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El difícil protagonismo de la familia

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Exaltada por el sínodo de obispos, pero descuidada en la parroquia

En los casi dos años que pasaron entre una asamblea y la otra, y con un debate conducido siempre a la luz del sol, el sínodo logró atraer la atención de la opinión pública mundial sobre los problemas de la familia.

Más aún, logró –al oponerse a los muchos “enemigos” que tiene la institución familiar, en este momento histórico– relanzar el verdadero modelo de la familia según la Iglesia, que, por su positividad, por su capacidad de fermentar el vivir social y las relaciones humanas, podría ejercer una cierta atracción incluso en los hombres y las mujeres del siglo XXI.

Al mismo tiempo, el sínodo ha examinado a fondo los múltiples desafíos que el matrimonio y la familia enfrentan hoy. Y ha mostrado a una Iglesia que se inclina amorosamente ante las familias heridas, en dificultad, destrozadas por el drama de una separación.

Y lo ha hecho sin insistir exclusivamente en los preceptos, en la ley, sino yendo al centro del mensaje evangélico y adoptando una nueva actitud pastoral hacia los matrimonios civiles, hacia las convivencias, especialmente hacia las parejas de divorciados que se han vuelto a casar.

Todo esto, sin hacer ninguna mella en la fuerza y la belleza del “diseño” divino, de un pacto de amor que está marcado por la unidad, la indisolubilidad y la apertura a la vida.

Y, por lo tanto, en esta Iglesia que da testimonio de la “lógica” de Dios, y su misericordia, nadie será excluido, rechazado; todo lo contrario, deberá sentirse entendido, amado, acogido, en cualquier situación en que se encuentre, como se ha visto en el debate sinodal a propósito de las personas homosexuales, hacia los cuales se ha registrado, también en el lenguaje, una atención fundamentalmente nueva, muy respetuosa, comprensiva.

Sin que eso, obviamente, pueda significar algún reconocimiento de las uniones entre personas del mismo sexo. Y además, ¿cómo podría ser de otra manera? Que en la Tradición, en la doctrina cristiana, el matrimonio sea sólo entre hombre y mujer, procede directamente de la unión de Adán y Eva, de ese “hombre y mujer los creó”.

Por otra parte, aceptar la teoría de “género”, negando la diferencia sexual, querría decir alterar la naturaleza humana, el equilibrio antropológico.

Así, de la profundización que ha hecho el sínodo, surge un “proyecto” de familia de ninguna manera superado incluso para la sociedad contemporánea, enferma de subjetivismo, de individualismo. Para esta sociedad, de hecho, la familia podría representar un gran recurso, ser “escuela” de humanidad, de solidaridad, de convivencia e integración de las diferencias.

Como dijo el Papa Francisco en la audiencia general del 7 de octubre, “una mirada atenta a la vida cotidiana de los hombres y mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que existe en todos lados de una fuerte inyección de ‘espíritu familiar’”. Y en cambio, “no se da a la familia el debido peso –y reconocimiento, y apoyo– en la organización política y económica de la sociedad contemporánea.

El Papa no se limitó a hacer un discurso dirigido al exterior. “El ‘espíritu familiar’ es una carta constitucional para la Iglesia: así el cristianismo debe aparecer, y así debe ser…”. Quería decir que la familia es un poco el paradigma, la fuente inspiradora de cómo debería ser la vida – y, con la vida, como deberían ser las relaciones, los intercambios de dones y experiencias – en la comunidad católica.

Pero, para ser como la describe Francisco, la familia debe ser apoyada, ayudada a madurar, valorada, para tener su propia centralidad en la misión evangelizadora.

¿Y eso es realmente lo que ocurre? La situación que se verifica en muchas parroquias, en muchas diócesis, demuestra exactamente lo contrario. La familia, antes que sujeto de la acción pastoral y misionera, es a menudo considerada necesitada de cuidados y atenciones.

En lugar de reconocerla capaz de dar un testimonio específico, es aún frecuentemente considerada sólo como destinataria del mensaje evangélico. En lugar de empujarla a expresar sus múltiples potencialidades en el amplio campo de la pastoral, se tiende en general a reducir la tarea únicamente a una “primera educación en la fe”. ¿Por qué todas estas dificultades, todos estos obstáculos?

Oímos lo que nos contaron Alfonso Colzani y Francesca Dossi, una pareja de esposos, padres de cuatro hijos, y grandes expertos, porque de 2009 al 2014 fueron responsables del servicio para la familia de la diócesis de Milán. “… Podríamos decir que resiste todavía la praxis, más que la convicción declarada, de que la Iglesia es, ‘de hecho’, un conjunto de sacerdotes: ellos toman decisiones, evangelizan, tienen voz y voto en las decisiones que cuentan, conocen la verdad de la vida y la praxis. Los laicos, los esposos, el ‘tema-familia’ no, o mucho menos; forman parte de la Iglesia, se les considera importantes, se les nombra y se les presta atención de maneras diversas, pero no son de hecho interpelados y considerados en las decisiones esenciales, están como en stand by, en espera de que los clérigos decidan el bien, lo mejor, lo conveniente, a propósito de las cuestiones importantes de la propia vida y la de la Iglesia…” (“La Rivista del Clero italiano”, 9/2015).

Este es, de hecho, el problema. La contradicción que, en algunos aspectos, es además escandalosa. El sínodo de obispos exalta a la familia y la función de gran responsabilidad que esta puede llevar a cabo: tanto su labor por hacer presente a la Iglesia en cualquier rincón de la tierra, como el ministerio que le es propio, en cuanto sujeto activo de evangelización.

Luego, sin embargo, está el riesgo, visto lo que aún sucede de que, en el momento de sumergirse en las situaciones locales, toda esta riqueza de carismas y energías eclesiales sea bloqueada, o poco utilizada, por los ministros de Dios, para quienes la autoridad no es “servicio” sino conservación de su status y sus privilegios.

Sin embargo, hoy, existe más de un motivo para esperar un cambio. Existe el reconocimiento – por parte del sínodo – del alcance histórico que tiene la misión de la familia en el presente, y su indispensabilidad en la obra evangelizadora. Está luego el proceso, puesto en marcha por Francisco, para llevar a cabo una profunda renovación en la Iglesia: y es evidente que esta “conversión pastoral y misionera” general no podrá realizarse si no es con la colaboración de todo el pueblo de Dios, formado en gran mayoría por laicos, es decir, por familias.

Y entonces, por el sólo hecho de tomar conciencia del papel decisivo que tienen en el futuro del cristianismo, serán las mismas familias, con su protagonismo, quienes derribarán el “muro” clerical. Desarraigando finalmente del cuerpo de la comunidad católica ese mal oscuro que desde hace mucho tiempo corroe el alma.

 

Por Gian Franco Svidercoschi, invitado por Ansa al Concilio Vaticano II y actualmente subdirector de L’Osservatore Romano. Es considerado el biógrafo de san Juan Pablo II, con quien colaboró en la redacción del libro Don y misterio. Se le puede contactar a través de su correo electrónico: gf.svidercoschi@libero.it

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