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Lo que ocurre cuando identificas tus sentimientos

© Elfin
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Dejan de ser oscuros e inabarcables cuando los nombramos, nos dejan de dominar

Dios le da la creación al hombre solo: “Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre para ver como los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre les diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo”.

Pone a sus pies toda la belleza. Todas las cosas. Y es tan respetuoso que deja al hombre poner nombre a los animales, a las plantas, a la vida. Y Dios llama a las cosas según nosotros las hemos llamado. ¡Qué respeto más sagrado a nuestra libertad!

Dios llama con el nombre que el hombre pronuncia. Poner nombre implica de alguna forma controlar algo. Lo que no podemos nombrar, como a veces el miedo o la sed, o nuestra inquietud incansable, nos asusta. Nos hace vulnerables. Nombrar hace que tomemos distancia de las cosas. Y se llenan de luz.

Decía William Faulker: “Una cerilla en medio de un campo en mitad de la noche no ilumina apenas nada, pero nos permite ver cuánta oscuridad hay a su alrededor”.

Nombrar es poner un poco de luz en la oscuridad. Nos hace libres frente a aquello que nombramos. Tomamos la vida con las dos manos, y la aceptamos. Así lo quiso Dios, así lo queremos nosotros.

Pienso en lo importante que es saber nombrar nuestros sentimientos. Dejan de ser oscuros e inabarcables cuando los nombramos. Nos dejan de dominar. Dejan de tener poder sobre nosotros.

¡Cuánta gente se desconoce! Siempre me impresiona. No saben cómo son, no le ponen nombre a lo que sienten, a lo que les pasa. ¡Cómo proyectamos nuestras heridas sobre los demás sin saber lo que nos pasa por dentro!

Dios nos ha dado un alma, y un corazón, una vida, y nos pide que le pongamos nombre. Y que después se lo entreguemos con un corazón libre.

Nombrar nuestro miedo es un paso importante. Nombrar nuestros sentimientos. Nombrar nuestra sed. Nombrar nuestro vacío. Nombrar nuestra tendencia más honda. Nombrar nuestra herida. Nuestra cruz. No es una cruz cualquiera, tiene un nombre.

Nombrar nuestra carencia. Nombrar ese defecto principal en el que tropezamos ciegos tantas veces. Nombrar nuestro don principal, que ilumina la vida de otros. Poner nombre a nuestra renuncia, aquello que al optar en la vida hemos perdido.

Nombrar nuestros sueños, los posibles y los imposibles. Poner nombre nos hace hombres. Nos hace semejantes a Dios. Y todo lo que nombramos, al pronunciarlo ante Dios, nos enriquece y nos hace más hijos.

Dios nos nombra a nosotros mismos al crearnos. Nos pone un nombre original. Y comparte con nosotros esa capacidad sagrada de nombrar la vida. De optar por un nombre u otro. De ser soberanos y no dejar que las cosas nos dominen.

 

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