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¿Te has preguntado para qué has nacido?

© José M. Ruibérriz - CC

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/10/15

Lee aquí cuál es la clave en la vida

A veces tenemos miedo y dudamos de nuestras propias fuerzas. Y pensamos que la comodidad es más fácil que la tensión. El acomodamiento que el heroísmo de una entrega total.

Y vuelvo a leerlo: “El hombre no necesita vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o misión que le merezca la pena[1].

La vida está llena de tensiones, de luchas, de tentaciones, de falsos ídolos y fácilmente me olvido de la razón última por la que me he puesto en camino.

Y recuerdo a san Bernardo cuando en medio de sus luchas interiores se preguntaba: “Bernardo, ¿a qué viniste?”.

En medio de las dudas se desvanece la llamada a emprender la misión, a salir de mi comodidad. En el fragor de la batalla los miedos son más fuertes que la llamada de Jesús y me quedo quieto. Dejo de oír su voz. Olvido su rostro y me confundo con tantos rostros, con tantas otras llamadas.

La llamada a la misión es una llamada a ser apóstol en mi vida concreta, en mis circunstancias. Esa realidad que me toca vivir. A lo mejor no me llama a esos lugares de misión que tienen más fuerza y parecen más heroicos.

La santidad de mi vida no se mide por la dificultad de las circunstancias que tengo que enfrentar, sino por la actitud interior con la que me entrego por entero, con docilidad, diciéndole a Dios que sí en todo momento.

Mi servicio consiste en dar sin desfallecer. Servir a otros. Ser pequeño. Ocultarme. Aceptar no ser nadie especial, ni ser reconocido. Solo servir como Jesús lo hace. Que se despoja de su rango, que no pide nada, que lo da todo. Que vive entre los hombres sin exigir derechos. Que se descalza y se arrodilla ante mí.

Esa es la clave en la vida. No exigir un lugar que puedo creer que me corresponde. No quejarme por no tener lo que otros tienen. No querer que me admiren, que mi opinión sea tenida en cuenta. Sencillamente dar hasta que duela. Donde me toque. Sin pedir nada. Dar lo mejor de mí en el sitio en que esté. Ese es el signo de Jesús. Dar hasta el extremo. Es bonito cansarse por amor.

[1] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

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