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Miro a mis estudiantes y veo a los ex-católicos del futuro

© SHUTTERSTOCK / LENETSTAN
Joven ante una pizarra
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La enseñanza religiosa debe comenzar en la familia, pero los padres se han quedado demasiado tiempo sin alimento

Sabemos que los adolescentes pueden mostrar cierta apatía, pero si a esos mismos adolescentes los sientas en una clase de religión durante una hora y cuarto después de un largo día de escuela a la hora de la cena, notarás un elevado nivel de desinterés por su parte. Es lo que nos pasó a mi esposo y a mí frente a los 21 estudiantes que tenemos en la parroquia.

La escena no fue nada nueva ni inesperada. Les dimos clases a muchos de los mismos chicos el año pasado porque forman parte de un programa de dos años que finalizará con la Confirmación esta primavera.

Sin embargo, apuesto que su apatía no está necesariamente relacionada con una explosión de mal humor adolescente sino con una falta de formación de base, y lo digo tras haber enseñado a muchos de estos chicos en el cuarto y quinto año.

He utilizado todo tipo de trucos –desde actividades de grupo hasta tomar el papel del maestro o sobornarlos con bizcochos y brownies– para que los muchachos me prestaran atención cuando les hablaba sobre la misa, el Evangelio, sobre la belleza de la enseñanza católica y sus tradiciones. Sin embargo, cada año, cuando vuelven a regañadientes a la clase, estoy agradecida si al menos la mitad se acuerda del Padrenuestro.

Cuando miro a estos chicos –independientemente de su edad o de si han ido a escuelas católicas o públicas– asumo que estoy frente a un 75% de futuros ex católicos.

Honestamente, la culpa recae en la Iglesia, que durante décadas, ha dejado espiritualmente hambrientos a los padres de estos chicos, a causa de catequesis desorientadas en su juventud y sermones que no han estimulado su compromiso de adultos.

Como el Papa Francisco les dijo a algunos sacerdotes que se iban a ordenar este año: “Que sus homilías no sean aburridas; que sus homilías toquen el corazón de la gente porque provienen de su corazón…”.

Algunas personas dicen que a pesar de que los sermones sean poco estimulantes la Eucaristía debería ser suficiente para atraer a las personas, pero ¿cómo puede ser si la gente no comprende el poder y la maravilla del sacramento porque nadie se lo ha enseñado, ni en un salón de clases ni en el púlpito?

Las personas están hambrientas, sí, pero antes de que puedan correr hacia Jesús en la Eucaristía, deben entrar a la parroquia cada domingo y escuchar las palabras que alimentan sus espíritus decaídos y donde encuentran una comunidad que les recuerda que no están solos.

Como oradora y directora de retiros puedo decirte, por experiencia personal y por los encuentros con otros católicos del país, que nada de eso existe en nuestras parroquias estadounidenses. Algunas comunidades se están acercando, pero esos pocos afortunados son tristes excepciones, no la feliz norma.

Así que la gente se va a otros lados. Quizá a una iglesia multiconfesional donde la predicación es cautivadora y relevante y la comunidad está llena de gente comprometida y compuesta predominantemente por ex católicos. No hay Eucaristía, pero la gente se siente alimentada, y regresan, semana tras semana.

Cuando te sientes esta semana en la misa, intenta vivirla como un recién llegado, y pregúntate: Si esta fuera tu primera y única experiencia de catolicismo, ¿regresarías?

Cuando escribí Complete Idiot’s Guide to the Catholic Catechism, oí el mismo refrán una y otra vez de boca de adultos católicos desconectados de su fe: “¿Por qué no aprendí nada de eso cuando era joven?”. Muchos de ellos fueron educados, como yo, en lo que yo llamo la “Era del colegio”, con muchos corta y pega de un Jesús feliz, pero poca información básica sobre las cosas que dan sustento a la vida, la belleza de vivir, de respirar la fe.

Le doy crédito a mi madre por acortar el amplio abismo que había entre mi educación religiosa oficial y mi fe actual, es por eso que necesitamos que nuestras familias transformen nuestra Iglesia.

La catequesis debe comenzar atrayendo a las familias, haciéndolas sentir bienvenidas, dándoles algo más que plazos de inscripción y sobres semanales. Sólo cuando sientan que pertenecen a esta Iglesia –a esta Iglesia– estarán abiertas a recordar los pasos espirituales de su infancia y abrazar el camino de la fe como adultos.

Cuando hagan eso, traerán a sus hijos, y la educación religiosa ya no será vista como un boleto que necesita un sello para recibir un sacramento y luego “graduarse” de religión, sino como el primer paso para un viaje de toda la vida.

Claro que los adolescentes siempre serán adolescentes, y seguirán con su actitud apática algunas veces, pero debajo de eso habrá una base de fe auténtica, y poderosa, una vivificante certeza de que son amados, sin medida, por el Dios que los ha creado, salvado y espera por ellos.

Creo que estos chicos que se sientan en nuestra clase actuando como si no les importara nada la religión quieren y necesitan desesperadamente a un Dios así, y sus padres también. Si no encontramos una manera de volver a Dios real e importante en sus vidas, será siempre una idea abstracta donde acomodarse, en lugar de involucrarse, lo cual es una pérdida no sólo para ellos sino para todos nosotros.

 

Por Mary DeTurris Poust, directora de retiros y peregrinaciones y autora de siete libros sobre espiritualidad católica. Visita su página: http://www.notstrictlyspiritual.com.

 

 

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