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También hay semillas de verdad en el islam

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Alfa y Omega - publicado el 28/10/15

Entrevista a José Luis Sánchez Nogales en el 50 aniversario de la declaración "Nostra aetate"

La BAC publica el segundo tomo de Aproximación a una teología de las religiones, en la que describe usted el fuerte impacto que provocó la aprobación de la declaración Nostra aetate entre muchos padres conciliares.

La Iglesia había vivido en una especie de pretensión de absolutez con rasgos excluyentes. Con el Concilio, asume una visión del mundo cristocéntrica, pero precisamente porque Cristo está en el centro tiene que ver con todo lo que hay en el mundo. La declaración Nostra aetate empezó a fraguarse a raíz de un documento que el rector del Pontificio Instituto Bíblico de Roma entregó al cardenal Agustin Bea, porque en ambientes europeos se entendía que había que decir algo sobre el pueblo judío y el antisemitismo.

¿Como reacción frente al Holocausto?

Bea era alemán. Eso influyó mucho. Pero hubo padres conciliares, sobre todo los procedentes de países de mayoría islámica, que pidieron que se dijera también algo sobre los musulmanes, ya que, si no, ellos iban a tener dificultades. Y así se abre el espectro. Nostra aetate empieza a llamar a las otras religiones por su nombre, en lugar de hablar de mahometanos, sarracenos, paganos… Ya Juan XXIII había suprimido la expresión pérfidos -referida a los judíos- de la oración del Viernes Santo, y del rito de bautismo de adultos se quitaron expresiones denigrantes hacia los musulmanes y los judíos. Nostra aetate no va a reconocer a estas religiones como vías de salvación, porque hay un único camino, que es Jesucristo, y la Iglesia, que es su sacramento. Pero sí reconoce que en ellas hay elementos de bondad y de verdad, semillas del verbo. Deben ser sanados, purificados y elevados, pero están ahí.

Si ese aprecio hacia las demás religiones se fundamenta en razones teológicas, la reciprocidad -el trato dispensado a los cristianos en países de otras religiones- no influye.

Exactamente. La Iglesia considera que no es malo que los musulmanes crean en Dios o que se remitan a Abraham. No reconocen a Jesús como Dios, pero eso no significa que todo en el islam sea rechazable.

Muchos se preguntan por qué si los musulmanes, donde son mayoría, no respetan la libertad religiosa de los cristianos, nosotros debemos defender que se les deje construir aquí mezquitas.

Esa cuestión, más que a Nostra aetate, remite a la declaración Dignitatis humanae. La libertad de religión y conciencia la tiene el ser humano simplemente por ser hijo de Dios. Hay un fundamento teológico. El tema político es distinto. ¿Por qué los gobiernos occidentales no exigen reciprocidad para sus ciudadanos cuando están en países de mayoría musulmana? Ese es un tema táctico-político, pero nosotros no podemos hacer depender nuestro aprecio hacia determinados elementos valiosos de otras religiones de que haya o no reciprocidad.

Se habla de las tres religiones del libro, pero hay conceptos, como el de la Trinidad, que implican una comprensión muy distinta de Dios.

Ese es el problema. Necesitamos un depósito lingüístico mínimo común. Sin embargo, creo que hay al menos dos elementos importantes para el diálogo: la Virgen, muy apreciada e incluso venerada por ellos, y Abraham. Esta figura sí daría pie a un cierto lenguaje común para dialogar y contribuir a consolidar los bienes morales, la justicia y la paz. Quizá la imagen de Abraham que sienta en su mesa en Mambré a los tres ángeles que vienen a anunciarle el nacimiento de Isaac y el castigo de Sodoma podría ser una metáfora de sentar juntas a las tres grandes religiones monoteístas, que no las religiones del libro. Nosotros no somos una religión del Libro, sino de la Palabra hecha carne.

A los no expertos, este tipo de cuestiones nos pillan un poco lejos, pero sí tenemos un vecino musulmán al que saludamos cada día. ¿Cómo se enfoca aquí el diálogo?

Lo primero es saber que, aunque la Iglesia quiere entrar en diálogo con las religiones no cristianas, eso no la dispensa del anuncio de Jesucristo como único mediador y salvador. La predicación del Evangelio es constitutiva de la misión y de la naturaleza de la Iglesia. Sin esa predicación, la Iglesia dejaría de serlo. Pero hay una acción en la que diálogo y evangelización se interconectan, que es el testimonio. En la vida diaria, con su testimonio de coherencia, el cristiano está haciendo un anuncio, no completo, pero sí un anuncio. El problema es cuando el musulmán ve que él cumple unos preceptos y el cristiano, no.

¿Está diciendo que debemos presentarnos en casa de ese vecino musulmán a anunciarle el Evangelio?

La evangelización comienza con el diálogo desde la propia identidad. Ese diálogo es ya evangelización, pero esta no culmina hasta que no se ha hecho el anuncio explícito. En la práctica, cuando el anuncio no es fácil, queda el testimonio. Muchos misioneros en países islámicos no pueden hacer un anuncio directo y hacen presente a Cristo con su vida. En tu vida diaria, tampoco vas a ponerte de primeras a darle una catequesis a tu vecino musulmán. Lo primero es el testimonio de vida cristiana. Después, a lo mejor, se llega a un segundo nivel, en el que explicas cómo la fe sostiene tu vida.

Conversiones ha habido pocas.

Pero las hay. Lo que sucede es que, mientras los musulmanes aventan las conversiones al islam a bombo y platillo, cuando ocurre a la inversa se actúa con mucha prudencia, porque la ley islámica condena al apóstata. Pero sí es cierto que el diálogo con los musulmanes requiere «una paciencia geológica», como decía el padre George Anawati, dominico egipcio que fue director del Instituto de Estudios Orientales de El Cairo. Tenemos estructuras mentales y psicológicas muy distintas. Además, cuando nos enfrentamos a radicalismos violentos ese diálogo ya no es posible. Lo dijo Benedicto XVI en Ratisbona: no actuar conforme a la razón es contrario a la naturaleza de Dios. Donde no hay racionalidad, no hay diálogo posible.
Ricardo Benjumea

Artículo originalmente publicado por Alfa y Omega

Tags:
dialogo interreligiosoislam
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