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Little Boy, un hermoso canto a la familia, a la paternidad y a la fidelidad

Open Road Films
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Una película que habla con naturalidad de la intervención de Dios en la historia

Esta semana se ha estrenado Little boy, la segunda película del mejicano Alejandro Monteverde, conocido por muchos por su opera prima, Bella. Nos cuenta la historia de Pepper Busbee (Jakob Salvati), un niño de ocho años que padece problemas de crecimiento en estatura. Cuando su padre, casi su único amigo, se marcha a Asia a combatir en la Segunda Guerra Mundial, el chico tendrá que enfrentarse no sólo a la crueldad de sus compañeros de clase, sino también a la de sus vecinos.

El deseo de que su padre retorne le va a llevar a pedir un milagro. El sacerdote del lugar, el Padre Oliver, le indicará la forma de conseguirlo. Little boy nos llega como un hermoso cuento sobre la fe, la acogida del otro, el perdón al enemigo, y principalmente, las obras de misericordia.

El guion está escrito por el director y por Pepe Portillo, la película está rodada en los famosos Baja Studios de Rosarito, Méjico -donde se construyó el Titanic de la película homónima-, y en el reparto figuran importantes intérpretes como Emily Watson, Tom Wilkinson, Eduardo Verástegui o Ben Chaplin, además del sorprendente niño Jakob Salvati.

La película está atravesada de religiosidad sincera, aunque con ese acento voluntarista característico del cine americano y con cierta ambigüedad en el planteamiento de la fe. Pero en su conjunto el film debe valorarse sin ninguna duda en términos positivos. Frente al radical laicismo intolerante y resentido que nos rodea, Little boy habla con naturalidad de la intervención de Dios en la historia, y expone el valor de las obras de misericordia frente al odio de la guerra y la humillación de los más débiles.

Además es un hermoso canto a la familia, a la paternidad y a la fidelidad conyugal, así como, en la trama de Hashimoto, se propone la apertura desprejuiciada al otro como forma de humanizar nuestras relaciones. La película es muy grata visualmente: un tratamiento fotográfico cálido y algo saturado nos acerca a los años cuarenta como quien entra en un cuento luminoso y cargado de bellos ideales. Una película familiar, cargada de esperanza y luz.

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