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5 maneras de reactivar tu vida de oración

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Si te has sentido frustrado en la oración, no te preocupes. Es muy sencillo

Conoces ese insistente sentido de necesidad. Quieres rezar, pero te bloqueas y dudas. Quizá piensas que Dios no quiere oírte porque has estado alejado algún tiempo.

Quizá en el pasado rezabas y sabías que la oración madura es algo más que simples peticiones a Dios, pero no estás seguro de cómo proceder.

Quizá estás realmente ocupado, y temes que perseguir “la práctica de la oración” implique un compromiso que no puedes asumir.

O quizá estás simplemente echándote para atrás porque temes “fracasar”.

Tranquilízate. La única manera para “fracasar” en la oración es ni siquiera intentarlo.

Y no hay nada que Dios no quiera oír de ti. Dios tiene tanta hambre de tu compañía que, como el padre del hijo pródigo, observa el horizonte para vislumbrar tu presencia. Dios puede apresurar y lo hará el encuentro que buscas – como en la parábola – si primero expresas claramente el hecho de desearlo. “Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente” (Lc 15,20).

Nuestro Dios es una gran paradoja de poder y educación; es omnipotente pero se queda a la puerta y llama, esperando gentilmente nuestro consentimiento y que le abramos. Habiéndonos dado libre albedrío, espera siempre que volvamos a él.

El beso de Dios es alcanzable, y completamente por gracia; nuestro esfuerzo debe consistir en poco más que querer hacer lo correcto, o admitir el simple deseo de orar.

“Creo que el solo deseo de complacerte te complace”, escribió Thomas Merton. Si logras aceptar esta verdadera premisa, entonces podrás reactivar tu vida de oración de una manera muy sencilla.

  • Hacer el signo de la cruz

Cuando era niña, pensaba en el signo de la cruz como en una especia de “llave” con la que podía abrir y cerrar mi conexión con Dios – una llave de una puerta, por decirlo de alguna manera. Mi abuela me enseñó a hacerme el signo de la cruz cada vez que oía una sirena o veía una ambulancia o cualquier tipo de vehículo de emergencia, y en mi imaginación ese pequeño acto se volvió una especie de servicio de entrega: santiguarse se volvía el medio con el que empujaba la necesidad que estaba frente a mí en ese portal de Dios. Ahora soy mayor, pero aún me santiguo en esas ocasiones, cuando me viene a la mente un nombre o una necesidad mientras trabajo o cuando el ansia amenaza con apoderarse de mí.

Reconozco simplemente lo que tengo delante: una ambulancia, una necesidad, un miedo, un pensamiento molesto, y me persigno y libero todo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Es una oración rápida y un buen punto de partida.

  • Desarrollar el hábito de “salpicar” la oración

Hace tiempo la definíamos “oración que salpica”, pero ahora vivimos en una época mucho menos madura y más tensa, por lo que esta definición se usa menos, lo que es una pena, porque la imagen de la oración que surge de nosotros como el agua que emana del grifo de una fuente bajo presión es muy adecuada. Basta poco. Cuando oímos noticias terribles, podemos pensar “Dios mío, misericordia” Cuando estaba bajo estrés, mi madre exclamaba: “Jesús, María y José, ayúdenos”. Son oraciones, y son válidas, pero el hecho de “salpicar” no debe concernir siempre la presión y el estrés. Podemos salpicar nuestra alabanza. En la novela de Henry Morton Robinson The Cardinal, Dennis Fermoyle, el conductor, padre de un futuro sacerdote, varias veces al día se quita el sombrero y ofrece un “chorro” de oración mientras pasa frente a las iglesias, diciendo “Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento”. Puedes hacerlo también tú, es fácil.

Mientras acuestas a los niños, di: “O, Dios, tú y tus criaturas son grandes”. Cuando comiences una tarea, di: “Señor, lo mejor de mí es para ti”; cuando pagues las cuentas di: “Alabado seas Señor, de ti provienen todas las bendiciones”.

  • Observar algo bello

“La belleza salvará al mundo”, escribió Dostoevskij, y es verdad. Nada apresurado y malo saldrá de nosotros mismos para abrirnos al encuentro con Dios, pero la belleza puede hacerlo y lo hará. Al salir ayer de la iglesia, observé una hermosa hoja roja, caída tras un remolino de otoño precisamente frente a mí. La tomé y la puse en la parte delantera del coche, y recordé los árboles que derraman el último grito de color antes de que sus ramas queden desnudas por el invierno. Me hizo pensar en la muerte y la resurrección, y en Cristo: “Yo hago nuevas todas las cosas…”. El día se volvió lleno de esperanza, y el camino fue mucho más fructífero a nivel espiritual gracias a una hoja de lo que podría haberlo sido con la distracción de la radio.

A este propósito:

  • Escuchar

Apaga el radio cuando manejas. Apaga la televisión mientras cenas, incluso cuando estás solo. Apaga todo y dale a tu mente y a tu espíritu la posibilidad de conectarse a través de un poco de silencio. Estamos muy bombardeados por ruidos e imágenes que la “pequeña voz silenciosa” con la que habla Dios no logra escucharse, o cuando se logra escuchar parece terriblemente íntima. No debe parecer necesariamente así. “Para mí la oración es un impulso del corazón, es una simple mirada al cielo”, escribió Santa Teresa de Lisieux. Para ti puede ser lo mismo. En el ruido del silencio, un simple impulso. “Me llamaste, Señor, aquí estoy”. Y luego escuchar.

  • Cantar

San Agustín decía que quien canta ora dos veces. Conoces las canciones y los himnos de cuando eras joven. Aunque no los oyes en la iglesia en esta época, intenta que sean un bálsamo y un consuelo para ti, pero también un medio de oración. “Canten de María, pura y humilde, virgen madre incorrupta /canten del Hijo de Dios, el santísimo, que se volvió su hijo / el hijo más bello de la madre más bella, Señor Dios venido a la tierra / Verbo hecho carne, nuestro hermano, asume nuestra naturaleza con su nacimiento”. Es un himno, una oración, y una buena catequesis.

Si no es lo tuyo, puedes cantar oraciones de otras maneras.

Puedes usar partes de la misa, cantando el “Kyrie Eleison/Christe Eleison/Kyrie Eleison” o un simple y siempre oportuno “Agnus Dei qui tollis percata mundi, miserere nobis…”.

Si tampoco esto es lo tuyo, siempre es aceptable recurrir a algo secular pero devoto, como este pasaje de la canción de Paul Simon Some Folks’ Lives Roll Easy:

“Aquí estoy Señor, estoy llamando a tu puerta. Sé que no tengo nada que hacer aquí, me dijiste que si caía muy bajo podía contar contigo…”.

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