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Siempre hay alguien amándote

George Martell/Pilot New Media

Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/10/15

La vida es más para alabar que para llorar, más para dar que para recibir, más para disfrutar el momento que para lamentar las pérdidas

En el corazón de María no hay defensas. Ella no tiene barreras. Allí puedo descansar como un niño en brazos de su madre. María tiene un alma inmensa libre, sin orillas. Un alma en la que mi barca puede navegar tranquila.

Me gusta el poema del P. Joaquín Allende: “Muro de hielo, torrente de montaña, bajando desbocado, sin remansos ni playas. Así era mi alma antes de que Tú llegaras, antes de tu vida sosteniendo la mía, antes de tu barca tomando posesión de mi historia. Desde cuando acepté que me alzaras como río en el hueco de tu mano, para hacerme el alma navegable con la temperatura de tu paz. Desde entonces pueden recorrerme los navíos y los débiles, sin peligro de encallar en mi dureza, pueden recorrerme a su velocidad mejor, pueden por merced tuya María, pueden dentro de mí, alcanzar el océano del Padre”.

María no tiene el alma dividida en compartimentos estancos. Su alma es navegable. Limpia, honda, pura. No hay cajones en su interior. Me conmueve. Tengo cabida en Ella. Todos tienen cabida.

No necesito pertenecer a ningún grupo para estar en Ella. No necesito ser especial, ni estar sano. Ni tener muchos talentos, ni llegar sin haber cometido ningún pecado. Basta con que quiera estar a su lado. Descansar en sus brazos.

Mi alma suele estar dividida en muchos compartimentos. En ellos voy colocando los distintos aspectos de mi vida. No se comunican. Uno al lado del otro. Mantengo cerradas las cajas en las que se encuentran los problemas y los miedos. Así todo parece más seguro.

Mi alma tantas veces es un muro de hielo, un torrente desbocado. No hay remansos ni playas. No hay paz en todas sus orillas. Caigo en el error de clasificar a las personas por sus talentos, por sus defectos. Las coloco en un cajón, las saco de otro. Y así clasifico y juzgo y condeno.

Me gusta el alma de María que no tiene cajones. No hay nombres que separen. Ni divisiones que excluyan. Todos caben dentro. En un mismo lugar común que vale para todos. Me conmueve. No hay carta de presentación, ni títulos que pueda presentar en mi defensa. En María todos caben.

Mi alma puede llegar a parecerse un poco a la de María. Algún día, si me dejo educar por Ella. Mi alma cabe como un río en el hueco de su mano. Y Ella la hace navegable. No sé cómo, pero lo logra.

Y entonces muchos podrán navegar por mí, como yo navego por María. Sin juicios. Aceptando al ciego y al mendigo. Al rico y al poderoso. Todos en el mismo lugar. Sin distinciones.

Me gustaría ser así. Siempre libre. Sin defensas. En la vida me gustan las defensas, los muros, las divisiones. Separo y divido. No me gusta hacerlo y lo hago. El mendigo a un lado, al borde del camino. El discípulo amado, en el mejor puesto.

No me gustan los compartimentos pero los tengo. Los grupos cerrados. Las clases que dividen.

A Jesús, como a su Madre, no le gustan los grupos. Para Él no había divisiones. Él no juzga por el nombre, por la apariencia. Tiene un alma grande y libre como la de María. Un alma sin divisiones, como la que yo suplico cada día. Un alma pobre.

Creo que a veces me falta la actitud de los niños para mirar bien a Dios. Su actitud libre, confiada y sencilla. Me cuesta orar con el corazón, con la inocencia de los niños que yo ya he perdido.

Mi fe se vuelve superficial muchas veces y me falta la confianza del abandono. Calculo, estudio, mido. Y no me abandono. Me cuesta rezar y descansar en Jesús como los niños en los brazos de su madre.

Dios no llega a mi subconsciente, porque no le dejo. No penetra en el fondo del alma, no llega al corazón, a lo más íntimo de mi ser. ¿Por qué no me dejo tocar por su mano? ¿Por qué pongo defensas a su amor infinito?

Quisiera ser confiado como los niños, libre como los niños. Me gustan los niños que disfrutan de la vida, aprovechan cada instante, saborean el presente.

Pero es verdad, lo sé, que ser niño no es sólo disfrutar. No es una actitud inmadura ante la vida. Todo lo contrario. Queremos ser esos niños maduros que confían y entregan con amor su corazón por entero.

Así lo explica el Padre José Kentenich: “La infancia espiritual no es ante todo disfrutar sino entregarse. Consiste en arriesgar un máximo de amor basándose en un mínimo de conocimiento puramente natural[1].

Ser niños nos exige aprender a confiar en el amor de Dios, en su misericordia. Creer que Él camina con nosotros. Pero a veces nos falta esa actitud confiada en la vida. Hacemos planes y nos apegamos a ellos.

Me falta esa mirada llena de asombro: “¡Cuán grande es la capacidad de asombro de un niño!”[2]. Y yo me cierro. Me falta unir mi vida cotidiana con Jesús que pasea por la ribera del mar de mi vida.

Pasea por mi playa, por mi arena y yo voy a lo mío. Se detiene ante mis dolores y no le veo. Se conmueve con mis lágrimas y ríe con mis torpezas.

A veces veo que mi fe se tiñe de protestantismo. Como si creyera en un Dios ausente y lejano, en un Dios que no interviene en mis obras y yo vivo sin notar su mano. Hago y deshago, sin escuchar lo que Él desea.

Quiero aprender a alabar a Dios por la belleza de mi vida. Sorprendido ante los milagros pequeños de cada día. Me falta ingenuidad para mirarme bien y mirarle a Él mejor de lo que lo miro.

Me falta mirar más con el corazón mi propia vida, a los hombres, a Dios. Sin caer continuamente en la condena y en el juicio, en la sospecha y el rechazo. Me gustaría abrir más mi alma para que Dios pudiera vivir en mis oscuridades y sembrar algo de luz allí donde yo no logro descifrar bien los caminos.

Quiero ver y no vivir ciego a su paso por mi vida. Quiero saberme amado por Él, cada día, haga lo que haga, pase lo que pase. Quiero aprender a sentirme amado siempre. Y poder servir así siempre desde el amor.

La vida es más para alabar que para llorar, más para dar que para recibir, más para disfrutar el momento que para lamentar las pérdidas. Más para agradecer que para lamentarme.

Nos quedamos tantas veces prendidos en el pasado. Llorando por las cosas que no tenemos, por los logros que no alcanzamos. Decía el Padre Kentenich: “Suelen atormentarnos preocupaciones relacionadas con nuestro pasado. Pero lo pasado, ¡pisado! Sólo debo preocuparme de vivir despreocupado; porque el Padre es el que empuña el timón de la barca de mi vida[3].

La misericordia de Dios en mi vida se manifiesta de muchas maneras. En el dolor y en las alegrías. En el fracaso y en el éxito. Dios está siempre, no se muda, no me abandona.

Siempre quisiera vivir con gratitud. Mirar agradecido. Dios me da la luz en la cruz y en el dolor. Ilumina mis pasos, sostiene mi cansancio. Es importante alabarle en todo momento y no dejar de sorprenderme por todo lo que hace por mí.

Sé que el demonio me tienta a menudo cuando no logro experimentar su amor y me creo abandonado, sólo, arrojado en medio de la vida. Y me hace creer que Dios se ha olvidado de mí para siempre.

Pero es mentira. Él me cobija en sus brazos. Me saca del abismo en el que me encuentro. Me cuida con amor de madre. Soy un privilegiado por saberme hijo de Dios. Dios me cuida. Me sorprendo siempre de nuevo.

Dios lo puede todo y hace lo que yo no puedo hacer. Dios está ahí. Siento su amor de tantas formas. Me gustaría recordar siempre cuánto me ama Dios. Me muestra su amor. Su cercanía.

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios

[3] J. Kentenich, Niños ante Dios

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