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¿Iglesia en salida? Practica la misericordia

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La respuesta del Papa Francisco a un obispo español

Santo Padre: ¿Cómo podría yo explicar a la gente sencilla que significa su idea de una “iglesia en salida”, como puede comprometerse en ella? La pregunta se la hacía no hace mucho un obispo español al Papa. Parca y escueta fue la respuesta de Francisco, y clara, como se le pedía: practicando las obras de misericordia.

Ponerse las pilas en la realización de las obras de misericordia es tal vez la mejor manera, y desde luego la más completa, eficaz e inmediata forma de ponerse a tono con la Iglesia que lejos de mirarse el ombligo se pone en máxima tensión misionera, con la Iglesia en salida, con la Iglesia rejuvenecida y despertada que el Espíritu susurra al oído del Papa, con la Iglesia de las periferias geográficas y existenciales, con la Iglesia que arriesga a quedar herida e incluso a equivocarse, antes de quedar inmóvil, paralizada en su inquietud ante el presente, nostalgia del pasado, o miedo por el futuro.

Las obras de misericordia son obras, no elucubraciones abstractas, diseños de utopía o buenas y santas intenciones. Son obras que se conjugan en infinitivo, es decir, que no necesitan de otro verbo, y por tanto de supletorias disposiciones para completarse: son dar, vestir, visitar, perdonar, servir, enseñar, corregir, consolar, rezar…, en definitiva amar. Pero además son obras que se conjugan con verbos transitivos, es decir, que necesitan de un sintagma nominal, y un sintagma nominal no determinado por cosas sino por personas: el hambriento al que dar de comer, el sediento al que dar de beber, el necesitado al que dar posada, el desnudo al que vestir, el preso al que socorrer, el discípulo al que enseñar, el dubitativo a quien aconsejar, el injurioso al que perdonar, el triste al que consolar, el hermano por el que rezar, e incluso el muerto al que enterrar.

Ya sean corporales o espirituales son obras concretas. Nos revelan que el examen final, el único con consecuencias eternas, no es un examen teórico sino un examen práctico. Si, como dice San Juan de la Cruz, en el último día nos examinaran en el amor, es evidente que no será un examen sobre la teología del amor, sino sobre la realización del amor.

No hacía falta ser un lince para haber podido prever que a las puertas del “Año de la misericordia” el lema del Domingo Mundial de las Misiones fuese “Misioneros de la misericordia”. Aunque, la verdad, este lema hubiese valido para cualquier año, o para todos los años, porque los misioneros son el primer rostro de la Iglesia que o es misionera o no es iglesia, o es concreta o no es Iglesia, o pone en obra las obras de la misericordia, o no confiesa al Dios de la misericordia.

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