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Cuando el miedo a la muerte nos paraliza…

Maestro Pastelero-cc
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No importa lo que ocurra en mi vida, no importa dónde me encuentre: Él siempre está cerca

Vivimos hoy tiempos traspasados por el dolor y la esperanza. Siempre que leo textos apocalípticos me conmuevo: “Mas por esos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas irán cayendo del cielo, y las fuerzas que están en los cielos serán sacudidas. Y entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”. Marcos 13, 24-32.

Estos textos fueron escritos a comunidades cristianas que estaban sufriendo la persecución. Sufrían el odio y el desprecio. Morían, eran encarcelados, se arruinaban por seguir a Jesús hasta el extremo. Pero no perdían la esperanza, no se desalentaban.

No querían conocer exactamente el día de la venida del Señor. Pero sabían que la victoria estaba de su mano. Por eso estas palabras no son negativas. Al contrario, están llenas de luz. Para esas comunidades la opción consistía en seguir a Jesús hasta el final o renegar de su amor incondicional. Muchos se mantuvieron fieles.

Me conmueven estas palabras de ánimo, de esperanza. Es como si esos textos los escribieran hoy para nosotros. En medio de la oscuridad, el sol está cerca, la esperanza, la victoria final. Son palabras que se actualizan hoy para tantos hombres que ofrecen su vida en el martirio, fieles hasta la muerte.

Pero sé también que el miedo a la muerte nos paraliza a menudo. Nadie quiere morir de repente. Nadie quiere perder el honor y la vida. Nadie quiere dejar de luchar por mantenerse vivo. Por eso el sí a Dios se hace más radical y hondo cuando la posibilidad de la muerte es una amenaza muy real.

Sé también que Dios, en esas ocasiones, logra sacar lo mejor de mi interior. En la presión de la vida me abro por entero a su voluntad, a su deseo. Como leía el otro día: “Nosotros debemos afrontar la muerte y su espera y, mirando al miedo, elegir decir sí al Padre. Todos somos enfermos terminales, sólo es cuestión de tiempo[1]. La muerte y su espera. Caminar y confiar. Vivir e ir muriendo paso a paso.

Somos enfermos terminales. Todos lo somos. Es verdad. Caminamos al encuentro con ese Dios eterno que nos espera. Sólo vale entonces darle el sí de nuevo a Dios cada mañana. En mitad del dolor, en medio de la muerte. Y sentir la compañía de Jesús que no me deja nunca.

A veces puede faltar la esperanza, lo sé, a veces no vemos claro por dónde caminamos. Por eso me conmueven las palabras de hoy: “Sabed que Él está cerca, a las puertas”.

No importa lo que ocurra en mi vida. No importa dónde me encuentre. Él siempre está cerca, a las puertas de mi vida, de mi corazón. Esperando, acompañando. Nada temo. O mejor, temo y confío. Espero y tiemblo. ¿Cómo es mi actitud de espera?

Me gustaría esperar siempre confiado mirando con los ojos de Dios el futuro incierto.

[1] Simone Troisi y Cristian Paccini, Nacemos para no morir nunca, 132

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