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¿Educamos para la vida o para el éxito?

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El talento natural desarrollado y explotado sin el control del carácter suele dar malos resultados

La noticia es desconcertante: el brillante investigador de una prestigiosa universidad, después de una discusión, atropelló deliberadamente a su vecino causándole graves lesiones. Las noticias dan notas de su vida personal: se ha separado de su esposa y lleva una relación conflictiva con sus hijos.

Cosas parecidas leemos diario en los titulares sobre famosos empresarios, artistas, deportista… Se puede tener fama y prestigio personal simultáneamente, pero no son lo mismo.

Un ejemplo de los tiempos actuales: el Papa Francisco tiene fama y prestigio; en cambio, el futbolista Armando Maradona, tiene solo fama, tanto por su talento deportivo como por sus excesos personales.

¿Cómo personas tan evidentemente inteligentes y talentosas llegan a comportarse en forma irracional o absolutamente estúpida? ¿Por qué el fracaso en su vida afectiva?

La explicación, indudablemente, es que el alto coeficiente intelectual y el alto rendimiento de talentos como el don del canto, o el deporte, pueden proporcionar fama y altos ingresos económicos, pero no tienen relación directa con la capacidad de autodominio de las pasiones de las que suelen ser, en muchos casos, esclavos.

Es en este campo donde algunos talentosos hacen el papel de tontos, al cultivar la inteligencia y la voluntad en una disciplina al margen de la formación del verdadero carácter.

También, es cierto que muchas mentes brillantes terminan trabajando en la empresa propiedad de alguien que no brillaba precisamente por su inteligencia académica.

Y es que el éxito está conformado por muchos otros factores que no se relacionan con la sola inteligencia o un determinado talento.

Si un alumno no tiene capacidad natural para la literatura, simplemente no le conviene tratar de convertirse en escritor; o bien, alguien que no tuvo acceso a estudios universitarios lo podemos encontrar dirigiendo su propia empresa, o en un nivel de logros modesto pero plenamente feliz y realizado.

Esto, gracias a otras tantas características que forman parte de su bagaje de posibilidades personales, que la persona con esfuerzo ha aportado a la vida para emprender y lograr muchas otras cosas.

Características tales como: habilidades para motivarse y persistir frente a las decepciones; controlar los impulsos sensitivos y demorar la gratificación en aras de un claro objetivo; regular el estado de ánimo y evitar que los trastornos disminuyan la capacidad de pensar; mostrar empatía y abrigar esperanzas; no tomar decisiones en base a emociones o sentimientos y canalizar estos adecuadamente; no dejarse llevar por la animadversión contra una persona al relacionarse con ella, etc., etc.

Características que en sí, son virtudes. porque revelan fortaleza interior, autodominio para ser la mejor versión de sí mismos y darse a los demás. Son personas con autentico prestigio.

Cualidades que se desarrollan cuando los hijos son educados, no para ese éxito que la sociedad celebra, sino para la vida, en la que, independientemente del nivel de logros humanos que alcancen, pueden ser capaces de vivir una libertad responsable y comprometida por amor a sus semejantes, con una personalidad armónica y feliz.

En eso consiste el verdadero éxito.

No existe algo más peligroso que el éxito prematuro por un talento natural desarrollado y explotado sin el control del carácter que dan las virtudes esforzadamente conseguidas. Un “éxito” así, en realidad es el mayor de los fracasos.

 

Por Orfa Astorga de Lira, orientadora familiar.

 

 

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