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¿Qué tipo de locura hace que la gente renuncie a su vida por su fe?

Jeffrey Bruno - publicado el 27/10/15

Nunca pensé que ver el lugar donde Jesús fue bautizado realmente podría afectarme, pero lo hizo...

Quizá es el Río Jordán.

Es lo mejor que me ha ocurrido hasta ahora. He pasado dos días en Amman, en compañía de gente cuyas vidas han sido arrancadas y diezmadas por no renunciar a su fe y no puedo dejar de pensar en ello: ¿Por qué estas personas tan buenas y normales – gente que tiene trabajos normales, coches, televisión, y deportes favoritos, como yo – eligen, cuando son presionados, darlo todo por su fe?

¿Tú qué harías? Espero y rezo para que yo hiciera lo correcto, pero soy un pecador, así que quién sabe.

Nunca había visto el Río Jordán, y para ser honestos nunca pensé que ver el lugar donde Jesús fue bautizado realmente podría afectarme, pero lo hizo. Mientras recorríamos el camino que llevó a Cristo al lugar bautismal, comencé a llorar.

Como hombre tuve que luchar con todo mi ser para recomponerme, para que el equipo de prensa de mi empresa no pensara que soy un blandengue.

Estaba sobrecogido. No feliz, no triste, simplemente fue más de lo que podía procesar: Jesucristo, hombre y Dios estuvo aquí, donde yo estaba mirando; Juan y él tuvieron una extraña conversación, y luego Juan lo bautizó. Y luego el cielo se abrió, y Dios Padre habló y el Espíritu Santo apareció.

Aquí mismo, donde yo estaba parado. Era real. Y podía sentirlo.

De repente, el inicio del ministerio de Jesús hizo clic en mí, y me refiero a que hizo clic como cuando enfocas una imagen con la cámara. De repente podía ver dónde había llegado Juan tras atravesar el desierto, porque había viajado yo mismo por ahí.

Por primera vez en mi vida, mi fe se volvió tangible. No sólo podía ver los lugares y caminar sobre la misma tierra que Jesús pisó (realmente la misma tierra), sino que podía sentir la presencia de Dios de una manera que nunca había sentido antes.

Tierra Santa. Era como si el viento polvoriento que respiraba estuviera lleno del Espíritu Santo.

Mientras los periodistas nos reponíamos y nos dirigíamos a comer caí en la cuenta. De repente supe por qué los cristianos refugiados que habíamos conocido en Amman hicieron lo que hicieron.

Han conocido su fe con este tipo de polvo e intimidad. Experimentaron lo que yo experimentaba de una manera real y eterna, y lejos de lo que es, básicamente, sólo una distracción de la realidad: trabajo, coches, deporte.

Al venir al Jordán, y especialmente al tener la experiencia de estar en la piscina donde Jesús fue bautizado y familiarizarme con ese sentido de divina realidad, comencé –sólo comencé– a entender por qué la gente está dispuesta a morir, está dispuesta a ser desplazada, en nombre de Cristo.

A excepción de la misa, los estadounidenses y europeos no tienen diariamente este punto de contacto con lo divino. No vivimos esta realidad envolvente, y nuestra fe es quizá más débil por eso.

Se vuelve real, de una manera completamente diferente, cuando caminas por los mismos caminos en el desierto que Jesús caminó con Pedro y los discípulos; se vuelve real cuando metes tu pie en el agua del Jordán y te das cuenta de quién lo hizo antes que tú; se vuelve real cuando alguien te apunta con una pistola en la cabeza y te dice que renuncies a tu fe.

No me malinterpretes, no significa que nosotros no podamos o no experimentemos esta realidad de otras formas –el testimonio de los santos nos dice que podemos– pero esta experiencia es diferente. Es singular. Me ha cambiado para siempre.

Esto puede sonar extraño, pero los refugiados que conocí fueron un regalo para mí. He leído sus historias de dificultad desde lejos, pero nunca realmente las comprendí. Ahora lo sé.

Son un signo visible del amor de Dios por nosotros y su amor por Dios. Nunca te alejas de quien amas. Son prueba viviente de que la fe y el amor son realidad y son relación.

Quizá nosotros necesitamos más a los refugiados que ellos a nosotros. Ellos necesitan ayuda material, y poder regresar a sus hogares, y si no podemos hacer nada más necesitamos orar como santos a Dios para que venga en su ayuda; necesitamos decir la verdad con fuerza, para que los que están en un cargo de responsabilidad no ignoren sus apuros.

La Madre Teresa habló sobre la pobreza material, pero dijo que la pobreza espiritual es aún peor.

Los que estamos en el cómodo Occidente tenemos las cosas que esos refugiados “necesitan”, pero ellos tienen la “única” cosa que realmente importa: una amorosa relación con Jesucristo, tan completa y poderosa que están dispuestos a sacrificar todo por permanecer fiel a él. Todos necesitamos esa riqueza y esa comodidad.

Escribo esto a orillas del Jordán, humilde y cambiado. No es por el Jordán, sino por lo que sucedió en el Jordán. En cualquier caso, todo es diferente.

Si puedes ir al Jordán, deberías hacerlo. De hecho, si no puedes ir al Jordán, encuentra una manera, te cambiará para siempre.

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