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Medio siglo del “Pacto de las Catacumbas”

© l i g h t p o e t/SHUTTERSTOCK
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¿Fue una premonición de la Iglesia pobre del Papa Francisco?

Hace 50 años, el 16 de noviembre de 1965, un grupo de sacerdotes y obispos, encabezados por el obispo brasileño Dom Hélder Pessoa Câmara (Fortaleza, 7 de febrero de 1909 – Recife, 27 de agosto de 1999), redactaron y firmaron un documento conocido como el “Pacto de las Catacumbas”.

Era el mes final del Concilio Vaticano II, ya con Pablo VI al frente de la barca de Pedro, cuando unos cuarenta sacerdotes, entre ellos varios obispos latinoamericanos, celebraron la Eucaristía en las Catacumbas romanas de Domitila y se comprometieron a llevar una vida de sencillez y despojada de posesiones y nueva actitud pastoral orientada a los pobres y los trabajadores.

El documento –de trece cláusulas– ha sido considerado como uno de los precursores, si no es que el inmediato precursor, de la llamada Teología de la Liberación que aparecería en América Latina a partir de 1969, posterior a la II Conferencia General del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), celebrada en Medellín (Colombia) del 24 de agosto al 6 de septiembre de 1968 (con la presencia del Papa Pablo VI.

El “Pacto de las Catacumbas” fue poco difundido en los siguientes años, pero ha tomado realce con la llegada del Papa Francisco en 2013, y la pregunta que se hizo Leonardo Boff en un artículo publicado en julio de 2014 “¿No son estos los ideales presentados por el Papa Francisco?”.

Un texto decisivo

Para la arqueología de la Teología de la Liberación, y toda la discusión que ha marcado a la Iglesia en Latinoamérica desde fines de la década de los sesenta del siglo pasado, es bueno revisar los orígenes cumplidos, justamente, en este pacto en el que los firmantes permanecieron en el anonimato:

PACTO DE LAS CATACUMBAS

Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros, en una iniciativa en que cada uno de nosotros quisiera evitar la excepcionalidad y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos de episcopado; contando sobre todo con la gracia y la fuerza de Nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo siguiente:

1) Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población, en lo que concierne a casa, alimentación, medios de locomoción y a todo lo que de ahí se sigue.

2) Renunciamos para siempre a la apariencia y a la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (tejidos ricos, colores llamativos, insignias de material precioso). Esos signos deben ser ciertamente evangélicos: ni oro ni plata.

3) No poseeremos inmuebles ni muebles, ni cuenta bancaria, etc. a nuestro nombre; y si fuera necesario tenerlos, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales caritativas.

4) Siempre que sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, en la perspectiva de ser menos administradores que pastores y apóstoles.

5) Rechazamos ser llamados, oralmente o por escrito, con nombres y títulos que signifiquen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos ser llamados con el nombre evangélico de Padre.

6) En nuestro comportamiento y en nuestras relaciones sociales evitaremos todo aquello que pueda parecer concesión de privilegios, prioridades o cualquier preferencia a los ricos y a los poderosos (ej: banquetes ofrecidos o aceptados, clases en los servicios religiosos).

7) Del mismo modo, evitaremos incentivar o lisonjear la vanidad de quien sea, con vistas a recompensar o a solicitar dádivas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a considerar sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social.

8) Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis. Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y los trabajadores compartiendo la vida y el trabajo.

9) Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus relaciones mutuas, procuraremos transformar las obras de “beneficencia” en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes.

10) Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, las estructuras y las instituciones sociales necesarias a la justicia, a la igualdad y al desarrollo armónico y total de todo el hombre en todos los hombres, y, así, al advenimiento de otro orden social, nuevo, digno de los hijos del hombre y de los hijos de Dios.

11) Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en estado de miseria física cultural y moral dos tercios de la humanidad nos comprometemos a:

–participar, conforme a nuestros medios, en las inversiones urgentes de los episcopados de las naciones pobres; pedir juntos a nivel de los organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio como lo hizo el Papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen más naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan a las mayorías pobres salir de su miseria.

12) Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio; así:

–nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;

–buscaremos colaboradores que sean más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;

–procuraremos hacernos lo más humanamente presentes y ser acogedores;

-nos mostraremos abiertos a todos, sea cual sea su religión.

13) Cuando volvamos a nuestras diócesis, daremos a conocer a nuestros diocesanos nuestra resolución, rogándoles nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

El Pacto, que se fue desplegando conforme el tiempo, terminaba con una pequeña plegaria que, al mismo tiempo, era un llamado a la congruencia que no todos los firmantes pudieron, finalmente, llevar a cabo: Que Dios nos ayude a ser fieles.

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