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El ladrillo, la ventana o el mueble del Reino Eterno es obra de los laicos

© Alexis
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La importancia de los cristianos en la democracia y la política

El Congreso Católicos y Vida Pública que se celebra este año, ya en su XVII edición, esta tratando, con académicos de primer orden, poíticos de plurar abanico de partidos, periodistas y líderes de opinión, y responsables de diversos movimientos laicales, sobre la construcción de la democracia, la responsabilidad y el bien común.

El objeto por tanto es muy complejo y muy polémico, pues existe una amplia doctrina social de la Iglesia sobre la política, que desconocen incluso gran parte de los políticos católicos, y por que existe un gran margen de pluralidad en el discernimiento de la ética y de la praxis política por tratarse de una cuestión temporal, pero no por ello transcendente para la misión de la Iglesia a través de los laicos. Tal vez el principal punto de partida del debate de este congreso esté en el sujeto, antes que en el objeto. El objeto es la polítcia, la democracia, su regeneración. Y el sujeto es el ciudadano comprometido en política, es decir todos los ciudadanos responsables. Entre ellos los cristianos, y en primera línea, en la vanguardia, los laicos.

Pero, ¿quiénes sois los laicos?

El Concilio Vaticano II, en el número 31 de la Constitución Apostólica Lumen Gentium, dejo bien claras cuáles son las notas características de la vocación laical: obtener el Reino de Dios, viviendo en el siglo, gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.

Aún así, no siempre, incluso después del Concilio, se ha explicado bien, y sobre todo se ha vivido bien, por todos en la Iglesia, el verdadero sentido de esta vocación, así como su autonomía y su relación con respecto a las demás vocaciones en la Iglesia.

Explica el Papa Francisco que “la toma de conciencia de esta responsabilidad laical que nace del Bautismo y de la Confirmación no se manifiesta de la misma manera en todas partes. En algunos casos porque no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo que los mantiene al margen de las decisiones. Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad”.

El que fue dutante tantos años presidente del Consejo Pontificio de los Laicos, cardenal James Francis Stafford, buscó una definición del laicado que superase la definición por exclusión, es decir, la de que los laicos son todos los fieles bautizados menos los ministros ordenados y los consagrados. Mala cosa es definir algo por lo que no es. En este caso, esa, decía, es una definición clerical del laicado.

Decía que “la identidad del laicado ha de ser definida desde su especial relación con la reserva escatológica del Reino de Dios, que tanto tiene que ver con la vocación laical a transformar evangélicamente las realidades humanas y las estructuras sociales, en el “si pero todavía no” de la Iglesia hacia el Reino, vivido día a día en todos los ámbitos de la sociedad, y expresado sacramentalmente en la eucaristía”.

La reserva escatológica es lo que hace que si Dios quiere que un día entremos en su Reino, este no será como un hotel en cuya recepción pedimos la llave de la habitación que nos corresponde, sino donde podremos reconocer cual es el ladrillo, la ventana, o el mueble que cada uno haya aportado. Los sacerdotes y los religiosos os habremos ayudado a ello, pero el ladrillo, la ventana o el mueble del Reino Eterno, habrán sido obra de los laicos, llamados a la transformación de este mundo.

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