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Eva Lavallière: de estrella en la tierra a estrella del cielo

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Gaudium Press - publicado el 22/10/15

La conversión de una actriz

La historia de «Eva Lavallière» siempre encantará. Tiene el aroma de la candura, del verdadero final feliz, también de la grandeza.

Colocamos «Eva Lavalilière» entre comillas, porque esta actriz que deslumbró con sus artes en los albores del S. XX a príncipes y personalidades, había nacido en un hogar muy pobre con el nombre de Eugenia Feneglio. ‘Lavallière’ era un tipo corbata elegante, de moda en la época, que Eva usaba elegantemente, y de donde le asignaron el mote.

Huérfana a temprana edad, tenía un espíritu indómito, a veces salvaje, que sumado a sus 18 años era fuente de todas las ilusiones, algunas locas.

Trabajó como modista y fue famosa en el oficio siendo jóven. Allí comenzó a usar las ‘Lavallières’ que terminaron identificándola. Pero el oficio le aburría, ella quería el triunfo, la fama.

Un tío rico, en Niza, quiso adoptarla como hija y le pidió que fuera a vivir con él, lo que aumentó las ilusiones de Eugenia. Pero frívola y superficial, antes de llegar a Niza pasó tres días de juergas en Montpellier sin avisar al pariente que la esperaba con ansia. Y cuando llegó a la casa de Monsieur su tío, este en su angustia dolorosa y resentida ya no la quiso acoger. De esa manera se vio sola, en un parque llorando. En ese momento se le acercó un caballero, que milagrosa y sorpresivamente, la llevó a París…

Ya en la ciudad que llaman luz, una casa con un anuncio en cartel: «Dicción, canto, danza». Eva no tenía educación artística, solo el vehemente deseo de triunfar; pero había mucho talento natural. Ante el profesor benevolente ella cantó una primera vez, y el hombre quedó extasiado: «¡Qué bella voz!». Lo que siguió fue sólo un curso ascensional y sin tropiezos hasta la fama, la gloria. Incluso la famosa Sarah Bernhardt la elogió, cuando no eran nada frecuentes los elogios de ella hacia ningún artista. Eduardo VII, Alfonso XIII, el Rey de Portugal, muchos más la visitaban o la felicitaban… el cielo era el límite que ella había alcanzado, pero era el cielo de esta tierra, y ella deseaba otro cielo.

«En cuanto bajaba el telón y resonaban los aplausos, sentí mi corazón frío, ¡tan frío! ¿Era aquello la gloria? ¿Ser estrella es sólo esto? Es nada. ¿Fue para esto que sufrí y trabajé tanto? La gloria, Dios mío. Es nada, es un viento», se decía a sí misma. Un día, al final de una función, ella no quiso recibir los halagos, ni las preguntas de los periodistas que querían cantar sus loas, sino que encerrada esperó que todo el mundo se fuera. Todo le parecía viento, vanidad.

La desesperación llegó a tal que una noche, en uno de los míticos puentes del Sena, las aguas atrajeron hacia sí un manto de seda que ella dejó caer. Pero también siguió la tentación de ir con su ser entero, la tentación del suicidio, del aniquilamiento. Y ahí, nuevamente, alguien que hizo de Ángel guardián:

– ¿Qué va a hacer, señora?, le dijo. Solo esa frase hizo que reflexionara un poco, y la impidió de una muerte terrible. Pero la angustia, el sinsabor seguía.

Un día el mundo del arte vio como desaparecía Eva Lavallière, por un tiempo. No se sabía nada de ella, se tejían todo tipo de hipótesis, hasta las más descabelladas. Otro día reaparece y firma un contrato para realizar una ‘tournée’ por América. Pero ella busca comprar un castillo solitario, en el cuál pueda recogerse, y se decide por el de La Porcherie, que estaba bajo el cuidado de un sacerdote que administraba la propiedad de dos huérfanas.

Este sacerdote, el Padre Chasteigner, no solo se ocupó de la venta del Castillo, sino que también cuidó del alma de Eva. Un domingo le lanzó:

– Señora, ¿no fue hoy a misa? No la vi esta mañana en la iglesia.

– Yo, Lavallière, ¿a misa? ¿Una artista de los Variétés? ¿No será inconveniente mi presencia en la iglesia Padre?

– ¡Oh! La iglesia es para todos y no le faltará lugar, señorita…

Fue el inicio de una conversión radical, mística, que llevaría a Eva Lavallière a las altas cimas de la virtud. Desde ese día no faltó a la obligación dominical. Poco después hizo una gran confesión de sus faltas. Empezó a frecuentar la iglesia entre semana. Rompió con todo su pasado, quiso entrar al Carmelo, pero Dios le pidió la renuncia a este deseo y se hizo terciaria franciscana.

Se estableció en Lourdes, y allí vivió en una pensión de religiosas, asistiendo asiduamente a las ceremonias de la Basílica. El mundo la perseguía, la seguía buscando, hasta la calumniaba, pero ella no vivía ya para el mundo. Pasó a comulgar diariamente.

Luego compró una pequeña casa en Thuillières, que pintó de azul y blanco en honor a la Inmaculada. Allí vivía de atender a los pobres, de las obras de caridad que tanto hacía, y de seguir su camino espiritual en el recogimiento.

Un día el superior de los Padres Blancos le dice que se encargue del centro de enfermeras que pensaban abrir en Túnez. Sin pensarlo dos veces parte para África, y allí deja lo poco de energías vitales que le quedaban. Cuando regresa a Francia, ella hace una declaración que muestra a qué cima había escalado:

«Que yo esté aquí o allá, ¡qué importa! ¡Con tanto que Él, mi dulce Jesús, viva, y que Él reine! ¡Yo sólo quiero, sólo hago y amo su Santísima Voluntad!». Estaba ya abandonada en las manos de Dios, como Santa Teresita del Niño Jesús, a quien mucho admiraba, leías, y era su santa predilecta. Parecía ya preparada para ir al encuentro eterno de Dios.

Pero tenía que pasar aún por la cruz de otro gran dolor. Los fuertes agobios físicos llegaron, pero siempre recibidos con suma resignación, e incluso amor: «Señor, punid, castigad, como quisieres, estos ojos míos que pecaron, y mi boca que se regocijó en alegrías impuras».

Hasta el día trágico pero feliz en que ella, que era muy devota de San José, un 10 de julio de 1929, anunció: «¡Hoy San José vendrá a buscarme!», cosa que efectivamente ocurrió, a las 5 de la mañana.

El cortejo fúnebre fue pobre, discreto, no había coronas, ni carros. Entretanto, y como dice Mons. Ascanio Brandao, la estrella de la tierra era ahora estrella del cielo…

Por Saúl Castiblanco

Datos biográficos tomados del libro: Eva Lavallière, Terceira franciscana – Uma conquista do Amor misericordioso por Mons. Ascanio Brandao. Ed. Vozes. Petrópolis. 1948

Artículo originalmente publicado por Gaudium Press

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