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¿Cuál es la diferencia entre resurrección y reencarnación?

© Jeanne / CC

Reencarnación

Padre Félix - publicado el 09/10/15

La respuesta a esta pregunta puede tener consecuencias muy importantes en tu vida

Algunas personas creen en la doctrina de la reencarnación. Incluso algunos cristianos llegan a compartir esa creencia, confundiéndola a veces con la doctrina de la resurrección. Pero si comparamos esas dos doctrinas, entenderemos que una no tiene nada que ver con la otra, sino que ambas se excluyen.

La resurrección significa resurgir, volver a la vida. De este modo, Jesús resucitó porque murió y, al tercer día, volvió a vivir en el mismo cuerpo (observa que su cuerpo había desaparecido del sepulcro: cf. Mt 28,5-7; Mc 16,6; Lc 24,3-4 y Jn 20,1-9), aunque ese cuerpo se haya vuelto glorioso, pudiendo ser tocado (Jn 20,17.27) y también atravesar puertas y paredes sin la necesidad de que se abrieran o se derrumbaran (Jn 20,19). El cuerpo de Jesús resucitado es un cuerpo semejante al que recibiremos al final de los tiempos.

Reencarnación significa volver a encarnar, materializarse nuevamente. Es una doctrina espiritista, que no posee ninguna base bíblica, ni encuentra amparo en la Tradición y el Magisterio de la Iglesia; por lo tanto, no puede ser aceptada por ningún cristiano.

La doctrina de la reencarnación afirma que el espíritu del fallecido asumirá un nuevo cuerpo para fines de purificación, es decir, las sucesivas reencarnaciones de un espíritu lo hacen alcanzar la perfección al final de este largo proceso, purificándose de esta manera de las culpas y pecados cometidos en las reencarnaciones anteriores.

Algunos pensadores que creen en la reencarnación llegan a afirmar otras dos aberraciones: que el espíritu humano puede reencarnarse en el cuerpo de algún animal o vegetal y que cuando un espíritu alcanza la perfección puede transformarse en dios.

La reencarnación es un absurdo para el cristiano por varios motivos:

En Hb 9,27 leemos que “del mismo modo que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio”.

Eso significa que después de nuestra muerte recibiremos el veredicto final de Dios: o estamos salvados o seremos condenados; y si somos condenados, no habrá otra oportunidad (reencarnación) para llegar a la perfección.

En Lc 23,43 leemos que Jesús afirmó al buen ladrón que fue crucificado con Él: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Por la doctrina del Espiritismo, a pesar de ser un buen ladrón, este no estaría totalmente purificado –pues había robado– y necesitaría encarnarse nuevamente. Sin embargo, Jesús le da la sentencia final: está salvado.

Los escritores del Nuevo Testamento afirman que Jesús murió por nuestros pecados, venció a la muerte y, así, nos garantizó la vida eterna.

Ahora, si existiera la reencarnación, ¿para qué necesitaríamos de un redentor? Nosotros mismos, por nuestros propios méritos alcanzaríamos la perfección y la salvación como Jesús.

Luego, la reencarnación mina la base del cristianismo que es aceptar a Jesús como verdadero Dios y hombre.

La Biblia también afirma que los justos heredarán el Reino de Dios, pero los impíos serán arrojados al Infierno, donde habrá llanto y rechinar de dientes.

Si la reencarnación fuera posible como afirman los espiritistas, no habría necesidad del infierno porque los impíos y hasta incluso los demonios podrían purificarse de sus malas obras y encontrarían la salvación.

Además de esto, queda la pregunta: ¿Cómo el hombre puede purificarse de las faltas y pecados cometidos en las encarnaciones anteriores si él no posee el más mínimo recuerdo de lo que hizo?

Si esa purificación fuera posible, bastaría desencarnarse lo más rápidamente posible para que no tenga tiempo de cometer nuevas faltas: así alcanzaría la perfección.

Resumiendo, la reencarnación y la resurrección son doctrinas muy distintas. Quien quiere ser cristiano tiene que creer en Jesucristo como Dios y hombre y seguir su Palabra.

Y Jesús nunca habló de reencarnación, sólo de resurrección. Confiemos, con sabiduría, en nuestra (única) resurrección final.




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Por el Padre Félix

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