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¿Crisis de la familia? No: crisis del hombre

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Ignacio Centenera Crespo - publicado el 13/10/15

Cuando el ser humano no sabe lo que es, camina mal, produciéndose situaciones de peligro

Por más que la historia trate de evitarlo, ignorarlo (e incluso rechazarlo), se trata de un aspecto fundamental de nuestra condición humana. Algo íntimo de todo hombre y mujer.

Lo anterior hace pensar sobre el verdadero origen y razón del Sínodo que estos días se está celebrando. El mayor problema al que nos enfrentamos, la verdadera tragedia, radica en que el ser humano se ha olvidado de quién es, es decir, no sabe cuál es su fin o razón de ser, lo que conlleva a una auténtica pérdida de identidad, de naturaleza, que implica que seamos maleables como el acero fundido. Y de no actuar ante semejante enfermedad, matará a quién la padezca.

Esta situación implica a su vez una necesidad de ayudar al otro (ser sociable). No es erróneo cuando digo que cada uno de nosotros nos sentimos bien cuando actuamos conforme a los verdaderos fundamentos antropológicos, innatos en la propia naturaleza del hombre. El problema se encuentra cuando, como bien dice el Arzobispo de Madrid, aparecen las 3 “D”: Desdibujamiento, Desencanto y Desorientación. Cuando el ser humano no sabe lo que es, camina mal, produciéndose situaciones de peligro.

Por ello, se hace necesario preguntarnos: ¿cómo me veo?, ¿con qué disfruto? o ¿con qué vibro? Divertirse no consiste en disolver conexiones, obviando todo lo pasado y metiéndose en caminos que no corresponden a la naturaleza humana, pues al final terminan por destruir al hombre. La felicidad tiene que contar con la realidad de las cosas. Es decir, cuando uno se deja llevar, desprendiéndose de su identidad, pierde la felicidad.

Un buen ejemplo lo encontramos durante los años 90, cuando apareció la novela de Susanna Tamaro Donde el corazón te lleve. Fue un Best-Seller no por las estrategias de mercado tomadas por la editorial o por valores literarios dignos de mención (sin menospreciar la prosa), sino porque trata el problema de la pérdida de la identidad a través de la historia de una abuela que escribe a su nieta una carta en la que dice que ninguna de las dos no se ha entendido bien, no se han dicho bien las cosas. Es entonces, cuando la nieta va a EE.UU., donde empieza a saber las peleas de la abuela con su madre.

El trasfondo de ese viaje a EE.UU. implica una búsqueda de su identidad amenazada por la convivencia con la abuela, recorriendo los caminos del corazón que conllevan a buscar el YO que se encuentra en lo más profundo del ser humano. Por ello, no debemos olvidar que el sentido de las cosas se encuentra hasta en actos tan simples como beber agua, tal y como refleja la obra de Viktor Frankl El hombre en busca de sentido.

Desde Adán y Eva hasta hoy todos somos diferentes, totalmente. Cada uno es único e irrepetible. El enlace sináptico es diferente en cada uno. Por ello es importante que cada uno sepa quién es ante Dios. Cada uno ante Dios es irrepetible. Y no nos damos cuenta que cada cosa que hacemos tiene un sentido, hasta lo más mínimo. Hasta nuestros fines a lo largo de nuestra vida, pues todos tenemos un anhelo de alegría desde la infancia que cambia dado que nos desarrollamos de un modo diferente.

Por todo ello, cuando se habla de familia, se habla de aquella forma o estructura en la que el hombre se personaliza y se socializa. Es el lugar propio y primario del devenir del individuo y de la sociedad. El ser humano en la familia es (o debería ser) absolutamente aceptado por sí mismo (obviando lo que es patológico). Por ejemplo, a uno no le rechazan por ser inteligente. Solo si hay alguien que te acepte absolutamente, eres absolutamente. Ser significa siempre «ante otro». La vida es impensable sin relación. Solo la intensificación de la relación me intensifica como individuo. Somos a su vez individual y relacional, algo que ya decía Aristóteles cuando hablaba del hombre como un ser político.

Nuestra felicidad depende de mucho grado de cómo son nuestras relaciones.

En el mesencéfalo tenemos un sistema motivacional en el que hay neuronas que activan la segregación de unas sustancias conocidas vulgarmente como las hormonas de la felicidad. Lo que producen esas hormonas son opiáceos endógenos. Eso también lo produce el vivir en familia, el reconocer el trabajo de otro, un proyecto bien finalizado, etc.

El filósofo Rafael Alvira Domínguez (Madrid, 24 de octubre de 1942) escribió un libro que se llama La familia es el lugar al que se vuelve. Precisamente porque allí somos aceptados de modo absoluto y no solo a condición de algo sino por el amor de los que en ella viven conmigo. El recuerdo del hogar forma parte de la forma en que cada uno proyecta su vida. Y como paradigma de esta verdad la tenemos en la palabra del hijo pródigo.

La familia es la pieza básica para el desarrollo de la persona humana

El matrimonio es el mejor lugar estable donde cada uno necesitamos de unos padres que nos quieran. En los años 60, al inicio de la revolución sexual, se rechazaba de plano la familia con el eslogan “la familia ha muerto”. La familia se mata hablando con eufemismos, no siendo claro, hablando de modelos familiares con los que no se es coherente con la condición e identidad humana. Es decir, cuando se define la familia vaciando su contenido. Y desgraciadamente es muy corriente.

Un buen ejemplo de lo dicho lo encontramos en Carl Gustav Jung (Küsnacht, cantón de Zúrich 26 de julio de 1875), médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo (de hecho, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis), quien en su Obra completa vacía de contenido aspectos como la Misa añadiendo otros contenidos totalmente ajenos a su realidad sustancial. Y esta verdadera interpretación teratológica de la naturaleza humana llega hasta la ideología de género, donde se dice que cada uno decide si es hombre o mujer.

El gozo del matrimonio reside en la finalidad de compromiso de futuro

Es la diferencia que existe entre matrimonio y otros tipos de uniones mutua, donde la entrega se relativiza a un mero «pactos de socios». Ejemplo claro: las uniones de hecho, que niegan un futuro y su estabilidad se encuentra a prueba, lo que empobrece y reduce la relación hombre-mujer, reduciendo el sentido de la comunión de vida.

De hecho, nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI lo dijo constantemente: El reduccionismo es el mayor problema del mundo. Si la relación matrimonial se reduce a un hecho sexual, al final implica una denigración de la otra persona y del propio concepto de compromiso.

La falta de confianza ante el futuro constituye una falta y sinrazón del propio futuro. No confiar en el día de mañana con la otra persona, lo que lleva al siguiente razonamiento: para generar esas hormonas de la felicidad, para ser felices, es vital y necesario la confianza.

Esa promesa de futuro a veces puede parecer al hombre demasiado excesiva, pensando en la imposibilidad de un amor fiel y eterno. Ante esta preocupación la Iglesia dice, siguiendo a S. Juan, que el futuro está iluminado por Cristo, que se hace presente en los amores humanos.

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