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Wagner y el Jubileo de la Misericordia

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Tannhäuser: una espléndida oda al arrepentimiento y al perdón

El New York Metropolitan Opera no habría podido contribuir mejor al Jubileo de la Misericordia que con su producción de la ópera Tannhäuser de Wagner.

Tannhäuser retoma, para resumir, la historia de la semilla que cae en la roca. Gracias a las oraciones, acaba por dar fruto y obtener la salvación. Es el estudio del tormento entre el amor sagrado y el profano.

La sacramentología de Wagner es bella, a veces básica. La teología elemental del perdón que sigue al arrepentimiento raramente habrá sido expresada en una música tan grandiosa. Esta ópera no es ni más ni menos que un himno a la gloria de la misericordia y de la salvación.

En la escena de obertura, mientras sueña campanas de iglesia que resuenan, Tannhäuser (llamado Heinrich en la ópera) despierta en el inframundo de Venus, donde es acogido en un tormento de placeres carnales.

Las campanas le llaman a elevarse. Sigue un momento de conversión: “Diosa de placeres y delicias… no es en ti en quien reencontraré la paz y el reposo”, canta. “Mein heil liegt Maria!” (¡Mi salvación reposa en María!).

Pero la semilla del arrepentimiento cae en la roca. Heinrich, como muchos otros que están llenos de la primera gracia de la conversión, quiere ir más allá, pero es desviado por el mundo.

En las afueras de Venusberg, reza arrodillado frente a un altar a María, dando gracias a Dios mientras pasan fieles. El coro de fieles canta por primera vez: “La salvación de la gracia es la recompensa del penitente… él espera ahora la paz de los que son bendecidos… Daré gracias a Dios toda mi vida”.

Heinrich desea primero proseguir la vía de la penitencia y del perdón, pero es abordado por el landgrave y sus caballeros.

Y cuando Wolfram menciona el nombre de Elisabeth, que se retiró de la corte tras la desaparición de Heinrich, se deja convencer. Gran error, por supuesto, el que Heinrich comete volviendo a su vida anterior. Es débil y sucumbe a otra tentación.

Los hombres de la corte sacan la espada para ejecutarlo, pero Elisabeth le salva ordenándoles que le perdonen. Ella se retira de la corte para dedicar sus oraciones a la salvación de Heinrich.

Heinrich se embarca entonces en una difícil peregrinación a Roma, pero el Papa rechaza perdonarlo tan firmemente que su báculo nunca podrá reverdecer porque habiendo sido inflamado de pasión en los fuegos del infierno, está eternamente condenado. Se perdonará a Wagner, con este retrato poco plausible del Papa.

En el tercer acto, Tannhäuser está al borde de la desesperación. Creyéndose solo y condenado, busca volver a Venus, ignorando todas las oraciones de Elisabeth. La lucha termina bruscamente cuando pasa el cortejo fúnebre que lleva los despojos de Elisabeth.

Heinrich suplica entonces a Elisabeth que rece por él, y muere también.

¡Ahí aparecen los peregrinos con el bastón reverdecido del Papa en su mano!

Tannhäuser ha sido perdonado, la misericordia ha triunfado. El canto del Coro suena entonces triunfalmente: la salvación es la recompensa de los penitentes. El amor ha prevalecido sobre la desesperación.

Hemos visto el drama del corazón humano. Nosotros mismos hemos experimentado lo que representa Wagner: el mundo está en nosotros, caemos, y amamos a otros que caen. Somos vulnerables a la desesperación.

Pero en Tannhäuser vemos la alianza entre el arte en toda su esplendor y la catequesis, así como la evangelización que puede resultar. ¡Qué magnífica manera de prepararse para el Jubileo de la Misericordia!

 

Por Connie Marschner

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