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María como modelo de mamá

Centro de Estudios Católicos - publicado el 31/10/15

La Madre guía con especial atención a todas quienes compartimos con Ella esta especial misión en cada uno de sus hijos

Recuerdo claramente haber escuchado la frase: “un niño criado con amor, es un niño que cambiará el mundo”. Y fue a los pocos días de haber tenido a mi primer hijo, Santiago. Inmediatamente después, miré una imagen de la Virgen María, en estado de Buena Esperanza, que tenía junto a mi ventana y en mi mente le dije a Ella: ¡Tú debiste haberlo criado con Amor!

Antes de casarme, era de esas mujeres que pensaban que la maternidad se vivía en medio de una historia de Disney. Me explico mejor: Pensaba que, con la llegada del bebé, todo iba a ser color de rosa. Ese bebé solo iba a dormir, quizá iba a hacer un ligero movimiento para decirme que tenía hambre, o frío o calor, yo entendería y mientras eso ocurría, una bandada de palomas blancas nos iban a rodear en un dulce cuadro de un cuento color rosa: mamá y bebé.

Sin embargo, Santiago se encargó de mostrarme lo que realmente era ser mamá apenas unas horas luego de haber nacido. Cuando estaba en mis brazos, él lloraba, cuando intentaba darle de lactar, él, lloraba. Cuando quería cambiarle el pañal, él, lloraba. Y a medida que los días pasaban todo transcurría en un ir y venir de llantos por parte de él, e inseguridades por parte mía, pues me pensaba la peor madre del mundo, incapaz de calmar a su hijo solo con sus brazos, o su canto, o su amor.

Una noche, de aquellas en las que ya ni me esforzaba por dormir porque llevaba varias madrugadas en vela, recuerdo que miraba a mi pequeño bebé plácidamente en su cuna mientras descansaba y en esa contemplación me ponía a llorar, pensando esto de la maternidad era muy duro. Me sentí sola, impotente, incapaz. Y en medio de una serie de pensamientos negativos visualicé un crucifijo que tengo al pie de la puerta del dormitorio y en mi mente le decía al Señor Jesús: ¡Tú fuiste bebé también… ¿llorabas así?! E inmediatamente la vi a Ella nuevamente, en su estado de dulce espera, y empecé a tener un diálogo imaginario con nuestra Madre.

A ella le preguntaba si es que Jesús lloraba también por las madrugadas, ¿y qué hacías? ¿cómo lo calmabas? ¿qué canción le cantabas? ¿y si tenía cólicos, cómo lograba que le pasen? En un ir y venir de preguntas la única palabra que me llegaba a la mente, a manera de respuesta era: Amor. Pero Ella no me hablaba de aquel amor romántico, el de los cuentos… la Madre me hablaba del Amor de verdad, el que estaba justamente en la puerta de mi dormitorio. María me hablaba del Amor de la Cruz, ese que es hasta el extremo… ese amor que duele, el que se entrega hasta el punto de morir a uno mismo.

Y es que en medio de esos diálogos entendí que la maternidad es un camino de conformación con la cruz del Señor, siempre y cuando nos decidamos a amar de verdad. Y no estoy hablando solamente de aquel dolor terrible que viene en el momento del parto o cansancio físico de tener noches en vela, por la presencia de un recién nacido en la habitación. Hablo de aquel dolor de la entrega total, la que nos lleva a renunciar a nosotros, a nuestros pecados, al “hombre viejo” o “la mujer vieja”. Una entrega que nos obliga a ser mejores personas… en definitiva, una entrega que nos lleva a la santidad.

Es por eso que comprendí que la maternidad es un camino que se vive a plenitud, en compañía de María. Ella nos enseña a mirar a nuestra misión maternal como un camino de santidad en el que se nos invita a revestirnos de la gracia santificadora de su Hijo.

«La misión maternal de María para con los hombres, de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende de ella y de ella saca toda su eficacia»

María espera pacientemente a todas las madres del mundo para que acudamos a Ella, pidiendo auxilio y luces en nuestra tarea. María fácilmente vivió todas aquellas duras experiencias al inicio y durante nuestra misión maternal. Ella es la Madre por excelencia.

«Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia modelo de fe y de la caridad. Por eso es ‘miembro supereminente’ y del todo singular de la Iglesia»

Solo Ella, con su gracia, pudo haber sido capaz de permanecer, sin vacilar, junto a su Hijo en la cruz, durante el más duro momento que cualquier madre podría sufrir. Ella es modelo de fe y caridad para todos nosotros, y más para quienes tenemos la responsabilidad de llevar una pequeña vida por el camino que Dios ha pensado para él o ella.

María es nuestra Madre, pues ella colaboró para que nacieran en la Iglesia los creyentes, los miembros de aquella cabeza. Por eso estoy convencida de que la Madre guía con especial atención a todas quienes compartimos con Ella esta especial misión en cada uno de sus hijos. Ella atrae a los creyentes hacia su Hijo, hacia su sacrificio y hacia el amor del Padre. Quien a Ella acude, no quedará abandonado y más bien, encontrará un modelo a quien seguir, a quien preguntar o a quien pedir consejo. Al fin y al cabo, de su mano seremos guiados, progresando en la fe, esperanza y caridad, para seguir la voluntad que Jesús ha dispuesto para cada uno de nosotros.

Desde que lo comprendo así, no ha pasado ni un solo día en que mire aquella imagen que tengo, de la Virgen de la Buena Esperanza, y no me sienta alentada en la misión que el Señor me ha encomendado por ahora. Su vínculo va mucho más allá de una ayuda temporal. Ella es la imagen y principio de la Iglesia (ver 2Pe. 3,10), brilla ante el pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo.

Pamela Velasco Maldonado

Artículo originalmente publicado por Centro de Estudios Católicos

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