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Querida mamá, no soy el mejor de la clase…

Sean Dreilinger

Niño con espada de juguete

Aleteia Team - publicado el 01/10/15

Aprender a sobrevivir en la sociedad de la competencia

Desde niños somos víctimas de una cultura de la competencia: nos enseñan a ser cada vez mejores que los demás. Somos todos hijos del libro Corazón, nos sentimos todos continuamente juzgados por una maestrita con la pluma roja, a quien no queremos desilusionar como si fuera una mamá que hay que venerar, nos sentimos todos como aquel Enrique que vive permanente acomplejado por no poder nunca llegar a ser como Derossi, el mejor de la clase.

Este libro me produjo a menudo pesadillas en mi infancia: me daba miedo la posibilidad de ser etiquetado, sentía la presión de ser el mejor, pero vivía también el miedo de quedar repentinamente atrás.

La banalidad del libro Corazón está en el hecho de que es demasiado claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, quién es el primero y quién es el último, en cambio para los discípulos de Jesús, como para la pobre gente de hoy, no está en absoluto claro quién es el mejor: con mayor razón en una sociedad corrupta, del mérito fingido, del clientelismo y los lobbies, es realmente difícil establecer quién es el mejor.

Esta pregunta la llevamos dentro desde los primeros juegos con otros niños, pero continúa devorándonos también a medida que los juegos se vuelven cada vez más serios. El otro se nos presenta cada vez más como un adversario a derrotar.

Comenzamos a alimentar cada vez más una cierta desconfianza, y roza continuamente el pensamiento de que el otro quiera quitarnos el lugar, que el otro pueda llegar antes que nosotros. Comenzamos a elaborar estratagemas, pequeñas o grandes mentiras, intentamos construir alianzas.

Hasta el final creemos que los mejores podemos ser realmente nosotros. Lo pensábamos en la escuela, hasta que la realidad no nos ha puesto frente a los ojos que los mejores no éramos nosotros.

Y entonces, en la vida como adultos, fingimos que ser los mejores a nosotros no nos interesa para nada, fingimos, derribamos la desilusión, nos enojamos, nos frustramos. La envidia comienza a consumirnos, diciéndonos a nosotros mismos que es sólo una cuestión de suerte.

Esta pregunta devastadora, que ha acompañado nuestra infancia, ha alimentado una visión del otro, de cualquier otro, como enemigo y adversario. En cada circunstancia nos sentimos siempre bajo juicio, siempre en competencia, siempre en una carrera.

Jesús invita a cambiar la mirada sobre el otro: en lugar de ver al otro como un adversario, puedo descubrir, en cambio, su necesidad de ser abrazado. Cada adversario lleva dentro de sí la fragilidad de un niño. Si intentamos no repetirnos más, como adultos, esa terrible invitación a ser los mejores, quizá lograremos no tener miedo del otro y abrir los ojos sobre su inevitable necesidad de ser querido.

Ciertamente, para no ver más a un adversario en el otro, es necesario comenzar a no ver más un adversario en nosotros mismos. A menudo somos nosotros el principal adversario de nosotros mismos, estamos de hecho primero que nada en competencia con nosotros mismos, continuamos poniéndonos desafíos absurdos para demostrarnos que (no) somos unos perdedores.

Quizá es necesario recomenzar a abrazarnos a nosotros mismos, a ver nuestra necesidad de ser queridos, de ser acogidos incluso si somos Franti y no Derossi. Y el primero en dejarse abrazar es Cristo, sólo así puede invitarnos a verlo en cada niño, en cada adversario, que tenemos el valor de acoger: “Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18,5). ¿Dónde acogemos a Cristo si no en la fragilidad del otro, dejando de ver a todos como posibles adversarios?

Sólo así la vida deja de ser una competición y puede volverse servicio.

La pregunta que los discípulos se hacen sobre quién es el más importante no llega en un momento casual: Jesús ha apenas hablado de su fin, de su sufrimiento, de la posibilidad de ser asesinado. Y entonces inmediatamente se desencadena la competencia entre los discípulos. Hay una vacante que rellenar, el lugar vacío que deja el jefe. La competencia nos vuelve deshumanos: los discípulos no se preocupan del sufrimiento del amigo, sino de quién podrá tomar su puesto.

Los discípulos están tan preocupados por la competencia, que no escuchan las palabras: la muerte no es sólo el vacío de poder que consiente una nueva asunción o una nueva escalada al éxito, la muerte abre la vida a su sentido más profundo.

Mirar la propia muerte te permite preguntarte para quién estás viviendo o para qué estás viviendo. Abrir el corazón al sentido de la muerte te permite vivir la vida no contra alguien, sino para alguien. Sólo pasando a través de la muerte se abre el sentido de la vida, sólo pasando a través de la propia muerte se abre la resurrección.

Cristo es el primero en acoger la muerte porque ha vivido toda su existencia para alguien más, para el Padre a quien obedece, para el hombre por quien se deja matar.

Leer interiormente

¿Para quién o para qué estás viviendo tu vida?

¿Te sucede que te sientes en competencia con los demás?

¿Cómo reacciones? ¿Atacas, renuncias, finges que no te interesa?

Por Gaetano Piccolo en Rigantur Mentes

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