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¿Cómo eran los viajes de los primeros peregrinos que iban a Roma para el Jubileo?

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Las historias de las miles de dificultades que pasaba quien buscaba llegar a la ciudad

Imagínate ser uno de los peregrinos que llegaron a los primeros jubileos en Roma. Estamos en los años 1300-1400. ¿Cuáles eran las características del peregrino de la época? ¿Era muy distinto al de hoy? ¿Qué caminos recorría? ¿Dónde se alojaba? ¿Cómo se vestía? Lo explica bien Marco Roncalli en “Il Tempo della Misericordia” (ediciones San Pablo).

Los caminos más recorridos

Antes que nada, el viaje hacia Roma, pero también el regreso, contaba con incomodidades y privaciones. Lo documentan las imágenes de devotos solitarios o viajando en grupo, que caminaban hacia la Ciudad Eterna. Los caminos que se recorrían eran las antiguas vías romanas consulares (Aurelia, Flaminia, Emilia, Cassia, Appia, Salaria, Domitia, Latina): caminos de comunicación ya recorridos por los primeros peregrinos de la época de los apóstoles, como también por mercaderes y soldados.

 

 

Los medios de transporte

Los viajes eran largos, duraban días y días. Caballos, mulas, carretas, llevaban a los devotos de clase más pudiente que cumplían el rito sin renunciar a las comodidades y a la servidumbre, mientras que los pobres iban a pie. Los primeros años santos estuvieron particularmente llenos de gente. Escribe Gregorovius: “Roma ofrecía día y noche el espectáculo de ejércitos de peregrinos que entraban y salían de la ciudad”.

Petrarca, para el Jubileo de 1350, habla de aproximadamente (muy discutible) dos millones de peregrinos.

Cómo se trataban las enfermedades

Además de los asaltos de los ladrones, el enemigo de los viajantes de la fe fue la enfermedad, que por mucho tiempo se consideró como algo demoniaco o vinculado al castigo divino. Los escritos de la época, especialmente, se detienen sobre los que, aquejados por enfermedades, no sólo se frotaban las partes afectadas con paños o ampollas de aceite que habían estado en contacto con los restos de apóstoles o santos, sino que ingerían incluso las cenizas o los granos de incienso que los habían tocado, o trozos de cera mezclados con fragmentos de huesos de los mártires (llamados Agnus Dei). Después de la lepra, a partir del siglo XIV, la bestia negra del peregrino fue la peste.

 

 

Los asilos religiosos

Cuando llegaban a Roma, el primer problema era dónde alojarse. No existían albergues, sino posadas, estructuras de pago bastante difundidas sólo después del siglo XI y además de baja reputación. En realidad, las masas de transeúntes, generalmente indigentes, encontraban comida y cama gratis en los asilos religiosos: cerca de San Pedro y Laterano, en los alrededores de las basílicas, o en el puerto fluvial de Ripa Grande, lugar donde fue acogido san Francisco y fue establecido el primer convento franciscano en Roma, luego ampliado a asilo por Inocencio XII.

Las noches en las posadas

En las habitaciones de las posadas, generalmente sin ventanas, se aglomeraban todas las camas posibles y en cada una dormían tres o cuatro peregrinos. Los demás se acostaban uno junto al otro en sacos de paja en los sótanos o en los corredores, calentándose unos a otros si hacía frío. Quienes arruinaban el sueño a menudo eran las pulgas, chinches, piojos, ratones, que raramente faltaban.

Los abusos a los peregrinos

Los abusos y las especulaciones – sobre la comida, el alojamiento, el cambio de moneda y el forraje para los animales – es uno de los temas menos edificantes de muchos años santos. Quienes combatían la corrupción fueron a menudo los mismos pontífices. Ya en 1350, año de parciales carencias y precios altísimos, el papa encargó su legado para que “ningún peregrino tuviera que pasar hambre o penurias, sino que pudiera ser restaurado y satisfacido espiritual y corporalmente”.

Los primeros albergues

Deteniéndonos todavía en la cuestión del alojamiento y la comida en la Urbe, si – según los romanos – al alba del siglo XIV sólo había seis albergues públicos en Roma en los barrios Ponte y Parione – según Giovanni Rucellai, peregrino en 1450 – «había en Roma, este año del Jubileo, mil veintidós hosterías públicas. Y privadas, también un gran número».

 

 

 

El aspecto: capa y sombrero

Otro aspecto importante para el peregrino, era llegar a Roma con una indumentaria particular, que lo distinguiera de los mercaderes, soldados, etc. Un “sacro uniforme” que acomunó a hombres y mujeres, pobres y ricos, en su camino de penitencia. Y comenzamos por la áspera capa, de color marrón o grisáceo, llamado también sanrocchino, o esclavina, o peregrina, que cubre una túnica que como mínimo llegaba a la rodilla, ceñida a la cintura, a veces con capucha. Sigue el sombrero: de ala ancha o doblada, realzada la parte de enfrente o con lazo para amarrar bajo el mentón, se llama petaso y apareció de forma regular a mitad del siglo XIII sustituyendo la capucha para cubrirse del sol y o la lluvia.

 

 

Los accesorios: alforja y bastón

La alforja – un morral para llevar al hombro o ceñida a la cintura – llamada también espuerta y escarcela o de otras formas: más bien pequeña, debía servir para llevar dinero, documentos, cualquier tipo de comodidad, lo necesario para encender fuego, llevar suelas de recambio, y como máximo un cuenco y cuchara. Y, finalmente el bastón o bordón (un término que anteriormente indicaba a la mula): alto, robusto, con un gancho, y – en sus extremos – un pómulo y una punta de hierro.

La bendición de los objetos sacros

En todos los casos, se tratara de personas humildes o importantes, la misa y la bendición al partir no podían faltar. La bendición de la alforja y el bordón se llevaba a cabo junto a la celebración eucarística o inmediatamente después. Eran bendecidos también los iconos sacros que cada uno llevaba: cruces, imágenes del Rostro Santo, de la Verónica, las llaves cruzadas coronadas por la Tiara, las representaciones de Pedro y Pablo, y otros santos.

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