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El «ángel anónimo» del supermercado

Shutterstock / racorn

Oleada Joven - publicado el 11/11/15

Una mujer agradece el gesto de otra, que la ayuda a ella y a sus 5 hijos

En un mundo en el que todo nos invita a mirarnos el ombligo, a pensar solo en nosotros mismos, es decir, individualista, este tipo de historias con gestos tan simples pero importantes, se celebran y comparten.

La siguiente es una carta escrita por Andrea y viralizada a través de la red social Pinterest. Ésta mujer agradece el gesto de otra, a la cual no conoce, pero que ante su situación decidió no mirar para un costado y ayudarla a ella y sus 5 hijos.

Querida mujer de detrás de mí en la cola del supermercado,

No me conoces. No tienes ni idea de cómo ha sido mi vida desde el 1 de octubre de 2013. No tienes ni idea de los apuros por los que está pasando mi familia. No tienes ni idea de las dificultades a las que nos enfrentamos. No tienes ni idea de que nos han humillado, degradado, desamparado.

No tienes ni idea de que la mayoría de los días lloro; de que lucho por que la amargura no se apodere de mi corazón. No tienes ni idea de que a mi marido le han destrozado el orgullo. No tienes ni idea de que mis hijos llevan sobre sus hombros las preocupaciones de un adulto. No tienes ni idea de que les han arrebatado la inocencia sin ningún motivo. Tú no sabes nada de esto.

Lo que sí sabes es que quería comprar algo de comida para mis hijos y la máquina de EBT (un sistema de transferencia electrónica de ayudas del Estado) estaba estropeada, así que no podía pagar. No tenía dinero en metálico ni llevaba la tarjeta de débito. Sólo tenía mi tarjeta SNAP (que permite comprar por medio del programa de cupones para alimentos). Lo único que me oíste decir fue: «No te preocupes, pasa tú. Los niños tienen hambre, pero ahora no puedo pagar esto». Tú no me juzgaste. No soltaste ningún comentario del estilo de: «Quizás deberías tener menos hijos». Ni dijiste: «Bueno, pues busca trabajo y aprende a valerte por ti misma». No miraste para otro lado por vergüenza o pena hacia mí. No hiciste ninguna conjetura.

Lo que hiciste fue pagar nuestro tique de 17,38 dólares. Regalaste a mis hijos plátanos, yogur, zumo de manzana, barritas de queso y un té helado de melocotón para mí, un capricho poco frecuente. Dejaste que te abrazara y te prometí entre lágrimas que lo pagaría. Pagaré la compra de alguien. Quizás esos 17,38 dólares no suponían mucho para ti, pero para nosotros eran de un valor incalculable. En el coche, los niños no podían dejar de hablar de ti; de nuestro «ángel anónimo». Incluso rezaron por ti.

Nos devolviste una parte de nuestra fe. Esa pequeña y sencilla acción cambió nuestras vidas. Probablemente ya te hayas olvidado de nosotros, pero nosotros no nos hemos olvidado de ti. Serás para siempre una parte de nosotros, aunque ni siquiera sepamos tu nombre.(…)

Sólo las personas más cercanas a nosotros conocen el porqué. Saben que mi marido es un trabajador nato al que despidieron después de 17 años en su puesto como gerente en su antigua empresa.

Saben que nos tuvimos que mudar a otro estado, y que nos quedamos sin casa porque la anterior la teníamos gracias al trabajo del que echaron a mi marido. Sólo los más cercanos saben que mi marido trabaja a tiempo parcial y que sigue buscando algo más, que ha enviado más solicitudes que entrevistas para las que le han llamado después. Hay muchos empleos que ya sólo se ofrecen a tiempo parcial. Para un hombre de más de 40 no es fácil encontrar algo con lo que mantener a sus cinco hijos.

Tú no sabes nada de esto, pero, a pesar de ello, fuiste compasiva y generosa con alguien a quien no conocías.

Mujer de detrás de mí en la cola del supermercado, no tienes ni idea de lo que te apreciamos. No tienes ni idea del impacto que tuviste en mis hijos. No tienes ni idea de lo increíblemente agradecida que me siento hacia ti. Puede que tu gesto fuera pequeño, pero para nosotros fue inmenso. Gracias.

Gracias por no juzgarnos. Gracias por darle a mis hijos algo de comer cuando tenían hambre. Gracias. Simplemente, gracias.

Atentamente,
Andrea, la mujer que iba delante de ti en el supermercado con el carrito lleno de niños que ya no están hambrientos.

Fuente: Huffintong Post

Artículo originalmente publicado por Oleada Joven

Tags:
solidaridad
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