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El apóstol cobarde es un hombre avestruz

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Marco Pozza - publicado el 24/10/15 - actualizado el 22/03/18

O por qué los discípulos no entendían a su Maestro

Es una cobardía que no tiene parangón la desenmascarada en la boca de los discípulos: “Ellos callaron”. Una pregunta que no tienen siquiera el valor de responder, no tienen la osadía de ser hombres: “¿De qué estaban discutiendo por el camino?” (liturgia de la XXV domingo del tiempo ordinario). Tanto entonces, como hoy, nos preocupamos del pelo, del vestir, de los accesorios y los zapatos.

Y, sin embargo, de lo humano, seguirá impresionándonos aquello que no está en nuestras posibilidades poder cambiar: la mirada. Los discípulos no habían entendido en absoluto que ese Hombre – al que libremente acompañaban – era un peso pesado. Es uno que no se atrevería nunca a hacer una pregunta a nadie si antes no sabe ya la respuesta. En español, este tipo de pregunta la maestra la define como tautológicas: preguntas que en sí mismas llevan la respuesta. En el Evangelio, las mismas preguntas Jesús de Nazaret las denomina, verdad.

Los había desenmascarado, como Hombre de buen oído: él predicaba la entrada a Jerusalén, sabía del proyecto del lavado de manos de Poncio Pilatos, los estaba entrenando para la subida al Calvario. Consciente del enorme cansancio que esas palabras causaban en la dureza de los corazones trastornados, anticipó la belleza del asombroso panorama que aparecería frente a sus ojos: “Al tercer día resucitará”.

No está nada mal como índice de honestidad entre los humanos: uno que no me esconda la miseria de la historia, sino que dentro de la miseria, me enseña a reconocer y reconstruir la belleza, habrá que confiar en él. No deben haber pensado de esta manera esa banda de hombres/apóstoles si es verdad que, mientras él presentaba el camino que tendría que recorrer, a lo largo del camino discutían entre ellos “quien era el más grande”. Debe haber aparecido enseguida, frente a sus ojos, una cobardía si, agarrados con las manos en la masa por ese Hombre, callaron ante su pregunta. Más que dar la cara, han preferido no darla: algunas cosas es mejor llevárselas a la tumba.

El los rebasa y sigue derecho. Camina veloz el Hombre que sabe dónde tiene que ir para vencer a Lucifer. Camina hacia arriba, hacia la cruz: para ser asesinado para hacer brotar la vida. Para volverla una verdad capaz de abrir el camino de la salvación: camino, verdad y vida. Ellos serán fieles hasta el final: lo abandonarán en sus peregrinaciones de corazón. Como un grupo de atletas que, como si hubieran salido de un grupo de fugitivos pierde el control de la situación.

Él los deja, en el nombre del Padre y la libertad: en el cruce de su competición sobre quién es más grande, dejando como medida a un niño vulnerable. También el Cristo es vulnerable. Y como todos los hombres que son así también él a menudo es obstinado, apasionado, lacerante. Muy a menudo está sólo contra el mundo. Incluso contra el sentido común.

Ellos duermen, él no se rinde: aparece y desaparece, oculto, antiguo y severo, observa, recuerda. Permanece firme en sus propósitos: decidido, final, conclusivo, terminal. Incluso extremista: un hombre al que seguir completamente. O, al mismo tiempo, abandonar lo más rápido posible: es incómodo vivir con personas sinceras. Intentarán hacerlo caer.

Adelante señores, intenten de todo, inventen cosas nuevas, incluso envíen una multitud para perseguirlos. Hagan de todo, excepto pensar que ese Hombre tenga problemas de oído. En caso de duda – “¿De qué estaban discutiendo por el camino?” , tengan el valor al menos de dar la cara.

Bastaron doce para entender cuánto pesa la cobardía que acecha el talón de Cristo y sus seguidores. Esos que nunca lo abandonarían. Judas, al menos, fue honesto hasta el final: quería ser más grande que el Maestro y lo intentó. Dando la cara y todo el cuerpo.

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