vida es una obra de teatro que no admite ensayos. La vida es como un puzzle o un rompecabezas en el que cada persona es como una pieza del mismo, en el que encaja perfectamente; es decir la vida o el rompecabezas no sería igual si una pieza del rompecabezas no está en su lugar o está mal colocada.

Cada persona tiene pues una misión A FAVOR de la humanidad y/o a favor del reino de Dios, misión que sólo le corresponde a dicha persona realizar.

La misión de cada uno tiene contenidos específicos e intransferibles, según sean las propias potencialidades y dones personales. Y la misión de cada uno es una tarea única y personal aunque tenga algunos rasgos genéricos que se puedan aplicar a cualquier otra persona.

Tener clara la misión da valor y brillo a la persona y a todo lo que hace y le enseña a respetar y a valorar la misión de los demás, de manera que nadie puede juzgar quién brilla más o qué brillo es más importante.

Cuando la persona sabe cuánto vale, cuánto le ha costado llegar donde está, aprende a respetar y a valorar a los otros que también han hecho o hacen su propio camino.

En la vida no basta con sobrevivir, hay que tener un sentido y una razón que nos motive a crecer, buscar, sentir y ser mejor cada día pues la vida tiene un propósito, un sentido, una razón de ser y de existir.

Cuando se vive con una misión clara, se experimenta la alegría de vivir, se vive con entusiasmo, emoción y una energía que parece no acabar.

Es imposible sentir depresión y culpa cuando uno sabe que lo que hace es lo que tiene que hacer en el momento y lugar correctos, cuando uno sabe que no hay nada más importante que hacer o cuando uno está en el lugar donde debe estar y que da razón y valor a su existencia.

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