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Si admiras la catedral de Milán es también gracias a una pobre anciana y a una prostituta

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La construcción de una catedral en la Edad Media era una hazaña del pueblo...

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La construcción de una catedral en la Edad Media era una hazaña del pueblo. Todos, sin excepción, participaban en la elevación de un monumento que rindiera gloria a Dios y diera prestigio a la ciudad. Es lo que sucedió con la catedral de Milán.

Una anciana muy pobre, Caterina di Abbiateguazzone, ofreció su trabajo: limpiaba y transportaba piedras del astillero. Una mañana donó al óbolo de la catedral el único abrigo que tenía. Cuando los canónicos lo supieron, se conmovieron y le devolvieron el dinero con intereses, para que pudiera realizar la tan deseada peregrinación que añoraba desde hacía tiempo a Roma.

De entre los conocidos benefactores está Marta de Codevachi, prostituta. En Milán era conocida como Donona. Gracias a su oficio se había hecho rica, pero en un determinado momento se arrepintió y quiso cambiar de vida. Se volvió benefactora de los pobres y adoptó a Venturina, una niña que había sido abandonada.

En 1394 Marta se enfermó gravemente. Su pensamiento fue a la Virgen y a la nueva iglesia que se erigía en su honor en el centro de la ciudad. Llamó al notario y destinó sus bienes a la Fábrica de la Catedral, con una cláusula que pedía que los oficiales cuidaran de Venturina y que se comprometieran a encontrarle esposo a su amiga Margarita, conocida en el burdel como Novella de Mandello, a la cual le dejaba una gran dote para iniciar una nueva vida “casta y honesta”.

Poco después Marta murió y la Fábrica organizó funerales dignos de una noble mujer. La larga procesión de clérigos y sacerdotes acompañó el féretro por las calles donde antes había vendido amor profano. Entre los documentos de la catedral se encuentra aún el anual para el alma de Marta con las misas para celebrar en su sufragio.

Las historias de Caterina y de Donona son , que Dios ofrece a través de la Iglesia de todas las épocas. De modo que con Pablo podemos decir: “Era un blasfemo, pero ha sobreabundado la gracia” (cf. 1Ti 1,13-14).

 

 

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