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La Iglesia y el cine de superhéroes

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La posibilidad de que el mundo sobreviva a las múltiples amenazas que nos acechan consiste más bien en una labor colectiva

El escritor Emmanuel Carrère ha dejado el siguiente titular en su entrevista para El Cultural de hace unas semanas: “La historia del cristianismo parece un relato de ciencia ficción”. No deja de tener su parte de razón: la encarnación tiene su qué, los múltiples milagros también, y ya no te digo lo de la resurrección, que supone algo bien difícil de imaginar. Traduciendo a la cultura pop podríamos decir que Jesús es una especie de superhéroe en versión galilea siglo primero. De hecho, hay pintores que se lo han imaginado así (véase Giuseppe Veneciano).

Se me ocurre que, si le damos la vuelta al símil, se podría decir también que el cine de superhéroes nos puede enseñar cosas sobre nuestro cristianismo. Por ejemplo, en Superman Returns (2006), de Brian Singer, el único descendiente de la estirpe de Kripton es tan crístico que resulta imposible negarlo.

Creo recordar que incluso resucita al tercer día. Además, remite al cristianismo porque es una fecundación de la historia por parte de lo eterno, un abajamiento de lo divino (por lo menos de lo sobrehumano) hacia lo humano que supondría su salvación.

También Batman Begins (2005) o El caballero oscuro (2008), de Nolan, retratan un cierto aspecto de cristianismo. Su componente de peregrinación, de arduo recorrido del creyente, con todo su mal, su sufrimiento y su redención.

O los 3 Spider-Man de Raimi (2002, 2004, 2007), que nos muestran algunos de los posibles decaimientos de la fe cristiana, como su reducción individualista y su reducción voluntarista, con una interpretación del superhéroe muy made in USA. Algo que se soluciona en su versión posterior, The Amazing Spider-Man (2012), que presenta a un héroe mucho más para adolescente pero que no tiene que seguir negando su felicidad para salvar el mundo.

En esa línea del super-hombre prometeico, del selfmade man, tenemos también a los sucesivos Iron-Man (2008, 2010 y 2013) o a los últimos Hulk (2003 y 2008).

Sin embargo, cada vez hay más películas de superhéroes que van más allá de esa soledad constitutiva del héroe y reconocen que la solución cristiana no es la prometeica y voluntarista sino que la posibilidad de que el mundo sobreviva a las múltiples amenazas que nos acechan consiste más bien en una labor colectiva, comunitaria incluso.

Lo vemos en versión animada en Los increíbles (2004) de la PIXAR, donde la familia unida jamás será vencida. Lo vemos en X-Men orígenes: Lobezno (2009), donde el drama personal del protagonista queda recogido en sus relaciones de amistad en la academia de Charles Xavier. Algo parecido a lo que sucede con Marvel Los Vengadores (2012), en Los Cuatro Fantásticos y Silver Surfer (2007) o incluso en El caballero oscuro: la leyenda renace (2012), donde la victoria de Batman pende claramente de la inesperada fidelidad de Catwoman (Anne Hathaway).

Podríamos incluso conjeturar que en las películas de superhéroes vemos también dos modos de entender la Iglesia. La una, neocon y autorreferencial: el ejército de la verdad guiado por el Capitán América (2011) contra los bárbaros. La otra, posmoderna y descentrada: una comunidad minoritaria de mutantes, como la que se puede ver en los sucesivos X-Men (2000, 2006, 2009, 2011, 2014), que viven su condición de escogidos dándose al prójimo, a pesar de ser perseguidos por ello incluso por otros mutantes como Magneto y compañía. El Papa invita a la segunda.

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