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La relación entre la Iglesia y la familia es indisoluble

Antoine Mekary /Aleteia
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Texto de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas ¡Buenos días!

Desde hace pocos días ha comenzado el Sínodo de los Obispos sobre el tema “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”. La familia, que camina con el Señor es fundamental en el testimonio del amor de Dios y merece toda la atención de la que la Iglesia es capaz de dar.

El Sínodo está llamado a interpretar hoy, esta solicitud y atención de la Iglesia. Acompañamos todo el recorrido sinodal sobre todo con nuestra oración y nuestra atención. Y en este periodo las catequesis serán reflexiones inspiradas por algunos aspectos de la relación, que podemos decir indisoluble, entre la Iglesia y la familia, con el horizonte abierto al bien de la entera comunidad humana.

Una mirada atenta a la vida cotidiana de los hombres y de las mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que hay de una robusta inyección de espíritu familiar. De hecho, el estilo de las relaciones, civiles, económicas, jurídicas, profesionales de ciudadanía, aparece de forma muy racional, formal, organizada, pero también “muy deshidratada”, árida, anónima.

A veces insoportable. Incluso queriendo ser inclusiva en sus formas, en la realidad está abandonada a la soledad y al descarte de un número cada vez mayor de personas. Ésta es la razón por la que la familia abre a toda la sociedad una perspectiva cada vez más humana: abre los ojos de los hijos sobre la vida, y no solo una mirada sino todos los demás sentidos, representando una visión de la relación humana edificada sobre la libre alianza del amor.

La familia introduce la necesidad de los vínculos de fidelidad, sinceridad, confianza, cooperación, respeto. Anima a proyectar un mundo habitable y a creer en las relaciones de confianza, también en condiciones difíciles; enseña a honrar la palabra dada, el respeto a las personas, el compartir los límites personales y de los demás. Y todos somos conscientes de lo insustituible de la atención familiar para los miembros más pequeños, más vulnerables, más heridos, y finalmente más desastrosos en las conductas de su vida. En la sociedad, quien practica estas conductas, las ha asimilado del espíritu familia, no de la competitividad y del deseo de autorrealización.

Si bien, sabiendo todo esto, no se da a la familia el peso debido, y el reconocimiento y el apoyo, en la organización política y económica de la sociedad contemporánea. Es más,: la familia no solo no tiene el reconocimiento adecuado sino que además no genera un aprendizaje mayor.

A veces se diría que, con toda su ciencia y su técnica, la sociedad moderna todavía no es capaz de traducir estos conocimientos en mejores formas de convivencia civil. No solo la organización de la vida común se encasilla cada vez más en una burocracia que es del todo ajena a los vínculos humanos fundamentales, sino que, además, las costumbres sociales y políticas muestran, a menudo, signos de degradación: agresividad, vulgaridad, desprecio…, que están más allá del umbral de una educación familiar incluso mínima.

En esta coyuntura, los extremos opuestos de este embrutecimiento de las relaciones, es decir el embotamiento tecnocrático y el familismo amoral se conjugan y se alimentan mutuamente. Es una paradoja.

La Iglesia identifica hoy, en este punto exacto, el sentido histórico de su misión respecto de la familia y del autentico espíritu familiar: comenzando por una atenta revisión de vida que le afecta a ella misma. Se podría decir que el “espíritu  familiar” es una carta constitucional para la Iglesia: así debe mostrarse el cristianismo, y así debe ser. Está escrito en letras claras: “Vosotros que un tiempo estabais lejos – dice san Pablo – […] ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familia de Dios” (Ef 2,19). La Iglesia es y debe ser la familia de Dios.

Jesús, cuando llamó a Pedro a seguirlo, le dijo que le convertiría en “pescador de hombres”; y para esto hace falta un nuevo tipo de red. Podríamos decir que hoy las familias son una de las redes más importantes para la misión de Pedro y de la Iglesia. ¡No es una red que hace prisioneros! Al contrario, libera de las aguas malas del abandono y de la indiferencia, que ahogan a muchos seres humanos en el mar de la soledad y de la indiferencia. Las familias saben bien lo que es la dignidad de sentirse hijos y no esclavos, o extraños, o solo un número de documento de identidad.

Desde aquí, desde la familia, Jesús vuelve a empezar su paso entre los seres humanos para persuadirles de que Dios no les ha olvidado. Desde aquí Pedro toma fuerza para su ministerio. Desde aquí la Iglesia, obedeciendo a la palabra del Maestro, sale a pescar mar adentro, segura de que, si esto sucede, la pesca será milagrosa. Que el entusiasmo de los Padres sinodales, animados por el Espíritu Santo, fomente el impulso de una Iglesia que abandona las viejas redes y se vuelve a pescar confiando en la palabra de su Señor. ¡Oremos  intensamente por esto! Cristo, por lo demás, ha prometido y nos confirma: si incluso los malos padres no rechazan dar pan a los hijos hambrientos, ¡Imaginémonos si Dios no dará el Espíritu a los que – aun imperfectos como son – lo piden con apasionada insistencia (cfr Lc 11,9-13)!

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