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James Bond, un macho alfa escocés

© 2015 Metro-Goldwyn-Mayer Studios Inc.
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¿Por qué seguimos admirando a ese donjuán impasible, a ese engreído y machista empedernido, ese frío asesino con el carnet de baile repleto de bellezones?

Una cosa me resulta furiosamente intrigante. Si me preguntan quién es el actor que más identifico con James Bond respondo sin pensármelo: Sean Connery. Sin embargo, cuando yo nací este señor ya se había jubilado como superagente del MI-5 con licencia para matar. Imagino que el trabajo de actualización de mis imaginarios corrió a cargo de los videoclubs de los ochenta y los noventa. Allí debí consumir las grandes cantidades de James Bond en versión Sean Connery que recuerdo y que relegan en mi memoria a la marginalidad al amanerado Roger Moore, el 007 de servicio en mi infancia. Aunque es verdad que entonces los niños no veían esas películas. Había rombos. No estábamos todavía maduros como para entender las capacidades e indiferencias de aquel hombre que mataba con liviandad memorable e impregnada de estilo, y que practicaba una promiscuidad y una procacidad compulsivas, para lo cual no tenía siquiera que despeinarse, a veces por la incipiente alopecia, claro.

En la adolescencia llegó Timothy Dalton, que es un James Bond que uno podría olvidar sin dejar atrás prácticamente nada significativo en su vida. Sólo protagonizó Alta tensión (1987) y Licencia para matar (1989), películas que recuerdo, aunque no asocio automáticamente a ese compendio cinematográfico en torno al personaje de Ian Flemming, sino a películas de acción que ibas a ver al cine tan pronto como las estrenaban y que molaban mucho, pero que no tenían el sello Bond, James Bond, como Superdetective en Hollywood (1984), Invasión USA (1985), Arma Letal (1987), La jungla de cristal (1988) o Difícil de matar (1990). Además, Timothy Dalton tiene esa mirada de anfibio con la que clava el papel de malo, como luego descubrió la propia industria, y como espero que algún día reconozca la misma saga Bond convirtiéndolo en el villano, tantos años después, en un guiño metaficticio sin precedentes.

Con Pierce Brosnan se volvió a la elegancia (aunque irlandesa). Sin embargo, cuando se convirtió en 007 ya tenía un personaje asignado en los arcanos pliegues de mi espíritu: Remington Steele (1982-87), una teleserie que no me perdía ni por el mejor partido de fútbol y que fue la preparación de aquella otra gran cita de nuestra adolescencia, Luz de Luna (1985-89). Crecí identificado con esos hombres: Remington Steele y David Addison. Por eso siempre me negué a reasignarle un papel a Pierce Brosnan entre mis mitos. Él era Remington Steele, punto. Gracias a él te podías enamorar de Laura Holt, interpretada por la injustamente olvidada Stephanie Zimbalist, que era una actriz que encarnaba a la mujer atractiva e inteligente que te encontrabas en la calle y no en un pase de modelos.

Y el último gran intento fallido de asaltar el castillo Bond en mi subconsciente lo protagonizó Daniel Craig, que es rubio como lo era Roger Moore, galés como Timothy Dalton y que tiene un cuerpo depilado y musculado como de revista de mujeres de hoy, pero que ha perdido ese punto megalómano debido a los guionistas, que lo han querido adaptar a los tiempos que corren potenciando su lado femenino (dicen) e incidiendo más en su pasado para convertirlo en un personaje más sensible, traumado, atormentado y melancólico, como el que vemos en Skyfall (2012).

Comprendo que el personaje interpretado por Craig está más por la igualdad de género. Tiene todo mi apoyo: él y todos los que luchan contra la así llamada brecha de género. Y, pese a todo, Sean Connery sigue confinado en la torre del homenaje de la fortaleza Bond que incorporada en mis meandros cerebrales, por no decir en mi corazón, que me parecería cursi. Para mí, James Bond siempre será un macho alfa escocés, un tipo rudo y elegante sin el problema de los sentimientos, un donjuán impasible que nunca se confesará de ser vanidoso porque la humildad es reconocer lo que las cosas son y él es simplemente la leche, siempre será un engreído y un machista empedernido, y un frío asesino con el carnet de baile repleto de bellezones de todos los tiempos que caen rendidas a sus pies -en lo que respecta a las chicas Bond, curiosamente, mi preferida hasta la fecha es una de las más recientes, Eva Green en Casino Royale (2006), aunque no creo que resista el envite de Monica Bellucci, que aparece por fin, con 51 esplendorosos años, en esta última entrega, Spectre (2015).

Reconozco que a veces me parece básicamente inapropiado llevar en mi interior a un héroe tan políticamente incorrecto como Bond. En esas ocasiones empiezo a pensar que es un villano, un castigador, casi un maltratador que con su mera existencia coopera en la reducción de las mujeres a objetos del placer de los hombres. “¿Qué dice eso de mí?”, me pregunto. Entonces, tardo poco en darme cuenta de que tampoco hay para tanto. Al fin y al cabo, también admiramos a Walter White y a Hannibal Lecter, y nunca se nos ha pasado siquiera por la cabeza lo de fabricar ingentes cantidades de metanfetamina azul o lo de comernos a cucharaditas el palpitante cerebro de nadie.

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