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El rostro de un ángel: La cínica seducción de lo morboso

Soda Pictures
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Una película recrea el escabroso crimen de Amanda Knox

Clasificación por edades: no recomendada a menores de 17 años

La acepción más habitual de “morbo” tiene que ver con la obsesión o la atracción enfermiza por algo o alguien particularmente desagradable. Suele tener connotaciones negativas puesto que lo lógico parece ser experimentar atracción por lo que es agradable, no por lo opuesto. Aclaremos ante todo que hay distintos tipos y grados de morbo como los hay de enfermedades. Estas pueden ser leves, graves o mortales. Por ello no necesariamente debería preocuparnos experimentar algún tipo de malsana curiosidad sobre aspectos, personas, situaciones o circunstancias que tuercen los renglones del orden, la realidad acomodaticia o las estructuras que consideramos sanas.

 Hace unos años salpicó las páginas más amarillentas de los diarios la noticia de un extraño crimen con resquicios no del todo claros cometido en Italia y con todas las trazas de corresponder con algún inquietante triángulo de índole sexual. Una de las protagonistas era una bella estudiante norteamericana, Amanda Knox, que no tardó en ser señalada como la responsable por inducción de la muerte en medio de alguna poco clara práctica sexual en la que participaba su propio novio, de nacionalidad italiana, y contando con la colaboración de otro joven natural de Costa de Marfil.

La prensa no tardó en hacerse eco del asunto por las diversas connotaciones que se salían de la convención del crimen pasional para adentrarse en la órbita de otro tipo de crímenes que casi parecen guardar más semejanza con el retorcido argumento de algún thriller cinematográfico.

Los detalles del suceso eran tan macabros como malsanamente atractivos, y una vez más o menos aclaradas judicialmente las circunstancias llegó el momento en que el cine pusiese su ojo cínico (perdón, clínico) sobre esta historia.

El director que se ha encargado de ello, Michael Winterbottom, no es ajeno a las historias que bucean en aguas embarradas, gusta de lo escasamente diáfano y no le son ajenos los excesos, especialmente los juveniles (“24 hour party people”, 2002) tanto filmados como narrativos como del propio código de qué se puede y que no se puede mostrar en pantalla en un cine convencional (“9 canciones”, 2004). Sin llegar a los extremos de Abel Ferrara (“ese director no estrictamente cuerdo”, como decía Antonio Gasset-Dubois) lo enfermizo ronda el metraje aunque no llegue más que a insinuarse y en ocasiones el espectador llegue a desorientarse en el laberinto (no solo de pasiones) que dibuja el director.

Con un acertado elenco (Daniel Brühl, Kate Beckinsale y especialmente la carismática exmodelo Cara Delevingne) se nos ofrece una inquietante aproximación (seguramente alejada de la realidad, pero no completamente ajena a ella) de la figura nuclear de esta trama, la mencionada Amanda Knox (recomiendo buscar en Google alguna foto del personaje real para comprobar lo atractivo de su rostro y lo magnético de su mirada), un personaje esencial como pilar sobre el que se construye eficazmente todo el edificio que sostiene la tesis de la película y el del suceso en la vida real: ese rostro angelical capaz de convencer desde lo celestial para descender con una sonrisa en los labios al más tenebroso, voluptuoso y cruel de los infiernos.

La excusa para adentrarnos en esta espiral es asistir (cine dentro del cine) a los preparativos de un equipo que quiere rodar una película sobre los eventos que se nos cuentan en “El rostro de un ángel”. En suma, estudiamos a los insectos a través del estudio que hacen los entomólogos de sus curiosas costumbres de apareamiento y muerte.

Pura tentación, camino sin retorno empedrado de buenas intenciones, la perversión de un título muy similar al de “Una cara con ángel” (Stanley Donen, 1957), de la (esta sí) cuasi celestial Audrey Hepburn resulta ser casi la cara oscura y enferma de lo que bajo un título similar era luz. La excusa es mostrarnos lo atrayente de un suceso real en el que una joven vida se ve truncada en un aparente juego sexual. No podemos apartar la mirada del bello rostro de esa inocente joven que parece estar detrás de todo pero con una cara de no haber roto un plato (en realidad ha convencido a otros para que lo rompan por ella).

Pero por encima de todo encontramos el morbo del propio espectador que, cual juego de espejos enfrentados, se sienta a ver la película de cómo ruedan una película sobre un extraño crimen casi de película que parece tener como única justificación una noche de sexo poco convencional. Yo ya he perdido la cuenta de los morbos que se dan cita aquí.

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