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Que el Sínodo reevalúe la dimensión sexual en la vida de la pareja

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El cuerpo está hecho para la “entrega”, para consentir la comunión de las personas: y, en cuanto tal, “es capaz de volver visible lo invisible: lo espiritual y lo divino

Quizá me equivoco. Pero al releer todo lo que el primer sínodo sobre la familia ha producido, me quedó la sensación de que los debates y los documentos no han dado suficiente atención al amor. El amor –quiero decir- que se expresa en ese aspecto tan importante para la vida de la pareja que es la sexualidad, que, realmente no estando siempre y necesariamente orientada a la procreación, ayuda igualmente a los esposos a crecer en su relación íntima, en su complicidad afectiva. Encontrando cada uno su propia identidad en la reciprocidad relacional con el otro, en el entregarse al otro, en el volverse “uno” con el otro. “Los dos se unirán y serán una sola carne”.

No es que en la asamblea esta cuestión no se haya afrontado. Pero como se ha hecho generalmente sobre la familia (proponiendo más los desafíos pastorales, las nuevas dificultades, que no el modelo ideal de matrimonio cristiano), se ha tratado del nivel de las cosas que no está bien, de los elementos negativos que hoy marcan pesadamente la vida de la pareja, como la fragilidad y la carencia de madurez de los sujetos, el narcisismo, el individualismo, el egoísmo, la inestabilidad sentimental.

En resumen, como se leía en las conclusiones del sínodo, “son muchos los que tienden a permanecer en las fases primarias de la vida emocional y sexual”.

Era un diagnóstico indiscutiblemente preciso, objetivo. Pero, poco o nada se decía del sentido profundo de la sexualidad, de su gran valor para la relación de pareja, no sólo como acto físico, pasional, sino también como experiencia sentimental, psicológica, espiritual.

Y que se dijera poco o nada de todo esto, mientras se insistía –justamente pero de manera prácticamente exclusiva– en la apertura a la vida y la responsabilidad educativa de los padres… pues bien, una disparidad tal en el “tratamiento” no podía más que inducir a preguntarse si en la doctrina moral no continúa pesando un largo pasado de sospechas, prejuicios, y miedos respecto a la relación sexual dentro del matrimonio.

Durante siglos, entre los componentes de la jerarquía de la Iglesia, había dominado un difuso ostracismo hacia la sexualidad, hacia la corporeidad.

Ostracismo debido gradualmente a la progresiva reivindicación de la superioridad del celibato eclesiástico, a muchos (futuros) Padres de la Iglesia, quienes habían retomado y apoyado el dualismo platónico alma-cuerpo, espíritu-carne, y luego, en el Concilio de Trento, que había presentado el matrimonio, más que señalado por un estatus jurídico-sacramental, como si fuera un “sacrificio” en relación a la virginidad, para terminar con el Papa Inocencio XI, quien había definido el placer del acto conyugal como remedium concupiscentiae.

Algo empezó a cambiar sólo con el Concilio Vaticano II. Los padres conciliares se dividieron en dos tendencias: la clásica, que se mantuvo en san Agustín e Inocencio XI; y la que se inspiraba en las nuevas corrientes teológicas y pedía que la moral sexual se abriera mayormente a la libertad de conciencia de los esposos cristianos.

Inevitablemente, terminó con una compensación. En la constitución Gaudium et spes, no se confirmó la jerarquía de los “fines” y, en consecuencia, ni siquiera el primado de la procreación y de la educación de la prole sobre el “fin” secundario, es decir, la ayuda recíproca y el amor mutuo.

Pero ni siquiera se llegó a afirmar que el amor conyugal, aunque reconsiderado en una visión personalista, fuera un verdadero “fin” de la unión íntima de los esposos, y por lo tanto un bien por sí mismo.

Quedaron muchos puntos oscuros o por lo menos irresueltos: por ejemplo, sobre la libertad de los padres –una libertad no obstante reconocida– de decidir el número de hijos, o la moralidad del acto conyugal, realizado en modo de poder excluir la concepción.

Más tarde, cuando salió la Humanae Vitae -y se le juzgó sólo por el no a la “píldora católica”, y no por sus afirmaciones sobre la paternidad y la maternidad responsables, y el desarrollo integral de la persona y la pareja-, muchos esposos cristianos entraron en crisis, y no pocos se alejaron de la práctica religiosa.

En el origen de ese “cisma silencioso”, como lo llamaron los sociólogos, había una gran ignorancia de la verdadera enseñanza de la Iglesia.

Pero estaba también la evidente dificultad de la doctrina moral de separarse de un planteamiento demasiado jurídico, demasiado condicionado por la lógica de las “prohibiciones”, de las “obligaciones”, y de una fidelidad a los principios de tal manera rigurosa y formal, como para perder de vista no sólo la experiencia humana sino la misma caridad evangélica.

Además, contemporáneamente, se registró un rápido proceso de barbarización de la sociedad, cada vez más permisiva, e invasiva de una cultura subjetivista, de una comercialización del cuerpo: de modo que el sexo era reducido a mercancía de consumo, a pura exhibición, a un innoble instrumento para gente depravada.

Mientras tanto, en verdad, el magisterio pontificio no se había quedado quieto en la enseñanza tradicional. Juan Pablo II, durante cuatro años, dedicó la catequesis semanal al amor humano, reformulando las coordenadas antropológicas y teológicas de la sexualidad cristiana, y llegando a sostener cómo el placer sexual puede ser considerado el fruto de la mutua entrega de sí en el encuentro entre el hombre y la mujer.

Benedicto XVI, en la encíclica Deus caritas est, unió pasión y don, eros y agape, sanando la fractura que se había creado en el cristianismo entre estas dos dimensiones del amor.

Sin embargo, este extraordinario desarrollo magisterial ha hecho hasta ahora esfuerzo para entrar en la teología moral, en la praxis eclesial, en los mismos cursos prematrimoniales.

Y ahora, de la sexualidad, como se decía, se ha hablado poco incluso en el Sínodo de la Familia. Se ha hablado poco y de manera muy abstracta, sin anclar el discurso moral al diseño de salvación de Dios Padre: un diseño –como recuerda a menudo el Papa Francisco– de misericordia, de comprensión de la situación concreta en que viven el hombre y la mujer, y de acompañamiento para ayudarlos a salir de las inevitables dificultades de la vida matrimonial.

Es de esperar, por lo tanto, que la segunda asamblea sinodal sobre la familia –la asamblea ordinaria, que ha comenzado– sepa valientemente proclamar la verdad del amor humano, quitando muchos tabúes, que durante mucho tiempo han hecho creer que existe una antítesis entre espíritu y eros.

Y entonces, superar prejuicios y temores que aún hoy se resisten frente a la sexualidad, sólo porque la sexualidad se ha vuelto, a su pesar, una palabra ambigua, enfangada, reprobable, pecaminosa; o incluso porque, en los ámbitos eclesiásticos, hay quien tema una separación de la parentalidad.

Así pues, es de esperar que, al afrontar los problemas de la familia y el matrimonio, el sínodo de obispos sepa devolver su significado y dignidad a la dimensión sexual del cuerpo: como en efecto se hacía en la Sagrada Escritura, que la consideraba una “bendición”, un aspecto fundamental de la naturaleza humana.

“El Creador ha otorgado al hombre como tarea el cuerpo”, decía Juan Pablo II. Y este cuerpo está hecho para la “entrega”, para consentir la comunión de las personas: y, en cuanto tal, “es capaz de volver visible lo invisible: lo espiritual y lo divino”.

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