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La cumbre escarlata: Qué malo no tener un cielo adonde ir

Crimson Peak
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Una cinta que dibuja un más allá donde no habita un Dios bueno, sino muertos vivientes llenos de sufrimiento y desesperanza

El director y productor Guillermo del Toro, que cuenta con innumerables fans en todo el mundo, nos ofrece en su última película un monumento gótico, en la línea de su anterior filmografía, pero con una depuración mayor. Recordemos que en su haber tenemos películas como Hellboy, El espinazo del diablo, El laberinto del Fauno o Mimic, todas ellas expresiones de un mundo personal negro y barroco, pero muy diferente, por ejemplo, del de Tim Burton.

En este caso nos cuenta la historia de una niña, Edith Cushing (Mia Wasikowska), que tras la muerte de su madre, recibe un mensaje de ultratumba de esta que resulta incomprensible: “Aléjate de la cumbre esmeralda”. Pasan los años, se hace mayor y vive con su padre, un honrado y bien considerado constructor. La vida es feliz en esa pequeña familia hasta que llega un forastero proveniente de Europa, Mr. Sharpe (Tom Hiddleston), que –acompañado de su hermana Lucille (Jessica Chastain)- trata de hacer negocios con el señor Cushing. Entre el recién llegado y Edith parece surgir un romance que cambiará las cosas para siempre.

El guión pone el énfasis en la trama de suspense, claramente deudora de la película Encadenados de Hitchcock, y por eso no se la puede calificar como una película de terror. Terror hay, y fantasmas, como había en El sexto sentido de Shyamalan –de la que también es deudora- de la que tampoco se podía decir que fuera una cinta terrorífica al uso. Así pues, si el suspense y el terror están perfectamente ensamblados y equilibrados en el film, no lo están tanto los elementos de gore, algunos verdaderamente brutales, y que van a suponer el rechazo de potenciales espectadores.

Pero el gran hallazgo de la película está en la puesta en escena, marca de la casa del director. Deslumbrante, barroca, recuerda al Drácula de Coppola y lleva al goticismo a una de sus cumbres estéticas. El trabajo de los actores es excelente, y hace humanamente creíble una historia fantasmagórica.

La película se inscribe en el nuevo cine de género fantaterror, en el que se dibuja un más allá donde no habita un Dios bueno, sino muertos vivientes llenos de sufrimiento y desesperanza. No hay más referencias religiosas que las coyunturales derivadas de la sociedad de finales del siglo XIX. Aun así perviven con claridad los conceptos del bien y del mal, y en los personajes, incluso en alguno de lo más abyectos, pervive un deseo de redención.

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