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“Marte”: la Ciencia te hará sobrevivir, la fe te mantendrá vivo

20th Century Fox
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La mejor película de Ridley Scott en años (décadas incluso), la odisea del náufrago más solitario de la historia

La mejor película de Ridley Scott en años (décadas incluso) ha resultado ser la adaptación cinematográfica de la recomendabilísima novela “El marciano”, del nobel Andy Weir. Éste la escribió como hobby, la difundió inicialmente de forma gratuita en Internet y su tremendo éxito la catapultó hasta convertirse primero en un libro superventas tras firmar contrato con una editorial y posteriormente en un magnífico guión que su autor, Drew Goddard, ha denominado “una carta de amor a la Ciencia” sobre el que arrojó su sana codicia Scott, sabedor de que se encontraba ante un triunvirato único: premisa, desarrollo y personaje atractivos, interesantes y estimulantes.

Todo comienza cuando un grupo de astronautas debe abandonar precipitadamente la superficie marciana al verse envueltos en una peligrosa tormenta. Uno de ellos, golpeado y herido, parece haber muerto así que el resto despega a toda prisa del planeta para salvar sus propias vidas. Pero el caso es que quien queda atrás no ha muerto. Pocos arranques de una trama pueden atrapar más al lector/espectador que un astronauta dejado por muerto, abandonado en un planeta mientras sus compañeros vuelven a la Tierra y que tras despertar de la conmoción ocasionada por la tormenta descubre que está herido. Ah, quizá hayamos olvidado que además le queda oxígeno para apenas unos minutos.

El libre albedrío del que goza el ser humano le permite valorar diversas opciones antes de decidirse, siquiera subconscientemente, por una. En este caso el astronauta Mark Whatney (goloso papel, carismático personaje del que no tarda en encariñarse el espectador gracias al buen hacer de Matt Damon) no duda ni un instante, no se rinde ni por un segundo. A pesar de las dificultades aparentemente insuperables que encuentra ante sí para algo tan sencillo como (literalmente) seguir respirando oxígeno, hay una certeza que le marca el camino a seguir: continuar con vida. Y además en esa certeza jamás le abandona un particular sentido del humor por el que resulta imposible no sentir simpatía.

La película “Marte” logra adaptar con acierto una elevada proporción de la sucesión de retos puramente científicos de la novela “El marciano” como hace esta, sin aburrir un momento y estimulando la curiosidad ante el ingenio y el particular sentido del humor del marciano del título, el único hombre que vive y sobrevive en el planeta rojo. Sus conocimientos científicos se ponen continuamente al servicio de la supervivencia más material, práctica y tangible pero ni la novela ni la película inciden en un aspecto que está constantemente ahí, un telón de fondo que realmente impulsa la acción del protagonista en todo momento.

Y no, no es su deseo inmediato de vivir: es su fe ciega en que conseguirá seguir vivo y además durante un largo, larguísimo tiempo. A pesar de que está abandonado en un planeta distante millones de kilómetros de la Tierra, a pesar de que una misión de rescate tardaría años en planificarse y meses en llegar. A pesar de que cuando despierta apenas le queda oxígeno para unos minutos, a pesar de que debe idear una fórmula para generar oxígeno. A pesar de que no tiene suministros de comida para muchos días, a pesar de que el suelo marciano no es cultivable (lo bueno de que sea botánico es que la necesidad le va a agudizar el ingenio como a nadie antes en el Sistema Solar). A pesar de que no tiene ni para encender un pequeño fuego. A pesar de todo el marciano no se rinde.

Y aquí, curiosamente, llega de nuevo la fe, en este caso no la inconcreta esperanza de que se produzca algo de lo que no tenemos una constancia cierta de que suceda irremisiblemente. Hay un momento de “Marte” que podría ser controvertido, pero no lo es precisamente por el significado de la razón por la que un determinado objeto llega al planeta del título. Esto permite contemplar con otros ojos un acto que, descontextualizado, llamaría a la indignación.

En “Torrente 3” (sí, estamos citando a Torrente en una reseña sobre una película del espacio dirigida por Ridley Scott) hay un momento en que sin tener justificación alguna en la trama, la acción y careciendo de relevancia al albur de los arcos de personaje, el protagonista de la función arroja al suelo una cruz de Caravaca y la pisotea entre maldiciones nombrando de forma expresa a tan popular cruz. Una afrenta tan gratuita e injustificada que levantó la consiguiente oleada de protestas ante las que Santiago Segura no tuvo más remedio que pedir perdón.

En “Marte” hay un momento en que el astronauta varado en el planeta rojo debe prender un fuego y para ello debe valerse de un crucifijo. La imagen de una pequeña cruz ardiendo podría, como mencionabamos, ser tomada como una afrenta pero en este caso es la salvación de quien nada tiene y debe afrontar la supervivencia por todos los medios. Y claro… ese crucifijo que un compañero abandonó en medio de tan precipitada huida se convierte en su salvación. La reflexión que cabe hacerse es que, en medio de esta declaración de amor a la Ciencia, tal y como el guionista califica el libreto, fue la fe, si no del propio protagonista, la de uno de sus compañeros, la que proporcionó mediante ígneo sacrificio la salvación.

Ese pequeño elemento, que realmente podría haber sido sustituido en la trama por cualquier otro objeto susceptible de servir para iniciar un pequeño fuego, supone una socorrida solución basada en objetos similares que algunos astronautas han llevado consigo en la realidad de la exploración espacial. En medio de entornos donde la Ciencia lo rige todo sigue habiendo espacio para que el hombre, al alejarse de su planeta, lleve consigo aquello que le hace trascender y que responde a todo cuando no puede medirse y pesarse. Pequeños objetos que materializan su confianza en que, como le sucede al astronauta interpretado por Matt Damon, hay algo que le confiere esperanza más allá de las dificultades que pueden poner en peligro incluso la certeza de que en unos minuto seguirá respirando.

El propio trailer lo desvela, así que no arruinaremos la película a quien ya lo haya visto pero de todas formas aquí va el aviso para quien quiera llegar virgen a la proyección y prefiera dejar de leer el resto del párrafo. Si la mitad de la película consiste en una mezcla entre “Robinson Crusoe” y “McGyver”, la otra mitad de la película nos cuenta el denodado esfuerzo por rescatar al náufrago más alejado y más solitario de la Historia. Y aunque se trate de un plan de gran complejidad y trufado de dificultades, pese a que el coste marearía a cualquier contable, en la película se nos muestra de forma realmente emocionante cómo la Humanidad se une en el propósito que ya nos contó el Talmud (“salva una vida y salvarás el mundo”). No podemos dejar atrás a Mark Whatney, no podemos dejarle que muera solo y abandonado en las polvorienta arenas de Marte.

Es la frase promocional de la película, “Traedle a casa”, y viendo la película resulta inevitable acordarse de la parábola con la que el evangelista Mateo relata el comportamiento de aquel quien, a pesar de tener cien ovejas, acude presto a buscar aquella que se le ha perdido. Y claro, si además la “oveja” es tan carismática, simpática, ingeniosa y determinada como la encarnada por Matt Damon, no queda otra que esperanzarnos con su capacidad de supervivencia y desear que se salve.

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