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Los pilares del islam (5): la Peregrinación a la Meca, o haŷŷ

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El carácter sagrado de Meca determinó su consideración como perímetro prohibido (ḥarām) para los no musulmanes

La peregrinación mayor (haŷŷ) es el pilar que culmina el entramado de preceptos básicos, nacidos de la profesión de fe. Se distingue de la menor (‘Umra) que puede realizarse durante el año y que incluye sólo una parte de sus ritos. El haŷŷ (Qur. 2, 196-203 y 22, 26-37) constituye una obligación para todos aquellos adultos que dispongan de medios y salud para realizar el viaje, sin descuidar sus obligaciones familiares. Ha sido frecuente la subvención de este desplazamiento para que el miembro de una familia o comunidad pueda ostentar el grado honorífico de peregrino/a (haŷŷ/ haŷŷa).

Al igual que en otras tradiciones religiosas, se ha consideran sagrados determinados espacios, vinculados a las revelaciones o a los enterramientos de santos y mártires. La visita de los fieles a estos santos lugares se relaciona con los beneficios espirituales del viaje y el potente simbolismo del camino, metáfora de la vida en compañía de la trascendencia. En el caso de La Meca confluyen elementos relacionados con la biografía del Profeta y su carácter como centro de cultos preislámicos. Así se reforzó la vinculación permanente de la Umma con la ciudad -en principio reticente- y después santuario de referencia al que han de orientarse las oraciones en todas las mezquitas, según la disposición de su alquibla.

El carácter sagrado de Meca determinó su consideración como perímetro prohibido (ḥarām) para los no musulmanes. Las connotaciones pre-hegirianas apuntan a la singularidad del culto precursor del monoteísmo representado por la Piedra Negra, engastada en la arista exterior oriental del edificio cúbico (Ka‘ba). Es fundamental el recuerdo del patriarca Abraham y de su hijo Ismael como momento decisivo de la historia sagrada en el que el Islam difiere del tronco judeocristiano. Así, muchos de sus elementos están presentes en los ritos que se dispusieron para completar la peregrinación.

Para que el peregrino sea considerado apto (muhrim) debe alcanzar una disposición interior (iḥrām). El término también va a denominar la vestimenta especial de color blanco y sin costuras que consta de dos piezas (izār -enrollada en la cintura- y ridā’ -sobre el tronco, cubriendo el hombro izquierdo-). La pureza espiritual que evoca dicha uniformidad se suma al carácter igualitario, superador de las diferencias étnicas, culturales y de clase, homogeneizadas por un acto simultáneo de piedad.

La peregrinación comienza el día 7 del duodécimo y último mes del calendario (Ḏū l-Ḥiŷŷa). En él, se regulan unas prohibiciones estrictas relacionadas con el aseo personal, las relaciones sexuales, la alimentación y el comportamiento. En caso de quebrantar estas normas sería obligatorio realizar determinados actos que revalidarían el proceso moral.

Los ritos comienzan en el patio de la gran mezquita mecana con las primeras siete vueltas a la Ka‘ba en sentido opuesto a las agujas del reloj, describiendo un anillo de circunvalación (mataf) con distintos ritmos predeterminados. Posteriormente, los peregrinos recorrerán siete veces el tramo que separa las cercanas colinas de Ṣāfa y Marwa, en recuerdo de la angustiosa búsqueda de agua que Agar padeció en el desierto, al abandonar el clan en compañía de su hijo Ismael.

Las ceremonias continúan con el desplazamiento a la llanura de ‘Arafāt, donde Muhammad pronunciara su última predicación. Tras pasar la noche en Muzdalifa, tiene lugar la Fiesta del Sacrificio (‘Īd al-Aḍḥā) o Gran Fiesta (‘Īd al-Kabīr) en Minā. Un acontecimiento que se celebra en todo el mundo islámico el día 10 de Ḏū l-Ḥiŷŷa con el sacrificio de un cordero (u otra res sacrificada según las prescripciones -ḥalāl), que representa al que Abraham degolló en sustitución de su hijo.

De regreso a La Meca se efectúan otros siete giros (tawāf) en los que tocar o besar la piedra representa una solicitud de bendición. Una tradición final incluye una nueva lapidación simbólica del demonio (raŷm) como la ya realizada en Minā. Los guijarros arrojados contra tres pilares de piedra indican el repudio de la tentación, tal como hiciera Abraham cuando el demonio le indujo en tres ocasiones a desobedecer a Dios.

Al situar este viaje como el último de los pilares, se le otorga un significado excepcional como culminación de los compromisos adquiridos con la profesión de fe. Si ésta guarda cierta analogía con el bautismo, el haŷŷ supone una confirmación activa en los principios desarrollados a través de las demás exigencias dogmáticas. Para cualquier creyente haber alcanzado esta meta supone un motivo de satisfacción y un hito en su evolución espiritual. Asimismo, alcanza una valoración especial en sus círculos próximos por la superación de las trabas que conlleva esta experiencia.

Tradicionalmente, la escasez de recursos y la precariedad de los sistemas de comunicación hacían muy difícil a una gran mayoría de musulmanes cumplir con este mandato. Esta situación se ha transformado hasta el punto de convertirse en un desafío logístico para el gobierno de Arabia Saudí. Es notable señalar cómo su prestigio en el mundo islámico nace de su condición de custodio de los santos lugares. Al efecto, ha ido perfeccionando los mecanismos para acoger, distribuir y atender a la ingente masa de peregrinos a través de un ministerio específico. Aunque dispone y emplea numerosos recursos, resulta complicado minimizar los riesgos derivados de concentraciones de población muy densas, que se desplazan en tiempos y espacios muy limitados.

De esta forma, han sido habituales los sucesos luctuosos producidos por estampidas o incendios, que anualmente han exigido medidas de seguridad adicionales para reducir los cerca de tres mil fallecidos en los últimos treinta años. El número creciente de peregrinos, que superó ampliamente el millón anual, instaba a imponer alguna clase de restricción compatible con el carácter votivo del viaje. De ahí la instrucción emitida por la Conferencia Islámica limitando su número mediante una cuota anual del uno por mil de los habitantes de cada país.

La aplicación de estas medidas ha aliviado a las autoridades responsables, que disponen de instrumentos para su eficacia. Uno de ellos es el requisito de un visado que tramitan los consulados y que facilita el control del volumen y origen de los flujos. Otro ha sido la delegación de las gestiones del viaje en agencias autorizadas, lo que minimiza el incremento de peregrinos aislados.

La procedencia desde todas las regiones del mundo ha exigido una especialización de las tareas administrativas, existiendo un área especial que se ocupa de los procedentes de Turquía, Europa, América y Australia. Para evitar visitas no religiosas en los santos lugares, se ha impuesto la presentación de un documento de profesión de fe, certificado por un centro islámico local. Por razones de afinidad y seguridad, los peregrinos suelen agruparse según criterios de procedencia.

Todo musulmán tiene esta peregrinación como meta anhelada, aunque deba sortear dificultades prácticas como su coste o la imposición de cuotas nacionales. Así, la peregrinación, contrafuerte pedagógico de la identidad musulmana, invita a repetir la experiencia cuantas veces les es posible.

 

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