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¿Eres rico en tu corazón?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 11/10/15

A veces vamos tirando en nuestra comodidad, y de repente, alguien nos para, nos pregunta cómo estamos, se interesa y nos mira. Y nos rompemos

Un hombre sale hoy al encuentro de Jesús. Quería una vida plena y feliz. Estaba buscando un camino: “Se ponía ya en camino cuando salió uno a su encuentro y arrodillándose ante Él, le preguntó: – Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?”.

En Mateo se nos dice que era un joven el que se acercó aquel día. Tenía una larga vida por delante y muchos bienes. Pero quiere encontrar el camino a la vida eterna y le plantea a Jesús la pregunta que todos alguna vez nos hemos hecho.

Quiere la eternidad. Quiere tocar la vida eterna. Este joven está hecho para algo más grande. Sale al camino lleno de preguntas. Tener preguntas y buscar es lo que nos mantiene jóvenes.

Se arrodilla ante Jesús. Como un niño necesitado. No me extraña que Jesús se detuviese. Le conmovió este chico que lo tiene todo y no tiene nada. La pregunta de siempre, la que nosotros hacemos cada día, la que nadie nos responde del todo: “¿Qué he de hacer?”.

Como nosotros, él también desea una felicidad plena. Queremos tenerlo todo para siempre y sin perder nada. Queremos saber qué hacer, comprender el camino más recto hacia la meta, nos importa contar con algunas normas concisas. Una senda sin contratiempos en la que todo sea sencillo y esté pautado.

Queremos seguridades y certezas para no equivocarnos, para no errar el camino a seguir. No queremos que nos quiten nada de lo que tenemos. Nos da miedo perder. Nos gustan las normas para conocer bien los límites.

¿Qué hacer y qué evitar? Nos gustaría que Jesús nos lo dijese, que los sacerdotes nos lo dijesen. ¿Qué he de hacer? Buscamos respuestas concretas. Pautas, normas claras. Para alcanzar el cielo. Para ser felices. Para heredar la vida eterna. Como una receta. Como un seguro. ¡Cuántas veces en la vida nos gustaría que nos respondiesen con recetas!

Vamos al encuentro de Jesús, le salimos al encuentro, nos arrodillamos. ¿Qué he de hacer, Señor? Ahora mismo, si somos honrados, tenemos en muchos campos estas preguntas. Quizás con un hijo, o ante los estudios, o frente a una relación, un problema laboral, una elección de cambio de vida, o una pregunta vocacional.

Ojalá nos hagamos muchas preguntas: “¿Qué de hacer, Señor? ¿Qué hago? No sé por dónde tirar. No sé qué es lo mejor. ¿Cómo amo más? ¿Por dónde me quieres? ¿Dónde seré más feliz y más pleno? No sé cómo salir de esta situación. No sé qué es lo que quiero en la vida”.

Hay en el alma un grito de necesidad, de impotencia. Esas preguntas nos ponen en camino. Este chico tenía fuego en su alma. Y una mirada capaz de reconocer que en Jesús había algo que tocaba su vida en lo más profundo.

A veces estamos sentados esperando a que nos digan las respuestas desde el cielo. Él se movió. Necesitaba algo nuevo. Era joven pero se sentía viejo.

Todos hemos sentido a veces que nuestra vida nos aprisiona. Hemos pensado que tal vez no hemos elegido bien y nos pesa. O quizás hemos perdido un poco el sentido de lo que hacemos.

Son momentos de encrucijada que nos ayudan a hacernos pobres, a despojarnos de todo lo que sabemos para comenzar de nuevo. Para vivir de otro modo. Para amar mejor.

Ojalá, en momentos así de nuestra vida, siempre salgamos al encuentro de Jesús, y nos arrodillemos ante Él. ¿Qué he de hacer, Señor, para tener vida? ¿Cuál es mi pregunta hoy? ¿En qué situación hoy le pregunto a Jesús qué he de hacer?

Ojalá hoy nos arrodillemos ante Él como este joven rico. La vida siempre se juega en elecciones que hacemos. Y detrás de todas ellas hay una opción personal. En la vida nos gusta cumplir, pero a veces nos da miedo seguir a Jesús sin tener claro el camino exacto.

Tenemos que seguir a Jesús con radicalidad, confiando. O Jesús se convierte en prioridad en nuestra vida o mejor nos alejamos de Él algo tristes como el joven rico.

Seguir a Jesús supone renunciar y optar, elegir y aceptar. Dejar cosas, tomar otras. Toda elección supone siempre una renuncia. El seguimiento exige dejar lo que me pesa para caminar más ligero tras sus pasos.

El joven rico de hoy quiere cambiar pero no confía. No quiere dejar lo que le ata. No está dispuesto a renunciar. A veces en la vida queremos seguir a Jesús, pero seguimos más bien nuestros planes, hacemos lo que queremos, realizamos lo que deseamos y Jesús nos mira con amor, conmovido.

El joven rico quiere la vida eterna. Cumple todos los mandatos de Dios. Jesús, entonces, le pide más. No le pide lo mismo que a otros. Jesús tenía ese don. Conocía a cada uno y a cada uno le pedía una cosa distinta, quería su felicidad.

No nos pide a todos que vendamos todo. Por ejemplo, a Zaqueo solo le pidió que lo recibiese en su casa. Pero a este joven le pide más. Porque ha leído en su alma que las cosas le atan, le estrechan el corazón. Y confía en él. Quiere tenerlo a su lado. Quiere que sea de los suyos: “Ven y sígueme. Yo te prometo el cielo y el mar, te prometo amar de tal forma que no echarás de menos los bienes”.

No lo juzga. No lo critica. Sólo le pide lo que piensa que le va a hacer más feliz. Y sabe que en su caso no cabe seguirle y ser rico. A cada uno de nosotros, cuando nos ponemos frente a Dios, nos pide un paso de amor. Ese paso en cada uno es distinto.

Jesús no exige cargas duras a quien no puede. Porque sólo le preocupa que seamos felices, que despleguemos las velas que a veces están llenas de polvo en nuestro interior. En el encuentro con cada uno Jesús nos llama siempre a la plenitud.

Este joven está inquieto. Pero no está dispuesto a dejarlo todo por seguir a Jesús. Le cuesta, como a nosotros, cambiar y empezar de nuevo. Arriesgarse. Despojarse. Hacerse peregrino como Jesús. No tener nada.

Jesús, más que pedirle algo grande, le ofrece algo grande. Le ofrece todo: “Ven a navegar conmigo, pero tienes que dejar la orilla”.

Jesús ha mirado el alma de ese chico. Sabe que vivir con Él es lo que de verdad necesita para ser feliz, para desarrollar todo lo que lleva dentro y no conoce. Para descubrir para qué está hecho. Le ofrece lo mismo que a los apóstoles. Vivir con Él.

Los apóstoles dejaron las redes. ¿Y este joven? Cuesta más porque tiene más. No tuvo el arrojo de hacerlo en ese momento. Jesús lo miró y lo amó aquella tarde.

Pienso que una mirada es capaz de cambiar el corazón. Cuando alguien nos mira con cariño se deshacen muros en nuestro interior.

Yo creo que todos hemos vivido alguna vez el estar tristes, vivir, seguir, tirar, con el corazón muerto. Y de repente, alguien nos para, nos pregunta cómo estamos, se interesa y nos mira. Y nos rompemos.

Todo estaba bien hasta que esa persona nos miró, y entonces se rompió el muro. Nos sentimos por fin acompañados y amados. Aceptados y comprendidos. Esa es la mirada de Jesús. Y a veces la sentimos a través de otros.

Hoy Jesús, “mirándolo, lo amó”. Siempre que lo leo me impresiona profundamente. Será que yo deseo ser mirado por Dios así cada día.

¿Cómo sería esa mirada de Jesús al joven rico? Hasta el fondo, comprendiendo su dificultad para desprenderse, su anhelo de hacer algo grande, su vacío a pesar de cumplirlo todo y tener tantos bienes, su esperanza de que Jesús le diera un nuevo sentido a su vida.

Pero está demasiado apegado a sus riquezas. Y seguir a Jesús supone entregarlo todo por entero. Pienso en cómo sería la vida de este joven. La mayoría de los que se acercan a Jesús son los pobres, enfermos, hambrientos, los que no tienen nada. Y Jesús los ama. Pero él lo tiene todo.

Además, es joven. Es la edad en que uno tiene sueños y es idealista, en que la vida se abre y está llena de posibilidades. En que el corazón arde. Este joven lo tiene todo. Su familia es rica y piadosa. Cumple. Tiene bienes.

Pero le falta algo. No le vale con lo que vive. O cómo lo vive. Su alma por dentro necesita más. Algo le mueve al ver a Jesús. Algo le interroga. Algo le atrae. Algo que responde a su sed. Quizás por fin, va a saber para qué está hecho. Cumple todas las normas. Pero tiene que haber algo más. Y Jesús es ese algo más.

Estoy seguro que ese joven no olvidó nunca la mirada de Jesús. Quizás olvidó alguna de sus palabras, pero recordó siempre su mirada personal, de ternura y misericordia, de orgullo, de ánimo.

Nunca sabremos si ese joven volvió en un tiempo. Yo pienso que Jesús había plantado la inquietud en su alma y no sería tan fácil entonces volver a lo de antes. A su vida anterior.

Pero es su elección. Ahora es libre para decidir. La mirada se había quedado dentro. Jesús contaba con él. No lo había despreciado, lo había amado. ¿Qué haría el joven? ¿Qué hago yo?

¿Cuáles son mis apegos a las riquezas? ¿Dónde me pesa más el alma? “Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: – ¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”.

Muchas veces vemos el lastre que nos pesa y nos ancla en la tierra, no nos deja volar. Y nosotros nos unimos a las palabras de Pedro: “Pedro se puso a decirle: – Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús dijo: – Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna”. Marcos. 10, 17-27.

Podemos llegar a sentir que lo hemos dejado todo por estar con Él. Pero tantas veces se pega al corazón la miseria de nuestros apegos.

Vivimos nuestra fe tibiamente, sin pasión. Vivimos pensando que no nos vamos a morir nunca. Aunque sepamos que no es así. Que el tiempo pasa y que un día lo dejaremos todo. Todo lo que hemos guardado en graneros. No nos llevaremos nada.

Para Dios es impensable que un rico pueda entrar en su reino, pero no por el hecho de ser rico. Sino por haber convertido la riqueza el objetivo de su vida. Por vivir obsesionado con tener más. Por ser injusto con el que no tiene.

“En el reino de Dios no puede haber ricos viviendo a costa de los pobres. Poderosos oprimiendo a los débiles. La tragedia de los ricos es que su bienestar al lado de los que pasan hambre es incompatible con el reino de Dios, que quiere ver a todos sus hijos disfrutando de una vida justa y digna[1].

Mi riqueza, cuando se convierte en causa de injusticia hacia los débiles, cuando me hace injusto y avaricioso, cuando me hace olvidar la misericordia, es una riqueza que me aleja de Dios.

Por eso hoy me pregunto: ¿Soy rico en el corazón? ¿Mi corazón es lugar abierto en el que cabe el que nada tiene y encuentra ayuda y sostén el que me necesita?

Todo aquello a lo que renunciemos será recompensado aquí en la tierra con el ciento por uno. Y además, la vida eterna. Dios lo hará posible. Nos hará más felices, más plenos, más humanos, más libres, cuando le sigamos dejándolo todo.

Porque es verdad que caminar sin tanto equipaje, sin tantos seguros, sin tantos bienes, sin tantas certezas, nos abre el alma, nos hace necesitados y más capaces para amar. Nos hace necesitados de Dios, pobres y niños ante Él.

“Lo que no se da se pierde”, decía la Madre Teresa. Quiero vivir así, sin contar ni acaparar. Dando como Jesús. Junto a Él. También a mí me dice hoy: “Ven y sígueme”. Y en realidad, eso es lo único que quiero.

[1] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

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