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Francisco, el Papa Jorge: el estereotipo mediático de un Papa

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Dejará insatisfechos a todos los que esperaban conocer mejor la figura de Francisco, sean o no creyentes

La película Francisco, el Papa Jorge está rodada con cuidado y atención, entretiene e incluso se puede recomendar a quienes deseen acercarse a la vida y pensamiento del Papa de una forma amena y sin mayores pretensiones. Sin embargo, dejará insatisfechos a todos los que esperaban conocer mejor la figura de Francisco, sean o no creyentes, y a las personas que tenían el deseo de encontrarse con un acercamiento de tipo documental.

El hecho de que no se intente una narración biográfica centrada en la veracidad de los hechos y de las palabras no es necesariamente una crítica: el cine es un medio excelente para mostrar la realidad sin necesidad de detenerse en la recolección puntillosa de datos. En ocasiones una mirada, un gesto, el ademán particular de un saludo, etc., puede proporcionar una información más correcta que una enumeración que podría llegar a cansar y a ser contraproducente.

Un ejemplo de este estilo de narración es el cine clásico (John Ford, por ejemplo), pero desgraciadamente ésta que comentamos se ha rodado según un modo contemporáneo que tiende a dejarse guiar por el tempo propio de los vídeos musicales. Así se acercará mejor a la sensibilidad del espectador actual, pero hace imposible profundizar en el desarrollo humano de nuestro protagonista.

Por eso se ha optado claramente por la ficción, una ficción en la que los diálogos y las situaciones no se desarrollan como fueron en su momento, sino que se adaptan a lo que el director desea contar y a cómo quiere contarlo. Se introducen constantemente diálogos imaginarios que intentan dar a conocer el pensamiento del Papa a través de situaciones creadas para lograr este efecto, además de añadir carteles, cuadros y ambientes que muestran rasgos particulares de la persona de Francisco: el cuadro que admira, el libro que lee, la música que escucha, etc.

Por desgracia, como decía, el protagonista de esta película no es la persona de Francisco, sino un estereotipo ciertamente banal, y no se profundiza en los factores relevantes de su personalidad. Quien vea esta producción hispano-argentina recibirá una serie de impactos singulares que están constituidos por conversaciones en las que aparece el Papa aconsejando, pronunciando algunas de sus expresiones más conocidas o haciendo gala de su sentido común.

El resultado final es parecido a una lectura continuada de citas sacadas de contexto (como las de los sobres de azúcar) en la que Francisco es mostrado como un sabio lleno de paz y seguridad en sí mismo, pero en un plano más bien idílico que no puede corresponderse más que con un ser supuesto, que a muchos parecerá un pedante o un resabido, y con razón.

Por si esto fuera poco algunas de las expresiones que se adjudican al Papa nunca han salido de su boca y no son más que un eco deformado de la mentalidad dominante. Cuando se hace decir a Francisco, por ejemplo, que “se puede ser espiritual sin ser religioso” se le adjudica una estupidez que sólo puede tomar por verdadera quien desconozca el sentido de las palabras que utiliza. La noción de una creencia intransitiva (se cree, pero la creencia no recae en ningún objeto: se cree “en nada”) es una contradicción en sí misma que siempre oculta ideológicamente otra experiencia distinta.

En conclusión, siendo una película valiosa y en muchos sentidos recomendable, obedece más bien a la recreación del personaje mediático en su carácter estereotipado que a un acercamiento verdadero a una figura que, por otra parte, hubiese aparecido con su mayor o menor belleza si la narración de hechos concretos y decisivos de su vida se hubiese realizado con detenimiento y atención, y no según la vista de un pájaro que vuela demasiado deprisa.

 

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